Correo
Portada Impresa
    La Prensa    
Archivo
Busqueda
SáBADO 21 DE JULIO DEL 2001 / EDICION No. 22436 / ACTUALIZADA 11:30 pm

PORTADA
POLITICA
ECONOMIA
NACIONALES
REGIONALES
EDITORIAL
DEPORTES
SUCESOS
EL MUNDO
OPINION
REVISTA
SUPLEMENTOS
OBITUARIOS
CARTAS AL DIRECTOR

CLASIFICADOS
SUSCRÍBASE


   
Testimonio sobre Sor María Romero

.“Dios nos ama a cada uno de nosotros, tiene un destino especial para cada uno y el camino más corto hacia Él, es la Virgen María”

Kattia y Eduardo Chamorro

Una llamada por teléfono, ¿cuántas vidas no cambia?, aunque la mayoría de veces no es más que una llamada más. Ese día como cualquier otro, ya cercano al anochecer nos llamó nuestro hijo menor quien reside en Florida avisándonos que su pequeño hijo de casi tres años, fruto de un matrimonio roto, había sido víctima grave de un accidente. Mientras esto ocurría, allá en Costa Rica, en el hospital de niños, una desigual y tenaz lucha se había iniciado para mantener con vida al niño, a quien supimos después, un automóvil le había pasado encima de su pequeña cabeza. Aplastamiento y fractura masiva del cráneo leía el parte médico del hospital.

Durante la misa de graduación de nuestro hijo mayor, en Portmouth Abbey, Rhode Island, escuchamos del abad probablemente el mejor sermón de mi vida, tan es así que después de muchos años aún ecuerdo que decía así: “Dios nos ama a cada uno de nosotros, Dios tiene un destino especial para cada uno de nosotros, y el camino más corto a Dios, es la Virgen María”. Mucho me impresionó esta afirmación de la individualidad en el amor de Dios hacia cada uno de nosotros, y más aún si nos imaginamos todos los que han sido, los que somos y más aún, los que han de ser todavía, y como para cada uno de nosotros Dios tiene un destino y un lugar especial. Nuestro atajo hacia Dios es la Virgen, dijo el abad, y en ese camino, pensamos nosotros, se encuentra cercana, Sor María Romero, a quien en este caso desde nuestros adentros le dijimos, “vos necesitás un milagro y nosotros también”.

A Sor María Romero la conocimos hace muchos años, ella había sido profesora de piano de mi madre y muy amiga, y también profesora de Doña Thelma, a quien le llamaba “el muchacho”. Recién casados, un año después, la visitamos en su Colegio en San José, Kattia, por su lado, quien creía no poder tener hijos, a lo que ella le afirmó “pero hijita, si estás embarazada y hoy tendrás una señal”. Por mi parte, yo (Eduardo) tenía vergüenza y orgullo, siendo un profesional, y me decía para mis adentros, no con cierto desdén, “cómo voy a preguntarle a una monja, asuntos personales míos”. Pero de todas maneras tenía tres preguntas muy específicas que no me dio ni tiempo de mencionarlas y una a una las respondió en el mismo orden y en forma inequívoca, y medio riéndose con cariño de mi timidez.

A ella la volvimos a ver en varias ocasiones, no tantas como ahora hubiésemos querido. Antes de irse, vino a despedirse de su tierra y nos tocó acompañarla del Colegio María Auxiliadora a la Catedral de Granada, mientras las campanas lloraban por su partida.

En el hospital, desde uno de sus pasillos abierto hacia las montañas, mientras los doctores se sorprendían de que lo esperado no pasaba, y que la crisis dejaba paso a paso de ser crisis, pensaba que “mi fe no es tan grande para mover esa montaña, pero con Sor María, vamos a sacar este niño adelante”. Pasaban las horas y al borde del precipicio uno de los doctores salió con suavidad profesional a preguntarnos, qué hacen todos ustedes para que las cosas vayan saliendo por donde no las esperábamos, “rezar” contestaron todos, sabiendo que los doctores hacían lo imposible para sacarlo adelante.

No sé que pensarán los médicos, pero cuando las cosas no van muy bien es culpa de ellos, pero cuando salen de casos como éste, es por un “milagro” y no tanto por su dedicación y capacidad profesional. Esta vez creo que ambas cosas ocurrieron, nunca antes había visto mayor determinación en alcanzar lo imposible como en este grupo de médicos, quienes al mismo tiempo sabían que lo inexplicable ocurría bajo sus manos y cuidado.

Diez días después Eduardo Antonio estaba de regreso en su casa con su mamá, feliz, jugando con su computadora, todavía con algunos problemas, pero sonriendo después de una fractura masiva y perimetral del cráneo que no perdonó la base del mismo en su recorrido.

Recordamos que mientras todo esto ocurría y veíamos a los médicos hacer maravillas, le pedimos a Sor María Romero que sean los médicos y que sea milagro, que sea de ambos, pero sin dejar ninguna duda que en tu camino hacia Dios, por la Virgen María, tu amiga y madre nuestra, nos dejarás aquí a quien debió haberse ido. Tal vez este testimonio que nunca pensamos podríamos escribir, es una pequeña parte del milagro de no haberlo sido.  
.


---
   
Otros Artículos

Argentina: Un déficit de modernidad

Testimonio sobre Sor María Romero

Blanco y Negro

Rostros de la semana