Especial
Salvador Talavera: “El infiltrado paga con su vida la traición”
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Salvador Talavera, Líder del FN-3-80. |
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Fabián Medina fabian.medina@laprensa.com.ni
El Frente Norte 3-80 fue el grupo armado que conservó intacta su dirigencia, a pesar que, el ex jefe político de esa agrupación, Salvador Talavera, reconoce que fue en varias ocasiones infiltrado por el Ejército.
— ¿Alguna vez fueron infiltrados?
“Definitivamente. En varias ocasiones. En una ocasión, uno de los que ya había ascendido a nivel de comandante del Consejo del Frente Norte 3-80, era un agente infiltrado del Ejército que había sido previamente reclutado, ex desmovilizado de la Resistencia Nicaragüense que estaba pasando información”.
“Nosotros comenzamos a sospechar de esa persona a raíz que veníamos recibiendo denuncias a través del servicio de contrainteligencia que teníamos, en el cual utilizamos mucha información cruzada, y detectamos que algunas personas habían sido azotadas cruelmente, o que se habían hecho actividades que no correspondían a los principios del movimiento, como fue en una ocasión, el asalto a un bus. Nos dimos cuenta que había sido este mismo individuo tratando de crear una imagen que no iba en correspondencia con lo que nosotros pregonábamos”.
“Entonces infiltramos en el grupo de confianza inmediato de esta persona, y en efecto lo descubrimos, y se tomaron las medidas correctivas inmediatamente”.
— ¿Cuáles son las medidas correctivas?
“Bueno, en términos militares significa que a la persona se le agradece por sus buenos servicios prestados, y punto final”.
— ¿Pero eso qué es?
“Actos de traición se pagan con la vida”.
— ¿Lo ejecutaron?
(Asiente) “Se hace ante algunos miembros que se sospeche para que sepan. No se permiten actos de traición, peor a ese nivel donde está en peligro la vida”.
— ¿Cómo se llamaba esa persona?
“En este tipo de cosas siempre es mejor contar la historia en general”.
— ¿En algún momento sintieron que se estaba tramando algún plan para matar a algunos de ustedes?
“Siempre hubo muchísimos planes. Planes elaborados por el Ejército a los más altos niveles”.
— ¿Ustedes tenían un aparato de contrainteligencia?
“Bastante bueno. Nosotros logramos asestar el golpe de Caulatú porque sabíamos cómo y por dónde se estaba movilizando el Ejército. Sin embargo, ellos nunca pudieron detectar nuestros movimientos”.
— ¿Cómo funcionaba?
“Nosotros habíamos logrado a través de dinero comprar armas a personas que eran retirados del Ejército y que mantenían estrechos vínculos con efectivos que estaban a cargo de los operativos en el Norte. El famoso sistema de ‘los charraleros’, que son grupos de dos a tres individuos, que normalmente funcionan con ración fría, para estar por cualquier cantidad de tiempo detectando los movimientos y transmitiéndolos por radio. Les dicen ‘charraleros’ porque se mueven por lo general entre matorrales”.
“Paralelamente habíamos diseñado un plan para infiltrar diferentes instituciones del país, tanto humanitarias como organismos y misiones internacionales, que nos permitiera corroborar mucha información que nos llegaba. Eso se triangulaba muchas veces vía Miami o vía Tegucigalpa”.
— ¿Estos despliegues de fuerza que hace el Ejército no parecen tener muchos resultados?
“Tiene un efecto sicológico, sobre las persona que están como fuerza irregular. En el caso nuestro, cada vez que el Ejército iba a montar operativos de gran envergadura, habíamos diseñado un movimiento de guerrillas autosostenibles, lo que nos permitía podernos dividir en células o grupos de cinco miembros y evadir los cercos militares y reubicarnos en otros puntos del país. ¿Qué era lo que hacía el Ejército tras un operativo de envergadura?: colocar personas o contratar personas que les pudieran pasar información. Nosotros sospechábamos de algunos maestros rurales, personas que aparecían como carpinteros trabajando en lugares donde no había por qué estar realizando una construcción”.
— Y cuando ustedes detectaban a los informantes del Ejército ¿qué hacían con ellos?
“En una ocasión nosotros le entregamos a la CIAV-OEA una persona que según contrainteligencia nuestra, era oficial de las tropas especiales. Y lo entregamos en un gesto de buena voluntad. Sin embargo, si a una persona se le comprobaba que los daños que nos había causado eran demasiado grandes, pues obviamente se le trataba como un enemigo, que debía pagar por el daño causado”.
— ¿Cómo valora el trabajo de Inteligencia del Ejército?
“La Inteligencia del Ejército es muy profesional. Yo te puedo garantizar que ellos infiltran el grupo desde que está en su estado embrionario. Creo que ellos dejan a veces correr a muchos grupos por diferentes razones, pero también se garantizan que si se les sale del control y ya comienza a perjudicar la estabilidad en una zona determinada, buscan cómo utilizar a esos infiltrados para neutralizarlos. De otra manera jamás ellos tendrían la capacidad de neutralizar a alguien tan escurridizo como se suponía que era el señor Marenco.
BROMAS DE GUERRA
- “Lo principal nuestro”, dice Salvador Talavera, dirigente del Frente Norte 3-80, “fue desarrollar una guerra sicológica. Hacerle creer al Ejército que éramos más de los que éramos en realidad y sobredimensionar los operativos y las acciones. Incluso hay anécdotas: el actual titular de la vocería (coronel Ramón Arnesto Soza) dijo haber visto (mientras estuvo secuestrado) cinco misiles tierra-aire “Red Eye”, cuando en realidad sólo fue uno el que miró. Lo que pasa es que lo vio pasar cinco veces con diferentes tropas”.
- “Cuando estábamos en las conversaciones de paz, con el Cardenal, también nos jugamos otro par de bromas. Sentíamos la presión del Cardenal, de que había que culminar la crisis (liberar los secuestrados), y no estábamos preparados para liberarlos a todos. Enviamos un grupo de miembros del Frente Norte 3-80 disfrazados con uniformes del Ejército, que ingresaran a Quilalí y comenzaran a agarrar personas que iban, peatones, y les preguntaran sobre nosotros, para que esa gente fuera a informar a la Policía o al Cardenal y la CIAV-OEA, de que había una patrulla del Ejército en los alrededores de Quilalí, cuando se supone que debían estar a 80 kilómetros. Así que nos hicimos los enojados, y dijimos que mientras nosotros estábamos de buena fe, el Ejército se estaba infiltrando nuevamente. Recuerdo que reprendieron duramente tanto al Ejército como al ministro de Gobernación por estar jugando con Su Eminencia”. 
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