Cosas Veredes Sancho Amigo
El Gordo y El Gordito, el “pinche” Galifardo
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 | Eran dos grandes muñecos huecos de cartón piedra que salían a recorrer las calles de Managua para promover la venta de billetes de Lotería, ambos vestían elegante frac y sombrero de copa, y bailaban música de chicheros que salía de los altoparlantes ambulantes del famoso “Tex” Ramírez |
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Mario Fulvio Espinosa mariofulvio.espinoza@laprensa.com.ni
“Hoy en día son muy comunes los millonarios, nacen de un día para otro y nadie sabe de dónde provienen sus grandes fortunas. Pero allá por los años cuarenta ser millonario era una novedad... Yo conocí a uno de esos afortunados... Quizás el más excéntrico...”.
Habla Manuel Eugarrios Velázquez, fiel cofrade de La Peña del Viejo Solitario, ese reducto amable donde un grupo de tercos “recordadores” nos reunimos, previa cita, para rememorar asuntos que aletean prisioneros en la extraña telaraña de la memoria, y que —según nosotros—vale la pena rescatar antes que sean devorados por la araña negra del olvido.
Hace rato que no llegamos a La Peña por diferentes razones, pero en esta ocasión Danae, nuestra bella anfitriona griega, dice que hay un sobrado quórum, están con nosotros, además de Manuel, Benito Torres, Salvador Espinoza, Ricardo Trejos, Alí Benito del Castillo, “El Viejo” Roberto Castro, Juan de Dios Arcia, Wilfredo López Balladares, Alberto Jarquín, Roberto Ortega, Bayardo Cuadra, Sancho y el que esto escribe.
Entre trago y trago de exquisito chocolate comenzamos a hablar de la Diosa Fortuna, a la que los pintores y escultores representan como una hermosa mujer espléndida en todos sus detalles, que lleva en uno de sus brazos el Cuerno de la Abundancia y con el otro reparte a manos llenas lo que hay en la cornucopia. El detalle que faltaba es que esta deidad lleva una venda en los ojos, de modo que jamás sabe a quién favorece con sus dádivas.
“Lo digo y lo repito —dice con su habitual tranquilidad Manuel—, yo conocí a ese millonario. El nombre se me escapa pero no por desmemoriado, sino porque la gente lo conocía más por su apodo que era Galifardo... ”.
Todos los contertulios guardamos respetuoso silencio. Eugarrios acomoda su lánguida humanidad en un vasto sillón de mimbre pintado en blanco, y con estudiada lentitud comienza...
EL GORDO, EL GORDITO
Para los años cuarenta ya existía “El Palacio de la Suerte”, cuyas ruinas aún pueden verse en la esquina noreste de la manzana que ocupa el Cine Margot. Era o es, un edificio que posee una fachada de arcos moriscos sobre los cuales campea un letrero que dice “Lotería Nacional de Beneficencia”.
Si ustedes entran ahora por esas arcadas, sólo encontrarán ruinas y desolación, pero a fines de 1940 allí había una sala con butacas donde se sentaba el público que domingo a domingo llegaba a presenciar los sorteos. Al fondo sobre una enorme pared estaba una pizarra grandísima, donde el apuntador iba escribiendo con tiza los números que iban saliendo de cuatro esferas, mientras de un globo mayor salían los premios asignados”.
La Lotería en ese tiempo era una cosa importante para los managuas, y los principales diarios, como La Noticia, La Prensa, Flecha y la Nueva Prensa asignaban el trabajo de relatar las peripecias de cada sorteo a periodistas experimentados como don Francisco Espinosa Rodríguez, Alberto Medina, Alejandro H. del Palacio y la niña Saturnina Guillén. La crónica del sorteo aparecía en los diarios los días lunes, y casi siempre hacían referencia al estado emocional de los asistentes cuando prematuramente o casi al final del sorteo aparecía la esferita que designaba al PREMIO MAYOR.
A finales de los años treinta el premio mayor era de 50 ó 60 mil córdobas y el vigésimo costaba veinte centavos. Sin embargo, ya entrando la década de los cuarenta, el premio mayor subió a 200 mil y hasta 300 mil córdobas.
Para promover publicitariamente los sorteos salían todos los martes del Palacio de la Suerte, dos grandes muñecos de cartón piedra a los que llamaban “El Gordo” y “El Gordito”, y que representaban al premio mayor y al segundo premio.
“El Gordo” era un muñeco de casi tres metros de alto, rostro rubicundo, sonriente y feliz. Era de pelo castaño y cara atomatada. Vestía de frac, usaba leontina y sombrero de copa, en la mano izquierda agitaba un gran bastón y en la derecha llevaba una gran bolsa de manta, supuestamente llena de monedas. El Gordito —el otro muñecón—, medía como dos metros, y salvo uno que otro detalle, era copia fiel del muñeco mayor, aunque el cabello era negro y ensortijado.
