Correo
Portada Impresa
    La Prensa    
Archivo
Busqueda
SáBADO 27 DE ENERO DEL 2001 / EDICION No. 22264 / ACTUALIZADA 01:30 am

PORTADA
POLITICA
ECONOMIA
NACIONALES
REGIONALES
EDITORIAL
DEPORTES
SUCESOS
EL MUNDO
OPINION
REVISTA
SUPLEMENTOS
OBITUARIOS
CARTAS AL DIRECTOR


   

CRIMENES FAMOSOS
Misterio en la Cuesta del Coyol

Foto  
.El asesinato del comerciante capitalino Octavio Castrillo, cuyo cadáver agujereado a tiros fue encontrado en la cuesta del Coyol, hace 50 años, quedó en el misterio
.Los investigadores trataban de encontrar el posible nexo que unía al taxista con Castrillo, fundamental para aclarar la muerte de éste

(1) El cadáver del comerciante Octavio Castrillo tal como fue encontrado en la cuesta del Coyol. (2) El juez Serapio Ocampo muestra al sospechoso José Solís Vanegas una chaqueta encontrada en el cadáver del comerciante asesinado. (3) El taxista José Solís Vanegas, presunto asesino del comerciante Octavio Castrillo. REPRODUCCION DE CRUZ FLORES.

 

Anuar Hassan y
Emiliano Chamorro
sucesos@laprensa.com.ni

La cuesta del Coyol, el punto más alto y peligroso de la vieja carretera que conducía de Managua a Matagalpa llegó a adquirir trágica notoriedad gracias a los frecuentes accidentes mortales que su complicada topografía propiciaba, principalmente entre automovilistas desprevenidos o temerarios.

Se trataba de una angosta vía pavimentada, casi un desfiladero que serpenteaba sobre un pequeño cerro a lo largo de unos diez o doce kilómetros en cuyo borde derecho, yendo hacia Matagalpa, se abría un profundo precipicio. En los 70 fue sustituida por una moderna carretera que aún hoy presta aceptable servicio.

En un punto de ese trayecto, el 30 de septiembre de 1951, vecinos del lugar descubrieron asustados el cadáver de un hombre a corta distancia del camino. Presentaba varios orificios de bala en diferentes partes del cuerpo y en la frente tenía una profunda herida hecha posiblemente con algún objeto metálico de gran contundencia.

Por la resequedad de la costra de sangre se calculó que había muerto unas doce horas antes, la noche anterior.

Nadie en los alrededores lo conocía ni oyó ruido de disparos así que la Policía dedujo que había sido llevado a ese sitio ya muerto.

El primer paso era identificar a la víctima. Esto la Policía lo consiguió 48 horas después del hallazgo. Se trataba del comerciante capitalino Octavio Castrillo. A pesar de que las ganancias de sus negocios le hubieran permitido vivir en un sitio mejor, rentaba un modesto apartamento a corta distancia de la desaparecida plaza del Caimito, en el barrio Santo Domingo. La dueña del apartamento, Juana Gómez, ratificó la afirmación de los vecinos en el sentido de que Castrillo era una persona muy educada, de modales correctos y que se llevaba bien con todo el mundo. Sin embargo, ahora estaba brutalmente asesinado.

La casera ignoraba por qué su cliente llevaba una vida tan solitaria, sólo rota por la visita esporádica de algunos de sus clientes.

Dijo recordar que la noche del 30 de septiembre vio entrar en el apartamento una figura masculina que supuso era Castrillo pero esa noche no la saludó, contrario a su invariable costumbre. Pero a esa hora Castrillo estaba muerto a decenas de kilómetros de distancia por lo que si no fue él a quien la casera vio, como así era, se trataba de alguien que estaba al tanto de lo ocurrido al comerciante.

Esta presunción cobraba fuerza por el hecho de que en el cadáver del comerciante no fueron encontradas las llaves de su vivienda. En ésta, además, hacían falta otro dinero y documentos relacionados con las actividades comerciales de Castrillo.

Mientras tanto, vecinos del sitio del hallazgo dieron a la Policía una interesante pista. Dijeron que la noche del 30 les llamó la atención la presencia de un taxi cuyo conductor trataba aparentemente de arreglar algún desperfecto. Al hablar con él, les dijo que el vehículo había sufrido una falla cuando, mientras corría a cien kilómetros por hora después de dejar a unos cazadores en las montañas que rodean la cuesta, una vaca se le cruzó en el camino. Por pura precaución anotaron el número de la matrícula del taxi: 342.

La Policía de Homicidios solicitó la detención del taxi y su conductor, un tipo llamado José Solís Vanegas. A los investigadores les contó ahora una historia diferente en algunos aspectos.

Dijo que esa tarde había estado en Matagalpa con una muchacha cuyo nombre desconocía pero como se le desapareció en el parque decidió regresar a Managua. Su estación en El Coyol se debió al accidente con la vaca.

