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MIéRCOLES 31 DE ENERO DEL 2001 / EDICION No. 22268 / ACTUALIZADA 01:00 am

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Los niños de los semáforos

Julio Somarriba

El turismo ha levantado y transformado en corto tiempo las economías de no pocos países en varios sitios del globo terráqueo, pero en Nicaragua no se hacen los esfuerzos necesarios para lograr el desarrollo de esta industria que sería la tabla de salvación que nos permitiría salir de nuestra lastimera posición económica.

La mayoría de las cosas entran por los ojos. La primera impresión que recibimos, es la que generalmente se queda con nosotros y esta será grata o desagradable según el impacto con que nos golpeé.

Desgraciadamente la primera impresión que recibe el turista cuando llega al país es desagradable, ya que al apenas salir de la terminal aérea lo primero que ve es a niños o adolescentes que le piden dinero. Creo que es negligencia de la empresa administradora, que debiera haber tomado las medidas necesarias para impedir la entrada a quienes, empujados por la necesidad (o por la haraganería de sus padres) son enviados a procurarse de esa manera los medios para su sobrevivencia.

Después de esa primera impresión, al llegar al semáforo de la Subasta el turista es atacado por una increíble cantidad de niños (y adultos) pordioseros, y lo mismo cada vez que el vehículo que lo transporta al hotel se detenga en los semáforos. Finalmente cuando llega a su destino el turista que viene buscando disfrutar unas placenteras vacaciones tropicales, se habrá formado una imagen negativa que quedará grabada en su subconsciente.

Se ha hablado de programas gubernamentales que supuestamente acabarían definitivamente con este penoso problema que sufrimos todos los ciudadanos (no sólo los turistas), pero hasta la fecha no se han visto resultados positivos.

La verdad es que lo que salta a la vista, no puede taparse con un dedo. Es impresionante la cantidad de personas que asedian a los managuas en cada semáforo de la capital. Vendedores de todo tipo de mercaderías, pordioseros de todos los tamaños y hasta criaturas de pocos meses de nacidos (según se dice, alquilados por sus padres) que son “chineados” por otros niños también de pocos años y que pasan todo el día, desnudos, bajo el inclemente sol tropical. Indudablemente esto es una atrocidad.

Mi interés al denunciar este problema de carácter social, que se ha incrementado con el paso del tiempo, es llamar la atención a las instituciones correspondientes y emplazarlas para que tomen cartas en el asunto y verdaderamente busquen y hagan los esfuerzos que sean requeridos para darle una solución definitiva a este gravísimo problema.

Si la cantidad de los niños pordioseros de los semáforos lograra disminuirse o, mucho mejor, erradicarse, estoy seguro que se contribuiría significativamente a dar una mejor imagen al incipiente turismo. Y terminar con la explotación de los menores pordioseros nos haría sentir mucho mejor a todos los nicaragüenses.

* El autor es administrador de empresas.  
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