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VIERNES 13 DE JULIO DEL 2001 / EDICION No. 22428 / ACTUALIZADA 11:30 pm

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Relatos de un sobreviviente
Refugio de sicarios

Roberto Fonseca L.
roberto.fonseca@laprensa.com.ni

La noche del 30 de abril de 1984, en lo más alto de un cerro de Pantasma, escuchábamos atentamente, con el corazón en la mano, los ladridos de todos los perros de los alrededores. En aquella oscurana y, sobre todo en esa zona de guerra, sonaba infernal.

“Debe ser la Contra, que está pasando allá abajo”, dijo Morales, uno de los pocos miembros de la brigada “Omar Torrijos”, que no se había “libreteado” a su casa, hastiado de promesas incumplidas y de andar pernoctando por esos montes.

Los ladridos se prolongaron por dos horas y la posta se redobló. En lugar de una hora, nos tocarían dos horas de vigilancia a cada uno. A mí no me importó. Al fin y al cabo, con la Contra caminando por ahí, a quién se le ocurriría dormir.

UN CRIMEN ALEVOSO

Esa misma noche, a miles de kilómetros del municipio jinotegano, un Mercedes Benz blanco se desplazaba en la capital colombiana. Adentro, hablando por el teléfono del vehículo, viajaba el Ministro de Justicia de ese país, Rodrigo Lara Bonilla, principal enemigo del Cartel de Medellín.

De pronto, una moto Yamaha, nueva, se colocó al lado derecho del vehículo. Lara Bonilla iba en el lado derecho del asiento trasero. Se dirigía a su casa. Terminó de hablar y sólo oyó una explosión. Iván Darío Guizado, mejor conocido en el hampa colombiana como “Carlos Mario”, había disparado la MAC-10, ametralladora que descarga 25 balas calibre 45 milímetros en pocos segundos.

Siete impactaron en el cuerpo de Lara Bonilla, tres de ellas en la cabeza. Cayó sobre el asiento, al lado del chaleco antibalas que le regaló días antes el embajador norteamericano en Colombia, Lewis Tambs, pero que nunca llegó a utilizar. El crimen conmovió al país sudamericano.

Uno de los sicarios, el conductor de la moto, de nombre Byron Arenas, murió segundos después que la escolta de Lara Bonilla disparara contra la Yamaha. El otro, “Carlos Mario” o Iván Darío Guizado, fue capturado vivo.

El asesinato —se supo después— fue encargado a un lugarteniente de Pablo Escobar, John Jairo Arias Tascón, conocido como “Pinina”. El Cartel invirtió alrededor de 50 millones de pesos colombianos, que se tradujeron en moto, armas, radio comunicadores y sicarios. Estos últimos salieron de la banda de “Los Quesitos” y se dividieron en tres grupos. Uno fue el de los ejecutores, los de la moto. Los otros huyeron con Escobar al día siguiente. Primero a Panamá y luego a Nicaragua.

RECUERODS DE UN PILOTO

Un año después, un piloto colombiano, de nombre Carlos Fernando Arenas Ortega y en ese entonces de 35 años, compareció ante una Corte de Distrito de la Florida, para testificar en contra de su patrón, el capo colombiano Carlos Lehder.

De acuerdo a la copia de la transcripción judicial, elaborada por el Oficial de la Corte, Mr. L. M. Splane, Arenas Ortega testificó que él conoció al resto de los sicarios del ministro colombiano Lara Bonilla en Managua, en una mansión que alquilaban en Carretera Sur. Era junio de 1984.

“Ellos llegaron tal vez la primera o segunda semana de junio”, dijo ante la Corte de Distrito de la Florida. Agregó que eran cinco tipos y acompañaban a los más importantes capos colombianos de ese entonces.

“Ellos se quedaron en otra casa que alquilaron como a dos o tres millas de la nuestra y nosotros la llamábamos La Casa Blanca”, agregó.

— ¿Sabe usted quiénes eran los otros cinco?, le preguntaron.

— “Los otros cinco tipos eran del escuadrón de asesinos del Ministro de Justicia”, precisó Arenas Ortega.

— ¿Y cómo lo sabía?, insistieron.

— “Hablamos varias veces de cómo era, cuánta gente estaba involucrada en el asesinato y detalles de esos”, respondió el piloto colombiano.

En su declaración, de la cual guardo copia desde hace seis años, le preguntaron dónde quedaba la residencia que Arenas Ortega ocupaba junto con Carlos Lehder y resto del personal de apoyo. Precisó que a unas cinco o seis millas al sur de Managua. Agregó que desde ahí se veía con claridad un rótulo, en un cerro, con las siglas del FSLN.

Se trataba del rótulo gigante en el cerro Motastepe, donde estaban colocadas las siglas del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

CONFUSION ESTADO-PARTIDO

Irónicamente, revisando la colección de LA PRENSA de esa época, encontré una denuncia periodística relacionada al famoso rótulo. Ilustrándola con dos fotos en portada, revelaba que 30 obreros de la Junta de Reconstrucción de Managua (JRM)reparaban la gigantesca estructura publicitaria, de cara a la celebración del 19 de julio de ese año, denominado “A 50 Años... Sandino Vive”.

Los trabajos de reparación, a causa de los daños provocados por las lluvias, se venían realizando desde el 30 de junio, a cargo de un funcionario intermedio de la JRM. Los obreros se quejaban de las condiciones difíciles, ya que el rótulo medía 100 metros de largo y 50 metros de alto. Estaba conformado por más de 4,000 láminas de zinc liso.

Simbólicamente, desapareció tras la derrota electoral del sandinismo.

* El autor es periodista.  
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