Correo
Portada Impresa
    La Prensa    
Archivo
Busqueda
VIERNES 20 DE JULIO DEL 2001 / EDICION No. 22435 / ACTUALIZADA 12:30 am

PORTADA
POLITICA
ECONOMIA
NACIONALES
REGIONALES
EDITORIAL
DEPORTES
SUCESOS
EL MUNDO
OPINION
REVISTA
SUPLEMENTOS
OBITUARIOS
CARTAS AL DIRECTOR

CLASIFICADOS
SUSCRÍBASE


   
Relatos de un sobreviviente
Triunfo, botines y libros

.Esa noche, para mala suerte nuestra, habían encontrado una bodega repleta de licores, víveres y otras mercaderías. Le cayeron como botín de guerra

Roberto Fonseca L.*
roberto.fonseca@laprensa.com.ni

La transmisión radial, en vivo desde managua, le ponía a uno los pelos de punta. Se oía claramente la multitud, las consignas a gritos y, al fondo, la música testimonial. Era 19 de julio de 1979, en horas de la tarde, cuando la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional tomó posesión.

A miles de kilómetros, en un apartamento del barrio “El Cangrejo”, en Panamá, estábamos reunidos alrededor del aparato radial. Todos llorábamos de emoción. Tanta sangre derramada, tanta guerra, había llegado a su fin. Ahora podríamos regresar a Nicaragua, a reunirnos de nuevo con mi hermana mayor, María Ivette, a quien en algún momento creímos muerta.

Recuerdo que semanas antes, poco después del mediodía, llegó mi prima Jeannette al apartamento, porque quería hablar con nosotros. Mis otros dos hermanos –Álvaro e Ivania— y yo, subimos a su vehículo y fuimos a dar una vuelta por los alrededores.

Se detuvo en un parqueo y nos dijo llorando que le habían informado del Frente Interno en Managua, que en una barricada de San Judas, había caído una muchacha que tenía las mismas características de ella. Todos nos abrazamos en el interior de aquel vehículo. Fue un momento muy doloroso.

Días después, afortunadamente, se descubrió que ella estaba con vida y que la habían trasladado, clandestinamente, a la ciudad de León. Aquella muchacha, menuda y morena, de apenas 20 años, era corajuda. Pensé en ella aquel 19 de julio de 1979 y me enorgullecí de ser su hermano.

Ya no había razón alguna para quedarse en Panamá, Álvaro y yo decidimos dejar la universidad y regresar a Nicaragua para ayudar a la reconstrucción. Tenía sólo 18 años y cargaba conmigo una inmensa deuda moral que saldar, pues no había participado directamente en la guerra de liberación.

“Aunque sea voy a poner adoquines”, le razoné a mi mamá y terminó por aceptar nuestra decisión de volver a Nicaragua. Días después, a bordo de un carro Mazda 929, llegamos a Peñas Blancas.

“Bienvenidos a Nicaragua Libre”, dijo un combatiente en el puesto fronterizo y nos devolvió los pasaportes. El corazón parecía explotar de emoción. Estábamos felices de regresar. Creía ciegamente, como decía aquel verso, que “todo sería distinto”.

LA MANSION DE LUIS SOMOZA

Llegamos a Managua casi de noche, hasta la mansión de Luis Somoza, en busca de mi hermana. “La compañera Patricia no está”, nos dijeron, refiriéndose a su seudónimo, “pero tenemos orientación de ubicarlos aquí esta noche”. No teníamos casa a dónde ir.

Después de atravesar un enorme portón de hierro, a mano derecha, estaba una hermosa casa, ahí nos dijeron que nos acomodáramos. Aquélla parecía una mansión de película. Tenía un montón de pasillos, salones y habitaciones, todas con aire acondicionado, donde aún estaban las camas de los antiguos habitantes. Por donde transitabas había un moderno sistema de luces automáticas y de intercomunicadores colgados a la pared.

Apenas pudimos pegar los ojos esa noche. Adentro del complejo era un caos. Grupos de combatientes, vestidos de verde olivo y de boinas, corrían frenéticamente de un lado a otro, a cada momento, porque decían que había hostigamientos, porque cambiaban de guardia, o bien, porque estaban celebrando.

Esa noche, para mala suerte nuestra, habían encontrado una bodega repleta de licores, víveres y otras mercaderías. Le cayeron como botín de guerra.

UN LIBRO REVELADOR

No recuerdo con exactitud la fecha en que cayó en mis manos el texto de “Rebelión en la granja”, pero sí no se me olvida que en torno a él había una aureola pecaminosa. “Es diversionismo ideológico”, decían las autoridades partidarias, refiriéndose a la obra de George Orwell, el seudónimo literario del escritor inglés Eric Blair.

El texto que circulaba en Managua, en ese entonces, estaba impreso en papel periódico, en tamaño de una hoja de papel legal. La portada era color celeste y tenía impresa un dibujo de unos cerdos y unos caballos. Estaba escrita en forma de fábula y su contenido era una burla llana, muy fina, contra la doble moral revolucionaria.

La novela, publicada originalmente en 1945, narraba la rebelión de los animales de la granja, conducidos por dos cerdos —Napoleón y Snowball—, en contra del granjero Jones. Una vez que lo expulsan de la propiedad, la ambición pervierte a Napoleón, quien acusa de “traidor” a su ex camarada y logra echarlo. Sin oposición alguna, el nuevo dirigente de la granja impone un sistema más severo que el del hombre.

Finalmente, el cerdo Napoleón entra a ocupar la casa hacienda, se instala en ella y adopta, incluso, el caminar en dos patas. Aquella imagen final, genialmente lograda, tiene una tremenda fuerza.

* El autor es periodista.  
.


---
   
Otros Artículos

Triunfo, botines y libros

¿Símbolo de la mujer latinoamericana?

Acreditación de universidades

Democracia y participación cívica

¿Y usted qué opina?