Nada Personal
Dinero no es comida
Douglas Carcache douglas.carcache@laprensa.com.ni
Suponemos que si tenemos dinero a mano podemos conseguir los alimentos sin problemas, pero en el caso de las familias campesinas nicaragüenses que padecen hambre por sequía o desempleo, no es lo mismo darles dinero en efectivo que raciones alimenticias. Incluso, podrían recibir dinero y seguir con el estómago vacío.
El presidente Arnoldo Alemán sugirió a los organismos no gubernamentales, que pidan al exterior ayuda en dinero efectivo en vez de alimentos para los damnificados del campo, argumentando que con esos fondos pueden comprar granos a los agricultores que han tenido suerte y no perdieron sus cultivos.
De inmediato le llovieron críticas al Presidente, porque es más fácil que se pierdan 50 dólares que un quintal de maíz, y debido a los múltiples casos de corrupción que han marcado su Administración, los cooperantes se debieron preguntar: ¿Para qué quiere dinero el gobierno, si lo que hace falta son alimentos para los hambrientos?
Aunque la idea del Presidente podría ser válida: comprar granos, frijol sobre todo, producidos aquí para donarlo a los campesinos necesitados. Sin embargo, en los últimos años Nicaragua está produciendo menos alimentos de los que necesita su población, y en los centros urbanos tienen buen mercado los granos básicos cosechados aquí.
Si la oferta fuera mayor que la demanda, esos granos bajarían de precio en los mercados, pero sucede lo contrario, suben con frecuencia, y en general las amas de casa se quejan cada día de lo cara que se pone la comida.
Ahí comienza lo ilógico de la propuesta del presidente Alemán. Pedir dinero efectivo en vez de provisiones alimenticias, como si Nicaragua produjera granos básicos de sobra. Al contrario, hemos vivido de la ayuda internacional, y miles de familias campesinas sólo han tenido para comer lo que les distribuye el Programa Mundial de Alimentos (PMA).
Supongamos entonces que en vez de mil toneladas de alimentos, nos enviaran 500 mil dólares para ayudar a los damnificados. Si la producción local fuera menor a la capacidad de compra del monto donado, sólo quedarían las opciones de comprar alimentos importados, aquí o fuera del país, a un precio mayor; o darle dinero a los campesinos que padecen hambre.
La primera opción favorecería a los comerciantes intermediarios, y la segunda podría ser inefectiva para paliar el hambre, porque nadie puede garantizar que los campesinos usen el dinero en la compra de alimentos, menos si lo administran los hombres, según indican las experiencias.
Por eso el PMA sólo entrega provisiones y a las mujeres, porque al inicio de sus programas de asistencia al campesinado, algunos hombres retiraban la ayuda y la cambiaban por licor en la primera cantina que se topaban. 
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