La política y la cultura
En términos generales el planteamiento cultural de los políticos es muy pobre, inclusive en los períodos electorales cuando hay derroche de ilusiones, promesas y demagogias, hasta ofrecer la tierra prometida, bajar el paraíso celestial a las empobrecidas tierras nicaragüenses y dotar de computadoras y comunicación por Internet a los campesinos que se mueren de hambre en el norte y el oeste del país.
Realmente, en un país como Nicaragua que es de los más pobres y atrasados del mundo, y las prioridades más urgentes tienen que ver con la sobrevivencia humana a nivel elemental —comida, empleo, sanidad, seguridad pública—, parece mucho pedir a los políticos en general y a los gobernantes en particular que se preocupen por la cultura. Pero la verdad es que un considerable sector de la población no vive en situación de miseria, o que aun en medio de la pobreza se dedica a la producción y consumo artístico en particular y cultural en general, y por lo tanto necesita una mejor atención espiritual. Además de que la cultura, igual que la educación, no se debe ver como una cuestión superflua sino como un medio indispensable para promover el desarrollo económico, social y humano.
O sea que los temas de la cultura deberían estar entre las preocupaciones principales de los políticos y ocupar un lugar distinguido en los programas de gobierno que ofrecen en la campaña electoral, pero la verdad es que no lo están.
En efecto, en la propuesta programática que hizo don Enrique Bolaños Geyer, candidato presidencial del gobernante Partido Liberal Constitucionalista (PLC), el domingo 3 de junio de 2001, durante su presentación oficial en el Centro de Convenciones Olof Palme, de Managua, no hubo ninguna referencia a lo cultural, sólo un par de propuestas muy generales sobre la educación y el deporte. Por su parte, el Frente Sandinista en su programa de gobierno de 16 puntos, igual que el PLC, obvia el tema de la cultura y establece a lo sumo (en el punto 4) que “se promoverá para la juventud el acceso a la educación, al trabajo, al deporte y a la cultura”. Y en lo que se refiere al Partido Conservador, simplemente no hay nada.
Es interesante señalar que cuando un periodista de LA PRENSA preguntó a los representantes de los tres partidos que participan en la campaña electoral sobre sus programas u ofertas culturales, la respuesta unísona fue que hasta entonces iban a formularlas. Y esperamos que aunque sólo sea por las interpelaciones periodísticas, los candidatos a gobernar el país en el siguiente quinquenio presenten por fin sus propuestas para el ámbito de la cultura, que tan deteriorado se encuentra últimamente, ante todo por la falta de recursos públicos, pero fundamentalmente por la politiquería y el menosprecio gubernamental.
Nicaragua no puede progresar en ningún sentido en tanto que no haya y se aplique una progresista política cultural, del mismo modo que la democracia no puede funcionar correctamente si no hay en la sociedad una cultura de la libertad. Se dice, y con mucha razón que la democracia —la forma organizada e institucional de la libertad— se puede venir abajo cuando hay y persiste un desajuste entre la política y la cultura.
Lamentablemente, los políticos gobernantes mucho se preocupan por la estabilidad de la macroeconomía —y está muy bien que lo hagan—, y más por su rápido enriquecimiento a expensas del poder público —y está muy mal que hagan eso—, pero ninguna o muy poca preocupación sienten y demuestran por la cultura. Al parecer, ellos no saben o pretenden ignorar que la reconstrucción económica, la participación decorosa en la globalización, el desarrollo social y el fortalecimiento de la democracia, requieren sin falta de adecuadas, realistas y sistemáticas políticas culturales.
No es por casualidad que los países prósperos y desarrollados que cuentan con instituciones sólidas y gozan de una floreciente libertad, son aquéllos que no sólo se preocuparon por la economía, sino que también han fomentado la vida intelectual y artística, que crearon grandes instituciones culturales, museos, bibliotecas, escuelas de arte, y las administran con admirable dedicación y ejemplar continuidad. ¿Cuándo comenzaremos a aprender de ellos? 
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