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SáBADO 21 DE JULIO DEL 2001 / EDICION No. 22436 / ACTUALIZADA 11:30 pm

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La ayuda interna

La idea de realizar un teletón para ayudar a los niños discapacitados se enmarca dentro de un tipo de ayuda que pudiéramos llamar ayuda interna, o sea, la que los nicaragüenses nos brindamos entre nosotros. Pero de ella se habla muy poco. Constantemente nos referimos —casi exclusivamente— al otro tipo de ayuda, a la ayuda externa, a la que nos viene de fuera.

La ayuda interna sería, entonces, el auxilio que los ciudadanos más pudientes, o más afortunados, le dan a sus conciudadanos con menores posibilidades económicas. El nombre con el que se le designe es lo de menos. Algunos la llamarán caridad, otros, asistencia humanitaria, otros, solidaridad. Lo que importa es que exista, y para eso es necesario que la voluntad de dar y de compartir esté siempre presente en la sociedad. La hace más humana. Es importante tener presente, además, que la formación de una verdadera sociedad civil pasa por la formación y la educación de un ciudadano responsable y solidario, lo cual solamente se puede lograr dentro de una sociedad en la que se respete la libertad individual.

Algunas ideologías políticas de inspiración materialista consideran la caridad como algo ofensivo a la dignidad humana, y estiman que basta con hacer un cambio de estructuras económicas y sociales para que no existan necesitados. Consideran que el Estado debe y puede resolver todas las necesidades de la población. Pero la realidad ha demostrado que eso no es más que una ilusión, lo cual no quiere decir que no sea posible estructurar una sociedad más justa, sino que es imposible lograrlo donde el Estado coarta la libertad de las personas y les impide la creación de riqueza por esfuerzo propio y la conservación de la misma.

No importa el grado de bienestar que haya alcanzado una nación, siempre habrá personas que por una u otra razón necesitarán de cierto apoyo, y no sólo del Estado, sino que de otras personas también. Tomemos por ejemplo el caso de la nación más rica de la Tierra, los Estados Unidos. En ese país, la gente dona cada año, libre y voluntariamente, unos 150,000 millones de dólares para asistir a grupos de personas necesitadas, o a causas sociales de su preferencia. De hecho puede decirse que existe toda una industria para la recaudación de fondos. Existe la costumbre de dar, de compartir. El mismo sistema fiscal, al permitir que las donaciones sean deducibles en el cómputo del impuesto sobre la renta, las incentiva.

Parte de las donaciones que recibimos en Nicaragua proviene de las contribuciones involuntarias —léase, impuestos— que pagan los ciudadanos de países con altos ingresos. En esos casos, la ayuda recibida es el resultado de una fría política gubernamental de cooperación externa. Pero también es cierto que otra buena parte proviene de contribuciones libres y voluntarias de los ciudadanos de esos países que sienten el deseo de ayudar a sus semejantes en aquellas naciones de bajos ingresos como la nuestra.

Es evidente, entonces, que la capacidad de dar está en función del nivel de ingresos de una sociedad. Por eso mismo, no deberíamos asombrarnos al saber que recaudaciones hechas en unas pocas horas en Madrid, España, para asistir a los damnificados del Huracán Mitch, hayan superado las recaudaciones hechas en nuestro propio país. Pero lo que puede recaudarse no depende sólo del nivel de ingresos. Depende también de la voluntad y de la disposición de desprenderse de algo que uno valora, ya sea, tiempo, dinero, o cualquier otro bien, para apoyar a los más necesitados.

El nicaragüense es generoso con sus hermanos en tiempos de infortunio. Así lo ha demostrado en aquellas ocasiones en las que devastadores desastres naturales han golpeado alguna región de nuestro territorio. Pero el dar y el compartir libre y voluntariamente debería ser una actitud y una disposición permanente, no circunscrita solamente a la coyuntura de una calamidad inesperada. Conviene fomentar esa actitud. El teletón programado para recaudar fondos de ayuda a los niños discapacitados es una forma apropiada para autoeducarnos en la virtud de dar y compartir.  
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