La lealtad con los principios
Joaquín Absalón P.
Celebramos la lealtad, base de la intemporalidad y reino de la moral. Los resultados de las elecciones del cuatro de noviembre, afectaron a sectores que a “última hora” se salieron de la madriguera original renunciando a sus principios históricos de lucha para meterse en la última ranura que les quedaba: Un movimiento electoral conocido como “Convergencia nacional” que no pasó de ser el alero de pequeños grupos de escasa o nula representatividad nacional, excepción hecha del FSLN, partido que sigue siendo en Nicaragua la segunda fuerza política. Lo mismo no podría decirse de ninguno de sus aliados.
Nace la afirmación de dos ejes sobresalientes inscritos en la ética política: La cultura de la naturaleza y la civilización del pueblo.
Se impuso desechar el retorno del infierno en Nicaragua, agravante señalado por la realidad histórica que no consideraron los dirigentes de la miscelánea política que se montó “en caballo perdedor”.
Deduzco: En nuestro país parece languidecer el concepto de la ética aplicable a la sabiduría de saber distinguir entre lo “bueno y lo malo”. Parece fenecer igualmente el valor que tiene la órbita milenaria y universal de la disciplina.
El verdadero mérito del militante partidario es ser leal con la línea y el final, sea cual fuere el desenlace electoral. Ese tesoro refulge en el vientre de la historia, quizás o seguramente a “largo plazo”. La tendencia es no reconocer cuando la emoción o las ganas del triunfalismo material y personal (un pedazo de pastel) oprimen a los valores de la honestidad y la solidez de los principios.
Pensamos que cuando se gana en “buena lid” la victoria es saludable y enriquecedora para el espíritu. Está sintonizada con la conciencia, pero cuando ella se obtiene a base de montarse la “última noche” sosteniéndose en estribos desesperados, cuando ella llega a base de salirse de la membresía original para incurrir en convergencias nominales a las cuales se llega olfateando las fragancias del poder, ese triunfo fácilmente se diluye y opaca totalmente a quienes vieron frustradas sus verdaderas intenciones.
De ahí que la perennidad en política corresponda a los principistas y no a los oportunistas.
El político de principios no vacila cuando la nave se desvanece, por el contrario, aporta con sus brazos a rehabilitar la viga. Es entonces cuando de cenizas en hipótesis reluce el oro.
Románticos, soñadores, puristas les dicen a quienes sostienen —y no venden—su convicción. Vivos les dicen a los autores que saltan con sorprendente facilidad, de un color a otro. “Camaleones”, les dice el ingenio popular. Lo justo para éstos es llenar de agua “el molino de sus intereses”, vaciando la correspondiente al resto de la población, incapaces de comprender que el funcionario público se hizo para servir y no ser servido.
Nuevos rostros son presentados a la opinión pública. Enfrentarán el reto para ser factores de la positiva recomposición del Estado. En nombre de Nicaragua éxito para ellos.
El autor es periodista. 
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