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LUNES 27 DE AGOSTO DEL 2001 / EDICION No. 22473 / ACTUALIZADA 10:00 pm

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Don Patricio y el Estado

.Yo prefiero una y mil veces creer junto con Frédéric Bastiat, que el Estado es “la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo”

Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

El ex Presidente de Chile, Don Patricio Aylwin Azócar, estuvo de visita en Nicaragua la semana pasada. Su energía y elegancia muy bien disimulan sus casi 83 años de vida. De hablar pausado y claro, no oculta su admiración por el Estado, y, por decir lo menos, su incomodidad con el mercado. “Yo jamás pondré los pies en un mall (centro comercial)”, dijo en una ocasión.

Electo democráticamente en 1989, fue el primer Presidente civil después de 16 años y medio de régimen militar. Gobernó entre 1990 y 1994. Tuvo la sensatez —quizás aún en contra de sus sentimientos más íntimos— de no alterar las políticas económicas implementadas por Pinochet, con lo que logró que durante su mandato Chile continuara el vigoroso crecimiento económico que traía desde varios años atrás. Pero como buen demócrata cristiano, sentía que existía una “deuda social” que había que saldar. (El término “deuda social”, presupone que “alguien” —indudablemente, el sector empresarial— tomó indebidamente de otros —sin duda, de los pobres— algo que “en justicia” se les debe regresar. Lleva implícita la idea de explotación, y contribuye a perpetuar el trasnochado mito del empresario explotador.)

Pero bien; bajo el régimen militar, Chile se había vuelto el país más dinámico y productivo de América Latina, y no porque fuera gobernado por militares, sino porque el mercado funcionaba. Por eso Don Patricio pudo subir los impuestos (el sueño de todo estatista), y aumentar el gasto social. Había de donde tomar, porque las empresas eran productivas, exportaban fuertemente, y generaban divisas; en dos palabras: creaban riqueza. Sólo faltaba, según el señor Aylwin, la mano fuerte del Estado para “redistribuirla”.

Habiendo participado como panelista en uno de los discursos pronunciados por el señor Aylwin, lo escuché decir que: “el mercado es eficiente para crear riqueza, pero no lo es para distribuirla.” ¿Adivina usted, apreciado lector, quién es para él un “eficiente distribuidor” de la riqueza? Pues, ¿quién más podría serlo sino el inefable Estado? Y como para reforzar su punto de vista, Don Patricio citó a Michel Camdessus, ex Director Gerente del Fondo Monetario Internacional, quien supuestamente dijo que “a la ‘mano invisible’ del mercado es necesario agregar la mano fuerte de la justicia del Estado y la mano de la Solidaridad”. ¡Qué lindo!

Es evidente que tanto Don Patricio como Monsieur Camdessus parten del supuesto que el Estado es justo, que sólo quiere el “bien común”, que es eficiente, y quién sabe cuántas otras virtudes angelicales más. Yo prefiero una y mil veces creer junto con el poco conocido pero brillante economista francés del siglo XIX, Frédéric Bastiat, que el Estado es “la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo”. No es por casualidad que en Nicaragua haya tantos y tantas que se esfuercen tanto por llegar a ser diputados, ministros, concejales, etcétera. ¿Será porque los consume un deseo irreprimible de sacrificarse por el prójimo? Lo dudo. Más recientemente, James M. Buchanan, ganador del Premio Nobel de Economía en 1986, quien dedicó muchos años de su vida a investigar cómo toman sus decisiones los políticos y los burócratas, llegó a conclusiones mucho menos románticas que las de Don Patricio o las del señor Camdessus.

Mientras Don Patricio cree que: “En la vida social existe eso que llamamos ‘bien común’, que no es la simple suma de los bienes individuales de los miembros, sino un bien común al todo y a las partes, a la comunidad nacional en su conjunto y a las personas humanas que la forman”, y que por supuesto lo promueve y lo garantiza el Estado, James Buchanan dice que: “No se puede hablar de una ‘voluntad general’ ni de un ‘bien común’ con realismo.... salvo que se defina escuetamente como un estimado de la suma de las preferencias individuales de los miembros de la sociedad. Los políticos no tienen acceso a una verdad objetiva sobre lo que todos queremos o lo que a todos nos beneficia.” ¡Qué diferente! ¿verdad?

Cuando Don Patricio concluyó su presentación, muy caballerosamente me extendió la mano y me dijo: “Tenemos puntos de vista muy diferentes.” Ni que dudarlo. Me rehúso terminantemente a aceptar que al Estado le corresponda el papel de “redistribuidor” de la riqueza, y menos aún, a creer que lo pueda hacer eficientemente. Por el contrario, creo que el Estado es, por lo general, un gran despilfarrador y el mayor causante de la pobreza en Nicaragua y en toda América Latina.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la UTM.  
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