La lección argentina
Jorge Salaverry jorgesal@cablenet.com.ni
El reciente colapso de la economía argentina ha sido aprovechado por algunos nicaragüenses amantes del estatismo para despotricar en contra de lo que ellos llaman el “modelo de economía neoliberal”. Según ellos, Nicaragua debe mirarse en ese espejo y “poner su barba en remojo”, porque, de no cambiar de “modelo”, podría sucedernos lo mismo. Para esos señores, los culpables son: la economía de mercado, la privatización de las empresas estatales, y el sempiterno chico malo de la película: el Fondo Monetario Internacional. Creo que están equivocados.
Uno de esos personajes, identificado como economista y sociólogo, haciendo gala de una temeridad inaudita que sólo puede ser producto de la más supina ignorancia en materia económica, y lo que es peor, de una incapacidad total para ver la realidad, dijo que lo sucedido en la argentina “es una muestra más del fracaso del sistema capitalista”. Otro del grupo, también sociólogo y economista, dijo que “el Programa de Ajuste Estructural que se aplicó en la política neoliberal ha llevado a la quiebra al país”, y, por último, un ex militar del más alto rango posible, depositó la culpa del desastre argentino en los hombros de la privatización de las empresas estatales, y advirtió que: “Lo que ocurre en Argentina debe servir como una campanada de alerta para aquellos que en Nicaragua están alegremente aplaudiendo las privatizaciones...”.
Si logro captar bien el mensaje de esos doctos caballeros, creo que debería entender que Argentina estaría disfrutando de una envidiable bonanza económica y social si, y sólo si, hubiese adoptado un modelo económico no capitalista (¿socialista? ¿corporativista?); hubiese continuado el gasto estatal ilimitado; y el Estado no se hubiese despojado de las empresas que eran de su propiedad. Pero, si mal no recuerdo, de todo eso tuvo en abundancia el país sudamericano a partir de los años cincuenta, y, hasta donde yo sé, es lo que llevó a ese país a una situación económica tan desastrosa en los años ochenta, que no tuvo más recurso que intentar un cambio de rumbo a inicios de los noventa.
“Sí,” dirán algunos, “la Argentina adoptó el sistema capitalista y fracasó”. Pero eso no es cierto, porque no es lo mismo adoptar algunos características del sistema capitalista, que ajustarse a lo esencial del sistema, que no es otra cosa más que la disciplina del mercado. Y los gobernantes argentinos, uno tras otro, siguen sin tener ni la más remota idea de lo que eso significa.
Pero no vayamos tan largo, y ubiquémonos en Nicaragua. ¿Es que acaso nuestro desdichado país no abrazó en la década de los ochenta un modelo económico socialista, gastando a lo descosido y multiplicando hasta el infinito el número de las empresas estatales? ¿Y es que acaso los resultados no fueron una prolongada hiperinflación que estableció récord en el mundo, una dramática caída de la producción, y un sobreendeudamiento externo sin precedentes? ¿Será que los personajes arriba citados quieren que eso se repita en Nicaragua?
No hay duda de que la situación de la Argentina es trágica, pero es bueno tener en cuenta que ese país está en esa situación como consecuencia, en su mayor parte, de una clase política irresponsable y corrupta. A finales de los ochenta nadie le prestaba ni un solo dólar a ese país, pero una vez que pasó la Ley de Convertibilidad (todo peso en circulación debía de estar respaldado por un dólar en reservas) se restauró la confianza y volvió a ser sujeto de crédito. No obstante, en vez de manejar el nuevo crédito con prudencia, y de aprovechar el momento para equilibrar sus cuentas fiscales, los políticos argentinos se embarcaron en una espiral de derroche que duplicó el gasto en los últimos diez años. No hubo ajuste, y ahora son los gritos de dolor. Una vez más, nadie quiere prestarle un centavo a la Argentina, y lo que es más triste: al final de cuentas tendrán que ajustar el gasto.
Aprendamos la lección. No se trata de huir del sistema de economía de mercado y de volver a un sistema socialista o corporativista. Todo lo contrario. Se trata, más bien, de ser serios y responsables en el manejo de las finanzas públicas, lo cual significa no gastar más allá de lo que ingresa al erario, y de crear y fortalecer las instituciones y la mentalidad que hacen posible que funcione el único sistema capaz de hacernos transitar de la pobreza a la riqueza: la economía de mercado.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More. 
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