Y Además…
Holocaustos, sacrificios y fanáticos
Luis Sánchez S. luis.sanchez@laprensa.com.ni
En el reportaje de LA PRENSA sobre el sida (domingo 2 de diciembre) se calificó a esta enfermedad como un holocausto. La expresión se usó en sentido figurado, por supuesto, como una “gran matanza de seres humanos”, que es una acepción que admite el Diccionario de la Real Academia Española.
En realidad, el sida está provocando una gran matanza (3 millones de personas sólo este año), sobre todo en los países más pobres de África y Asia. Aunque, a decir verdad, en Nicaragua los accidentes de tránsito causan más muertes —más de 700 al año—, en tanto que el sida “sólo” mató a 188 nicaragüenses durante el último año.
Pero holocausto en el verdadero sentido de la palabra es un sacrificio u ofrenda a las divinidades, que consiste en quemar a la víctima. La palabra deriva del hebreo olah (que significa ofrenda quemada) y del griego holos (entero) y kaio (yo quemo).
Los sacrificios de diversa clase se han practicado desde tiempos inmemoriales en todas las culturas y religiones del mundo, desde los albores de la humanidad, cuando el hombre primitivo percibió la presencia de divinidades y concibió la idea de honrarlas con ofrendas, para obtener sus favores o aplacar su furia.
En cuanto al holocausto propiamente dicho, lo practicaban los antiguos israelitas en ofrenda a Dios. Pero los israelitas sustituyeron con corderos los sacrificios humanos que hacían los pueblos idólatras, como los moabitas, que inmolaban incluso a sus primogénitos para recibir favores especiales de sus divinidades paganas.
Del texto bíblico se deduce que en una época esa costumbre inhumana también la practicaron los hebreos, pero le pusieron fin a partir de que Abraham —a punto de sacrificar a su hijo Isaac por orden de Yavéh—, lo sustituyó con el cordero, por disposición del mismo Dios.
Actualmente se le llama holocausto —aunque el concepto exacto es shoa, una expresión hebrea que significa desastre, catástrofe, enorme desgracia— a la matanza de judíos que hicieron los nazis en los años treinta y cuarenta del siglo veinte. Se considera que el holocausto o shoa es el mayor crimen habido en la historia, y único por sus características, a pesar de que hubo muchas otras matanzas, antes e inclusive en tiempos de la “civilización” contemporánea.
Ahora, fanáticos terroristas se convierten en bombas humanas y provocan sangrientas mortandades en Estados Unidos e Israel. Y eso, según sus demenciales creencias, son ofrendas a Dios para “ganarse el Paraíso”.
Pero no todos los dioses han exigido sacrificios de la vida humana. Es emblemática de nuestras raíces culturales greco-latinas la leyenda de Tántalo, que queriendo agradar a Zeus sacrificó en su honor a su propio hijo, Pélope y se lo ofrendó en un banquete.
El supremo dios olímpico se indignó tanto con el parricida Tántalo, que lo condenó a sufrir para siempre por hambre y sed espantosas, y lo amarró bajo un árbol cargado de frutas, en medio de un arroyo, de los que nunca jamás pudo comer ni beber. 
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