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MIéRCOLES 22 DE AGOSTO DEL 2001 / EDICION No. 22468 / ACTUALIZADA 12:20 am

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Opinión Económica
Etica y confianza en la función bancaria

José Antonio Poveda Salvatierra*

En la gestión de las empresas financieras, el riesgo de violentar la libertad de las personas es un riesgo real porque las entidades financieras tienen poder y la tentación de usar torcidamente este poder, en perjuicio de toda la población. La vigilancia y control del aparato financiero es otra de las manifestaciones de la intermediación estatal a través de la cual se busca verificar el cumplimiento del conjunto de reglas organizacionales, económicas y prudenciales que se dispone con relación a las instituciones financieras, para asegurar la fluidez en el sistema de pagos, la estabilidad de las instituciones y que no pisoteen los derechos de los particulares.

Sin una supervisión adecuada es probable que los sistemas financieros entren en crisis generalizadas abarcando de forma devastadora las entidades bancarias e instituciones de intermediación no bancarias con altos costos para su política fiscal.

Por ello no se concibe una política de Liberación alejada de suficientes seguridades que requieren vigilancia de cumplimiento efectivo, a través de entes supervisores idóneos, eficientes y autónomos, para lograr el buen suceso del desarrollo de los mercados financieros. La liberación global según el banco mundial no puede tener éxito a menos que vaya acompañada de la Reestructuración de los Bancos y las Empresas insolventes, de normas adecuadas de disciplina y control y de una buena Supervisión.

Las empresas financieras son poderosas, con independencia de su tamaño, porque cada una en su propia esfera de actuación puede otorgar a las personas físicas y a las empresas en forma de crédito o de capital, los recursos financieros para el desarrollo de su proyecto de inversión y consumo. De esta manera, las empresas financieras, pueden decidir sobre el otorgamiento de los créditos, previo cumplimiento establecido en la Ley Bancaria, lo que es más importante, por el efecto multiplicador implícito, pueden decidir, si se pusieran de acuerdo qué empresas van a sobrevivir y expansionarse y cuáles van a verse condenadas al estancamiento y la desaparición, en cumplimiento de las normas prudenciales bancarias. Este poder, de análisis en principio, depende del empleo que las entidades financieras hagan de él. Pío XI las aludía cuando en Cuadragésimo Año, decía que su poderío llega a hacerse despótico como ningún otro, cuando, dueños absolutos del dinero gobiernan el crédito y los distribuyen a su gusto; diríase la sangre de la cual vive toda la economía, y de tal modo tienen en su mano, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad.

Pero las entidades financieras pueden usar de su poder no en forma despótica sino racial. Una manera, que desde luego es la habitual, consiste en otorgar el crédito no a capricho y al servicio de intereses concediendo a aquéllos que reúnen las condiciones para merecerlo. Pero a este respecto las entidades financieras pueden, y deben, hacer más en vez de estar al mero servicio de las decisiones autónomas de las empresas industriales y comerciales, para financiar los proyectos que los responsables de la economía real, las entidades financieras pueden esforzarse en evaluar los proyectos en sí mismos y apreciar las cualidades del proponente para llevarlos a cabo, e incluso, pueden elaborar otros proyectos alternativos más convenientes y apoyar su realización, pasando así a desempeñar un papel más activo que pasivo.

De esta forma, la empresa financiera puede utilizar su poder para discriminar en forma destructiva entre empresa, y, superando, sin olvidarlo, el criterio de las solvencias y capacidad de devolución de los presuntos acreditados, asignar el ahorro a proyectos más eficientes, al servicio de estrategias competitivas determinantes de un mayor crecimiento económico. Esta discriminación entre proyecto y empresario supone naturalmente, el abandono de otras inversiones menos eficientes y, tal vez, la desaparición de aquellas empresas que, faltas de creatividad innovadora, se conforman con actividades rutinarias en sectores innecesarios. Pero esta dinámica, basada en la selección racional de sectores y actividades, sería, sin duda, buena para el bien común y constituiría un buen uso del poder de las entidades financieras. Para que la actuación de las entidades financieras puede ser calificada como éticamente correcta, el único camino es que las personas que la constituyen y, en especial, sus dirigentes o gestores compartan y respeten los valores, y vivan todos los requisitos esenciales para poder ser Funcionario Bancario. Las preocupaciones sobre la ética empresarial, en general, y del mundo financiero, en particular, que en los últimos tiempos vienen ocupando la atención de amplios sectores responsables de la sociedad, no pueden saldarse con la elaboración de un Código de Comportamiento del sector o con la recomendación de que cada entidad elabore el suyo.

La razón de esta afirmación es que los Códigos de Conducta en la medida que son una recopilación de normas, más o menos casuistícas y, en gran parte, pueden conducir o existe el riesgo de que conduzcan en el mejor de los casos, a cumplimientos formales y, en los restantes, a la manera de soslayar estas normas, de forma que, en la práctica lo que se considera importante es, simplemente no ser atrapados en el incumplimiento. De aquí que un prontuario sobre lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer como solución a las preocupaciones éticas me parece una falsa ilusión. El problema del comportamiento ético no es tanto un problema de normas, como del hombre que se realiza o destruye a través de sus obras. Por lo tanto, los pasos contundentes a una mejora de la ética empresarial pasan por la formación moral del hombre, formación basada en la recuperación, o la afirmación de la conciencia moral a partir de los primeros principios de la ley natural y sus consecuencias. De aquí que la principal y casi única recomendación que cabe hacer es la de formar integralmente a las personas en todos los niveles de la empresa mediante la educación y sobre todo mediante el ejemplo.

Todo hombre que esté decidido a comportarse de forma conducente a ser persona y a valor como persona, con independencia de que con esta actuación llegue a tener más o menos cosas, sabrá perfectamente cómo ha de actuar en estos casos, aunque no exista en su empresa ningún código de comportamiento que lo diga. En cambio, en ausencia de esta conciencia moral, fruto de la cultura del ser, frente a la cultura del disfrutar por muchas normas de comportamiento que existan y por muchas sanciones que se establezcan para los incumplimientos, las normas saltarán hechas añicos cada vez que se presente la oportunidad de obtener, por medios torcidos, la satisfacción de los apetitos.

En términos generales el objetivo de la inspección y vigilancia puede definirse en función de la necesidad de proteger el ahorro de la comunidad, procurar la estabilidad del sistema de pagos de una economía, cuidar la integridad institucional y financiera de las instituciones bancarias para evitar su quiebra y contribuir a fortalecer la confianza del público en el sistema financiero. Para Goldsmidt el objetivo de la supervisión bancaria debería definirse como la reducción a un mínimo del costo total de la quiebra de los Bancos, más que como la prevención de su colapso o la protección a toda costa de sus depositantes.

* Vice Decano. Facultad de Derecho UNAN León.  
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