Desde la cueva
Recordando al Béisbol III
Tito Rondón tito.rondon@laprensa.com.ni
Debe ser “l’ansia”... nidad. Pero de repente estoy escribiendo mis memorias beisbolísticas...
Mi hermano Juan (un año menor) y yo empezamos a ir al estadio con regularidad en 1955.
En 1954 me interesé por el béisbol, y vi en el noticiero del cine el resumen de la Serie Mundial, en la que los Gigantes de Nueva York barrieron a los Indios de Cleveland en cuatro juegos seguidos.
Fue la Serie de la gran atrapada de Willie Mays, de los jonrones del emergente Dusty Rhodes, de la caída del equipo que había roto la marca de la liga de más victorias en una temporada al lograr 111, una más que los sacrosantos Yanquis de 1927. (Ahora el récord es de 114, una vez más en poder de los Yanquis, los de 1998). Mucho drama.
Cuando empieza la temporada de 1955 empezamos a escuchar por radio de onda corta los partidos de Grandes Ligas, transmitidos desde Cuba o Radio Rumbos de Venezuela. Seguíamos a los Habana Sugar Kings, y oímos los últimos juegos de los veteranos Bob Feller, lanzador de los Indios de Cleveland, y del short de los Yanquis Phil Rizzuto. Claro que no sabíamos que eran los últimos...
Pronto se abrió a nuestra imaginación una constelación luminosa de grandes estrellas, llevados por voces como las de Buck Canel, Felo Ramírez y muchos otros. “Batea Duke Snider, el ‘Duque de la Destrucción’”, decían. Y hablaban de Don Newcombe, Yogi Berra, Jackie Robinson, Whitey Ford, Gil Hodges, Carl Furillo, Bill Skowron...
Entre esos nombres también había latinos. Chico Carrasquel, Luis Aparicio, Beto Avila, Orestes Miñoso, Camilo Pascual, Pedro Ramos.
Nicas no había. Pero aquí en Managua resulta que jugaban. Se jugaba todos los fines de semana, pues había dos equipos, el Bóer y el 5 Estrellas, y si no estaba uno estaba el otro.
La rutina era despertarse a las cinco y media de la mañana, bañarse y ponerse el uniforme del Calasanz (pantalones de lino blanco, corbata roja con el escudo de las Escuelas Pías, saco azul), e irse al colegio, para de ahí marchar a la iglesia de San Sebastián, donde oíamos misa.
Luego a desayunar, y después al estadio. Cuando no había beis íbamos al “matiné” de los cines, donde pasaban o un par de cintas de muñequitos y dos películas de aventuras o un par de horas de muñequitos y una de aventuras.
Nos íbamos en taxi, porque los juegos ya habían comenzado. A medida que nos acercábamos aumentaba la impaciencia, pues no queríamos perdernos nada. Por lo general, íbamos a “gradas”, ocasionalmente en alguna emergencia financiera a “sol”.
Desde afuera del Estadio Nacional (así le decía todo mundo) se oían tres sonidos característicos: los gritos de los vendedores o revendedores, el maravilloso sonido del bate de madera golpeando la pelota, y la voz de “Fonguito” (Ramiro Solórzano) anunciando con su deje tan característico a los bateadores. 
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