Abrazo al somocismo
De la mano, entré con mi madre a la casa de mi abuelo paterno; un abuelo al que recuerdo en una habitación grande, con amplias paredes, de techo alto de teja, en medio una hamaca, una cama amplia; todo sobrio y el olor fuerte a gelatina, me acuerdo que era verde la gelatina. No era malo mi abuelo, no era cariñoso, era simple y silencioso, se teñía su bigote con un frasquito que tenía encima de su tocador, que yo no alcanzaba porque era alto, mucho más que yo. Siempre lo veía caminando por los amplios corredores de la casa— “colonial” la definen— yo diría fresca, simple. Un día se sentó en el comedor, miró todo a su alrededor— yo estaba frente a él— vio a su alrededor, en medio del patio de la casa, el gran palo de mango.Era una tarde gris, él vio alrededor. Ese día murió... pienso que él se despidió de la vida, murió silenciosamente, a nadie le hizo daño mi abuelo, pero murió de tristeza, lo sé, y la prepotencia de otros ante la tristeza, desgracia moral y muerte de muchos, no tiene definición. Ahora, quiere Daniel Ortega ganar votos hasta volver al abrazo con Somoza. ¿Para qué lo anterior entonces? ¿Para la prepotencia del poder?
Mi abuelo fue diputado liberal, estuvo secuestrado por el Comandante Cero, muchachos que gozaron con la humillación de éstos, ¿qué tiene ahora el comandante?, mi abuelo empezó a morir de pena moral. Sucio, humillado, durmió en el suelo, todas esas cosas.
Me acuerdo entonces que entré con mi madre a la casa de mi abuelo, la guerra fue terrible, éramos pequeñas y corríamos por las balas debajo de las camas. El cuartel quedaba cerca, teníamos miedo, todo fue guerra, comentario de adultos asustados. Huimos a Costa Rica, volvimos luego a casa, era lo único que teníamos, y entramos, todo estaba en el suelo destrozado, los televisores destruidos en el patio, yo pensé... ¿por qué mejor no se los llevaron?, todo lo destruyeron, con odio, había heces humanas en cada cuarto, dicen que las pocas cosas de valor están en manos de algunos sandinistas de la ciudad, luego todo era papel, destrucción, mal olor. Mi abuelo... estaba preso; papá, con un familiar sandinista, logró demostrar su honradez, su decencia y lo sacaron. Vi a mi abuelo ante su casa destruida y sin un centavo para vivir, ahí empezó a morir, le dieron el privilegio de morir en casa, humillado. Ahora me pregunto, ¿para qué luchó Daniel contra el somocismo, si ahora se abraza con ellos, se está burlando de nosotros nuevamente?
¿Y los muchachos que murieron por eso?
¿Y los yanquis enemigos de la humanidad?
Dios Santo, ¡cuánta prepotencia y burla! ¿Nos cree tontos?
¿Y los sandinistas-danielistas no les da vergüenza, no tienen memoria?
Si gana, pobre Nicaragua, definitivamente, la tristeza que da vivir aquí, es digna de morir de pena moral.
Adelina Robleto. 
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