La Policía había confirmado que cuando Castrillo salió de su casa la tarde del 30, llevaba consigo 40 mil córdobas en billetes y un cheque por 12.268 que el comerciante Pastor Estrada Almendárez, conocido popularmente como Chaparrón, le había dado en pago durante una transacción.

Sin embargo, ni el dinero ni el cheque fueron encontrados al ser registrado el cadáver del comerciante.

Los investigadores trataban de encontrar el posible nexo que unía al taxista con Castrillo, fundamental para aclarar la muerte de éste.

La situación de Solís Vanegas se complicó cuando varios testigos declararon haberlo visto gastando dinero a manos llenas en la zona de tolerancia de Managua la noche del 30 de septiembre. Los testigos recordaban que el taxista se comportaba pródigamente, invitando a tomar y comer por su cuenta a los parroquianos. Los testigos dijeron que Solís se jactaba de poseer suficiente dinero y mostraba billetes y un cheque. Hay que recordar que en aquellos años los visitantes de esos sitios, no muy numerosos, se conocían entre sí.

Pero las cosas se pusieron realmente feas para el taxista cuando uno de aquellos habituales, Luis López, afirmó que al abordar el taxi de Solís esa noche se manchó de sangre el pantalón.

Sin embargo, el taxista no estaba dispuesto a dejarse agarrar tan fácilmente y dijo que seguramente la sangre pertenecía a un pasajero que había sufrido un accidente y al que condujo en su vehículo a un centro asistencial.

Al ser analizadas en un laboratorio las muestras de la sangre encontrada en el taxi de Solís con la del comerciante asesinado, resultó que eran del mismo tipo.

Pero Solís Vanegas se empecinaba en declarar su inocencia en la muerte de Castrillo.

El proceso, conocido en primera instancia por el juez de Tipitapa Eliseo Núñez, para quien había suficientes presunciones contra Solís Vanegas, fue trasladado al juez del Crimen, Serapio Ocampo, de Managua.

Interrogado por éste en relación con el cheque que los testigos le vieron mostrar aquella noche, el taxista dijo que, en primer lugar no era por la suma que Estrada le había pagado a Castrillo sino por 2,260 córdobas, es decir, una sexta parte de aquel monto. En segundo lugar, el cheque le había sido librado por el también comerciante Rafael Duarte en pago por la venta de cierta cantidad de maíz.

Pero Duarte lo desmintió. Declaró que, en efecto, había extendido a Solís dos cheques pero ello ocurrió el 22 de diciembre del año anterior para satisfacer un pedido de préstamo del taxista que deseaba comprar un bus.

La pieza clave para hallar la solución, como era establecer las relaciones que pudieron existir entre la víctima y el taxista, seguía oculta a los ojos de los investigadores.

La Policía conjeturó que Castrillo facilitaba préstamos a Solís y que debido a esta relación el taxista estaba al tanto de las actividades de aquél. Para eliminar cualquier sospecha en su contra robó los documentos en que aparecía su nombre.

Sin embargo, todo eran suposiciones. La verdad no pudo ser conocida nunca pues Solís se fugó en circunstancias sospechosas de las cárceles de La Aviación.

UNA NOCHE DE JUERGA

La noche del 30 de septiembre de 1951 el taxista José Solís Vanegas se divertía en cantinas y lupanares de la zona de tolerancia de Managua en los que hacía ostentación de mucho dinero. Así lo atestiguaron, entre otros muchos convidados por el generoso taxista, Daniel Solórzano, Federico Adams, Julio Monterrey y Luis Borgen. El dinero era casi seguramente el que se había apropiado después de asesinar al comerciante Octavio Castrillo.

UNA EXTRAÑA FUGA

- El 26 de noviembre de 1951, cuatro días antes de que se cumplieran dos meses del asesinato del comerciante Octavio Castrillo, el principal sospechoso de su comisión, el taxista José Solís Vanegas se fugó a plena luz del día de las cárceles de La Aviación, donde había sido recluido en espera de un fallo judicial.

- Con el sospechoso se escapó también del mencionado reclusorio, el más seguro de aquellos años, un peligroso criminal llamado Juan José Gutiérrez Berríos.

- Vecinos del penal que presenciaron la escapatoria dijeron que Solís Vanegas llevaba en sus manos un arma de fuego. El encargado de la vigilancia ese día en el penal, el sargento Fulgencio Vargas dijo que la pareja aprovechó para escapar un descuido suyo mientras con otros reos colocaban una alambrada en los patios del penal.

- Las fuga despertó ciertas sospechas pues los prófugos ni siquiera se tomaron la precaución de desarmar a su custodio.

- José Solís Vanegas fue condenado en ausencia por el asesinato del comerciante Castrillo.

- Se cree que después de permanecer oculto algunos días en Managua logró burlar la vigilancia militar en la frontera norte y penetrar en territorio hondureño. Nunca se tuvo noticia de su paradero.  
.


---

   
Otras Noticias

Misterio en la Cuesta del Coyol