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MIéRCOLES 22 DE AGOSTO DEL 2001 / EDICION No. 22468 / ACTUALIZADA 12:20 am

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La máquina roja

René Herrera Z.

Decía soledad loaeza que si Maurice Joly hubiera conocido a Rafael Segovia, seguramente lo habría invitado a terciar en el diálogo en el infierno que imaginó entre Maquiavelo y Montesquieu.

La última vez que conversé con el profesor Segovia, me preguntaba cómo iba la política nicaragüense. Como usted nos dijo tantas veces, le dije, queriendo que el cambio sea de la única manera como puede ser, a través de las instituciones, la negociación y los comportamientos civilizados. Nunca a través de la violencia. Todavía menos en una sociedad atravesada por los más diversos y contradictorios sentimientos y resentimientos de los últimos veinte años. Pero resulta difícil avanzar a la velocidad requerida. Hay muchas heridas y pocos residuos institucionales para cerrarlas.

Para ello, me dijo, no hay mejor camino que los partidos de escala nacional, bien articulados, capaces de una obra modernizadora que cambien el sentido de la política. Partidos que teniendo arraigo sepan manejar las continuidades y las rupturas del sistema político que se quiere construir.

Los nicaragüenses portamos una carga histórica de autoritarismo que hace más que difícil lenta la institucionalización, pero en diez años y particularmente en los últimos cinco, hemos logrado más reformas institucionales que en toda la historia moderna.

Adicionalmente, hemos logrado una modernización acelerada en materia de infraestructura y no porque fuese una simple cuestión de recursos y técnicas disponibles, sino porque los liberales entramos como oferentes políticos hasta los últimos rincones del nicaragüense remoto, quien nos señaló hacia donde debíamos ir. Con ellos, hombres y mujeres, sencillos y valientes, primero dimos vida a la esperanza y también con ellos reconstruimos el partido y luego pasamos a la contienda electoral. Y la ganamos como liberales.

Aprendimos primero a plantar los rieles en los caminos señalados y luego a hacer y mover la máquina. Una máquina roja que corre por entre todos los caminos rurales y urbanos. Sin estaciones de alianzas incomprensibles. Sin temblores a la hora de las crisis impulsadas por la realidad o por quienes sin la paciencia que la lealtad y la disciplina imponen, se convierten en agorero del desastre.

En cinco años se hicieron más escuelas, más centros de salud y más caminos, en la Nicaragua remota que en la ya remozada capital. Y todo a través de los hilos de la realidad nacional, que se fueron tejiendo previamente en la labor de construcción de un partido capaz de ligar las aspiraciones de la sociedad con el Estado.

En países de débil integración nacional, la política precede a la economía. Sólo con la construcción de un partido fuerte, organizado y con liderazgo nacional, puede aspirarse a competir para ganar. Y a partir de ahí avanzar, ganando el gobierno, en la modernidad que implique un país más justo, más fuerte y más estable. Ya hemos logrado un primer gran tramo de ese país deseado.

Pese al desgaste de avanzar con un pedazo del alma amarrada y jaloneada por los adversarios, que incluyen a nuestros errores, la historia vuelve a repetirse. Vamos a ganar las elecciones otra vez.

Vamos a ganarlas porque somos un partido que tiene una participación real y organizada de miles y miles de líderes en los más alejados rincones del país, que cumplen su obligación de articular un conjunto de demandas no siempre compatibles y que están dispuestos a buscar más el consenso de las mayorías, a la que ellos pertenecen, que a privilegiar la ruptura que promueven minorías sin credenciales o competidores nacionales que en su pasado frustraron a la nación.

* Secretario Nacional del PLC.  
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