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DOMINGO 26 DE AGOSTO DEL 2001 / EDICION No. 22472 / ACTUALIZADA 11:00 pm

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Desde la cueva
Charlie y las estadísticas

Tito Rondón
tito.rondon@laprensa.com.ni

El otro día recordábamos a Eddie Gaedel, el enanito que jugó en un partido en Grandes Ligas. No es el único caso curioso en el mejor béisbol del mundo.

En 1911 Charlie Faust, un rústico campesino no muy brillante que digamos, tuvo un sueño que consideró profético. Vio que con él en el montículo los Gigantes de Nueva York se coronaban campeones mundiales.

Ni corto ni perezoso, empacó su maletita de mimbre y se marchó a Nueva York, y llegando extenuado y sin dinero al hotel donde se hospedaba el manager John McGraw preguntó por él.

“El Pequeño Napoleón” era supersticioso, y consideró que sería mala suerte despedir al muchacho. Lo invitó a quedarse por esa noche en el hotel, y a que fuera al día siguiente a la práctica.

Faust llegó puntualmente al Polo Grounds, hogar de los Gigantes, y McGraw le ordenó que fuera a tirar al bullpen. Faust, vestido de calle (aunque quitándose el saco) empezó a tirar.

Los jugadores se rieron de lo lindo, pues Faust a duras penas llegaba la pelota al home.

Fue invitado a ver el partido, que los Gigantes ganaron con facilidad, y Faust fue empezado a ser considerado como un amuleto de buena suerte. Se quedó.

Para hacer el cuento corto, pronto Nueva York empezó una formidable racha ganadora que los llevó al primer lugar. McGraw atribuyó parte del éxito a la presencia de Faust, que incluso empezó a acompañar al equipo en los viajes fuera de casa.

Al finalizar la temporada, los Gigantes habían ganado el campeonato de la Liga Nacional, y los dos últimos partidos eran de trámite.

Faust siempre insistía en que tenía que lanzar, pero como eso era un imposible, a los más bromistas entre los jugadores se les ocurrió regalarle un turno al bate en las postrimerías del penúltimo partido.

Claro que compartieron el chiste con los jugadores contrarios, y pronto los 18 peloteros se confabularon.

El lanzador se acercó al home y le lanzó a Charlie debajo del brazo, como uno hace con los niños, porque si no era imposible que le diera a la pelota.

Por fin conectó una rola a tercera, y los jugadores le gritaron a Charlie que corriera con toda la velocidad que pudiera hacia la primera base.

El antesalista fildeó fácil el débil batazo, pero para continuar la broma tiró mal a la inicial. Le gritaron a Charlie que siguiera para la intermedia, otra vez tiraron mal, y así hicieron que el pobre (pero feliz) bobo le diera la vuelta al cuadro.

Al día siguiente repitieron el chiste.

La anotación oficial no sabía qué hacer, si cargar todos los errores correspondientes y arruinar las estadísticas de fildeo de los involucrados, o ignorar a Charlie, o qué...

Por fin dieron con una solución. Le cargaron los dos partidos jugados y dos carreras anotadas, pero sin turnos al bate, y a nadie le cargaron errores.

Desde entonces, las estadísticas oficiales de Grandes Ligas no cuadran...  
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