Para mover ambos almatrostes había que meterse por entre los pliegues descosido de los fondillos de los muñecos, tomar la armazón interior, cargarla y bailarla, al igual que se hace hoy con la famosa Gigantona.
Por un agujero disfrazado entre la hebilla de la faja, el animador del muñeco podía ver por donde iba, y más o manos el campo donde tenía que bailar el son de los “chicheros”, o de la música que le ponía don José Santos “Tex” Ramírez en los altoparlante de su camioneta, la estruendosa “Barata”.
Yo fui muy amigo del matacán que se metía dentro de “El Gordo”, era un chavalo como de 17 años llamado Asunción García. Era moto y se ganaba la vida a salto de mata. Tenía la maña de encajarse en la parte trasera de los coches para ir de polizón, pero en cierta ocasión un cochero le voló chilillazos con su látigo y con la punta del mismo le vació el ojo derecho.
Esa desgracia no amilanó a Asunción, y más bien lo animó a multiplicar sus métodos de pícaro trabajador. Se movilizaba por los mercados cargando bultos, haciendo mandados, rozando patios, cavando o arreglando tumbas en el cementerio.
El que se metía dentro de “El Gordito” se llamaba Hernán Acosta (alias “Cebo de Riel”), trabajaba como mesero en el restaurante “Nejapa” de Memo Cobarde, allá frente al Hospital Vélez Paiz, así que en la mañana podía hacer otros “volados” como bailar dentro del susodicho muñeco.
Como Asunción era descalzo y “Sebo de Riel” usaba zapatos tenis, resultaba un contraste ver bailar al elegante “Gordo”, enseñando sin rubor los pies sucios, y con los grandes dedotes que parecían jocotes guaturcos. De “El Gordito” se decía que pese a su elegancia y porte, no desmentía que, por los zapatos tenis y el modo “piqueteado” de bailar, era chivo degenerado de la “zona roja” de Managua.
El desfile de “El Gordo” y “El Gordito” era una alegre novedad para los chavalos vagos del barrio. En muchas ocasiones los acompañamos gritando, corriendo y bailando por las calles de Managua hasta que nos aburríamos y los dejábamos solos.
GALIFARDO, NO POR MILLONARIO DEJO DE SER PICHICATO
Para anunciar los sorteos había una canción —tipo son de toros—, que decía:
Mañana domingo se casa María celebra su fiesta con la Lotería Don Jeronimito no quiso comprar y ahora se queda oliendo el dedito. Mi vigesimito yo quiero comprar pa’ que no me pase la de don Combito.
No recuerdo bien si fue en el 42 o en el 43 que la Lotería se llevó la cerca rifando para Navidad la bicoca de 500 mil tayules, y más asombro causó en el 44 cuando llegó a la astronómica suma de 600 mil maracandacas. La cancioncita decía entonces...
El año pasado fue medio millón en esta ocasión son seiscientos mil comprar dos enteros como Luis y Tencho que ahora son ellos señores finqueros.
Para ese tiempo yo vivía en el barrio de Santo Domingo, en la casa de mi tío José Antonio Eugarrios, frente a los Laboratorios Pérez Cassar, en la octava avenida sureste. Casi al cruzar la calle estaba la Pensión Monimbó, cuyo dueño era un señor gordo, altísimo, con cara larga como una papaya, al que le decían “Galifardo”.
Se entraba a la pensión por un pasillo oscuro que daba a un corredor, donde habitualmente estaba “Galifardo” meciéndose en una hamaca y controlando personalmente a las parejas que entraban.
Me hice amigo de don “Gali” y en muchas ocasiones me dejó llevar la contabilidad y el cobro a la clientela.
Pero un domingo cambió toda esa vida. Don Galifardo constató que se había volado los 600 mil de la Lotería. Su cara de papaya empanizada emitió una rara sonrisa, no demostró alegría ni tampoco se puso a hacer el falso papel de generoso. Siguió siendo pichicato, vendió la pensión y nunca se supo qué jodido hizo con sus riales.
La gente no le dejó de decir “Galifardo”, pero con el elegante agregado de “El Millonario”.
Es que antes, ganar 600 mil yucas era como ganar hoy los mentados cinco millones que de vez en cuando rifa la tal Lotería, que —aquí entre nos— es como el cielo de los ilusos.
ELEGANCIA DE CHOMPIPE
El Gordo y El Gordito eran toda elegancia del ruedo del pantalón hacia arriba, pero por debajo de éste se miraban, en El Gordo, unos pies descalzos con dedos que eran del tamaño de jocotes guaturcos, y en El Gordito unos descosidos zapatos tenis, como los que usaban los “chivos” de la “Zona”. 
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