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Felicidades
Rafael Vargarruiz
Un filme argentino de Lucho Bender, escrito por el mismo realizador en colaboración con Pablo Cedrón y Pedro Loeb. La historia está ubicada con un especial sentido de unidad en el Buenos Aires extrañamente caluroso y húmedo, unas horas antes de la Nochebuena. La atmósfera está compuesta por el barroquismo de unas calles saturadas de gentes que deambulan como fantasmas en busca de un regalo que se les ha olvidado o, de resolver circunstancias pendientes, en el conocimiento que pronto será medianoche y con ello se cumple una fiesta tradicional cristiana que de una u otra forma marca un destino determinado. Este medio de presión, propicia en el filme el desarrollo de las pasiones, emociones y situaciones más bajas, ridículas, violentas y sin sentido, en cumplimiento de un mandato astral que sobrepasa la propia capacidad receptora del ser humano.
Dentro de esta especie de carnaval bactiniano se desarrollan tres historias diferentes que en algún momento se encuentran para mostrarnos la soledad extrema, la incapacidad de lograr nuestras metas y por ende, la felicidad. La caridad que se expresa en el filme, es la misma que tantas veces expuso Buñuel. Una caridad inútil que no soluciona los problemas más sentidos de nuestros semejantes, ni tampoco satisface a quien la ejerce, por estar basada en un sentido egoísta o de culpabilidad.
Sikora, ingeniero de 39 años, acompañado de todo un personaje de la farándula, se pierde en los alrededores de la ciudad en busca del aeropuerto. Plataña, médico internista, tiene un encuentro casual con una extraña mujer que se resuelve en la muerte trágica del perro de la fémina y su escape al hospital. Debiasi, dentista en busca de un juguete para su hijo, termina convirtiéndose en ladrón y cómplice.
A los tres los une la incapacidad de conseguir lo que desean manejados por las circunstancias, por los intrincados hilos del destino de una Nochebuena cualquiera de fin de siglo, en circunstancias inútiles, de antihéroes de una buena cinematografía que conoce de nuevo el brillo del sol argentino.
El Madroñal, julio 8 de 2001. |
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