Eligiendo diputados
El Artículo 132 de la Constitución Política establece que el Poder Legislativo “lo ejerce la Asamblea Nacional por delegación y mandato del pueblo”. Eso quiere decir que son los ciudadanos los que con su voto le otorgan poder a 90 diputados y a otros tantos suplentes para que, en representación del pueblo, hagan las leyes bajo las cuales nos regimos en el país. Los legisladores ejercen entonces una autoridad que tiene gran importancia y trascendencia en la vida de todos los ciudadanos. Siendo así, sería lógico esperar que todos ellos fueran personas con gran capacidad profesional y de una trayectoria ciudadana intachable.
Sin embargo, no son pocos los que llegan a ocupar escaños en el cuerpo legislativo sin tener, ni la capacidad profesional necesaria ni el grado de honorabilidad que debería distinguir a los integrantes del primer poder del Estado. ¿Cómo puede eso ser posible? El problema central parte de que los partidos no seleccionan a sus candidatos a diputados entre las personas más capaces y honorables de cada departamento del país, ni a aquéllos que estén verdaderamente comprometidos con los intereses y las aspiraciones de los ciudadanos, sino que los escogen por ser los más fieles a las conveniencias partidistas, y por estar dispuestos a la sumisión, la obediencia ciega y la disposición a permanecer callados en el Parlamento.
En las elecciones nacionales, los diputados a la Asamblea Nacional son electos por el sistema de “planchas”. Bajo ese sistema, cada partido propone una lista en la que los electores no pueden escoger entre los miembros que la integran, sino que las únicas opciones que tienen son: aceptar la lista entera o rechazarla. Ahora bien, como los diputados son electos mediante el sistema de representación proporcional por cociente electoral, eso significa que -a grosso modo- un partido tendrá tantos diputados como cocientes electorales logre en los comicios, y los escaños serán asignados empezando por el que encabeza la lista. De esa manera, si un partido sabe que puede obtener un máximo de 8 cocientes electorales en la elección de los 20 diputados de carácter nacional, por ejemplo (los otros 70 son de carácter departamental y regional), pondría en los primeros ocho lugares de la lista a quienes el mandamás del partido quiere que salgan electos. El resto no tendría ningún chance de ganar.
La forma actual de escoger a los diputados a la Asamblea Nacional no permite que los electores puedan votar por los hombres y mujeres que ellos consideren que son más idóneos para ocupar tan importantes como distinguidos y -por supuesto- bien remunerados cargos. Eso, sin embargo, es un problema que puede resolverse modificando la Ley Electoral, aboliendo el sistema de planchas y permitiendo la elección uninominal. De esa manera, cada diputado sería electo en base a sus propios méritos y no por la suerte de pertenecer al círculo de favoritos del que dentro del partido tiene la capacidad para determinar el orden de la lista. Esa reforma vendría a darle a la Asamblea Nacional la altura, la dignidad y el decoro que como primer Poder del Estado le corresponde.
Es muy improbable, sin embargo, que una reforma de tal naturaleza se dé antes de las elecciones de noviembre de este año, de forma tal que todavía en esta contienda se mantendrá el sistema de planchas. Por esa razón es de esperarse que en el PLC, por ejemplo, vayan en los primeros lugares de las listas de candidatos a diputados aquéllos que el Presidente Alemán -como mandamás del partido que es- quiera que lleguen a ser parlamentarios. Y bien sabemos que es muy probable que no serían necesariamente las personas que más le convienen al país.
No se sabe hasta qué punto el candidato a la Presidencia de la República por el PLC, ingeniero Enrique Bolaños Geyer, tenga capacidad para influir en la decisión de quiénes serán los candidatos a parlamentarios, pero sería una gran cosa que tuviera al menos poder de veto, para impedir que se cuelen en la Asamblea Nacional personas incompetentes y, lo que es igualmente grave, personas sin las credenciales de honorabilidad y honestidad requeridas. 
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