Sacramento del matrimonio
MINISTERIO DE PREDICACIÓN “MADRE DE LA NUEVA ALIANZA”
“La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevado por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre los bautizados” (CIC can. 1055,1).
El Catecismo de la Iglesia Católica divide los sacramentos de la Iglesia en tres partes:
1. Sacramentos de la Iniciación Cristiana: Bautismo, Confirmación, Eucaristía;
2. Sacramentos de Curación: Penitencia y Reconciliación, Unción de los Enfermos;
3. Sacramentos al Servicio de la Comunidad: Orden Sacerdotal y Matrimonio.
Está colocado precisamente como un sacramento al servicio de la comunidad, de la comunidad familiar, de la comunidad social, de la comunidad eclesial.
Pero no sólo se está al servicio de los demás, sino al servicio de la mismas personas que están llamadas a esa vocación especial y es, por lo tanto, realización personal, satisfacción, bienestar personal.
Podríamos hacer un viaje por distintos textos de la Biblia (Gn 1,26-27; Ef 5,31-32) y concluiríamos siempre que fueron creados para ser felices el uno a la par del otro, para sentirse realizados junto a los hijos que procreen, en medio de todos los gozos y tristezas que se puedan encontrar en el camino, pero si ambos están trabajando unidos por el amor que una vez se juraron y que los llevó a estar unidos en el Señor, entonces estarán juntos hasta que la muerte los separe. De otro modo si siempre se espera que no haya ninguna dificultad y que siempre esté todo de maravilla entonces se perdería lo valioso de luchar el uno por el otro y por los hijos.
Mucho se cultiva en el mundo de hoy la irresponsabilidad, la vida fácil, sin compromisos ni ataduras y es lo que en cierto modo ha dado como resultado madres solteras, hijos criados por abuelas o tías, o por alguna buena persona que se compadezca en el mejor de los casos, pues en otros casos se da como resultado lo que hoy llamamos “niños de la calle”.
Visto desde el origen mismo de la unión del hombre y la mujer podríamos decir con claridad que “La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador” (Catecismo 1603). En efecto ¿no podríamos decir acaso que si no es seguir su propia naturaleza lo que hacen el hombre y la mujer? Aquí tenemos que ver que a pesar de los muchos embates que ha sufrido la institución matrimonial a través de la historia sigue subsistiendo y necesitando al mismo tiempo que las propias personas revivan y fortalezcan lo puesto por Dios en el corazón de nuestros primeros padres: el amor. “Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), que es amor” (cf. 1Jn 4,8.16).
De este modo nos damos cuenta que el matrimonio va más allá de simples relaciones ocasionales, que es en lo que afanan algunos en convertir la relación del hombre y la mujer, pero a la larga siempre se dan cuenta de que necesitan estar unidos el uno al otro o darse estabilidad mutua que los haga sentirse realizados. «Al ser humano no le bastan las relaciones puramente funcionales. Necesita relaciones interpersonales, ricas de interioridad, de gratuidad, de entrega en oblación. Entre estas, es fundamental la que se realiza en la familia» (Juan Pablo II, 15 de octubre de 2000).
Apostemos por la familia, apostemos por el amor que es y ha de ser siempre el fundamento de toda familia y de todo corazón humano. El amor y la familia unidos en una misma vocación: el matrimonio. Pidamos a los organismos internacionales que apuesten por la creación y la unión de la familia y no por la promiscuidad sexual promovida a la imposición de métodos anticonceptivos o preservativos.
Dios es amor, ha creado al ser humano para el amor. 
|