Opinión
Redescubrir el auténtico sentido de la educación
David Isaacs
En tiempos pasados se entendía que la educación servía para ayudar a los jóvenes a descubrir una serie de verdades, a desarrollar un conjunto de capacidades y cualidades y a ir alcanzando progresivamente una mayor madurez humana. Sin embargo, en los tiempos actuales se ha puesto en duda la existencia de las verdades, las capacidades se han limitado a lo puramente útil y se ha transformado la lucha de mejora personal que requiere la maduración personal en un concepto reducido de “autoestima” y de aceptación de uno mismo con el fin de “sentirse bien”. Valdría la pena considerar cómo tres valores se han hecho especialmente populares en nuestros tiempos y las consecuencias que pueden derivar del sacrificio de la verdad a estos valores. Me refiero al igualitarismo, la “tolerancia” y el relativismo, y el utilitarismo.
La frase: “todos tenemos el mismo derecho a todo porque somos totalmente iguales”, es un reflejo de una sociedad democrática descontrolada. Pero esta manera de pensar está influyendo de una manera importante en muchos sistemas educativos.
Por ejemplo en los Estados Unidos existe un movimiento importante para deshacer la idea de “academic excellence” que ha sido una de las metas más perseguidas en el pasado. La idea es que como somos todos iguales –algo es evidentemente falso– (la prueba de que no somos iguales está precisamente en que algunos dedican tanto esfuerzo y tiempo en insistir en lo que somos), no se trata de ayudar a cada alumno a desarrollar sus capacidades y cualidades al máximo. Porque esto produciría mayores diferencias entre las personas. Si todos no pueden ser brillantes, entonces nadie debe ser brillante. Es un concepto de justicia verdaderamente curioso. La única manera de hacerse con el grupo es bajar el nivel de todos.
Uno de los valores que más se destaca en la sociedad actual es la “tolerancia” entendida en el sentido de que todos los puntos de vista tienen igual valor. No existe ni bien ni mal. Todo es relativo o, por lo menos, así lo parece todo lo que no puede ser comprobado por el llamado método científico. Con este tipo de planteamiento de la vida, es lógico que los planes de estudio en los colegios se basen más en el desarrollo de capacidades instrumentales e intelectuales que en la importancia de la verdad aprendida. Además, como todos los alumnos tienen que ser iguales, tampoco se trata de exigir de acuerdo con la capacidad de cada uno. La “tolerancia” requiere, entonces, no ser mejor, no saber más, no destacarse ni defender una opinión con convicción porque todas las ideas valen lo mismo.
“Tolerancia” y “autoestima” son maneras de afirmar que lo único importante es que el alumno se sienta bien... y se entiende que para sentirse bien no hay que hacer esfuerzos o utilizar la voluntad.
Con una educación relativista se cae en los planteamientos de los promotores del movimiento de “values clarification” que supone que el hombre tiene que inventar sus propios valores o aceptar aquéllos que son democráticamente acordados en cada momento. Y se quita de los programas educativos las asignaturas que más pueden ayudar al alumno a encontrar la verdad objetiva. La filosofía por ejemplo.
Una tercera característica de la sociedad actual es el interés que tienen tantas personas para que la educación sea útil. Se entiende por útil que haya una capacitación directa y concreta de los alumnos para realizar determinadas tareas normalmente relacionadas con puestos de trabajo específicos. Con este tipo de atención el afán de los profesores deja de ser la auténtica educación de los alumnos y pasa a ser la insistencia en un proceso de adiestramiento.
La atención de este tipo lleva a los profesores a preocuparse por los resultados inmediatos, tangibles. Únicamente les interesan objetivos “medibles” y, con ello, se está creando una actitud en los alumnos respecto a lo que es importante en la vida. El interés por lo permanente disminuye considerablemente. Ni se pretende dirigir la atención de los jóvenes hacia verdades que quizás no tengan utilidad inmediata, pero que, sin embargo, son imprescindibles para encontrar la felicidad. No parece que hacen falta ni la perseverancia ni la permanencia y, por tanto, valores como la lealtad o la amistad dejan de tener sentido. Lo que no se muestra útil para las necesidades inmediatas no interesa.
En muchos países las autoridades obligan coactivamente a los ciudadanos a asumir una “educación” relativista, igualitaria y utilitarista. Todavía estamos a tiempo de salvar lo que la educación “tradicional” tenía de bueno y a rechazar algunos de los planteamientos insensatos del presente.
* El autor es Catedrático de Pedagogía de la Universidad de Navarra. 
|