La lógica ilógica de Ramos con los embriones
 | Cuando la reflexión ética es descartada o tratada a la ligera, porque hay utilidades de por medio, el hombre y la humanidad abren las puertas a los abismos |
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Humberto Belli Pereira
El periodista Jorge Ramos escribió recientemente un artículo titulado “Clones, embriones y Supermán” (LA PRENSA 14/8/01), en el cual defiende la experimentación con los embriones humanos. Estos, como se sabe, son las células que surgen inmediatamente después de la concepción, y que constituyen la fase inicial, o más tierna, del nuevo feto implantado en el útero materno.
Aunque el mismo autor acepta, al menos, que desde el punto de vista de la bioética el tema de los embriones es “complicado,” es sorprendente la forma simplista con que lo trata y la lógica que utiliza. Según él, por ejemplo, “el problema ético de experimentar con embriones es que muchas personas —incluyendo al Papa Juan Pablo II, se oponen”. Pero ese no es el problema ético. El conflicto moral es que antes de experimentar con el embrión hay que resolver qué es él. Si se concluye que es un ser humano en gestación, destruirlo sería un homicidio. Pero si se piensa que es un mero conglomerado de células, al igual que un pedazo de tejido adiposo, destruirlo no tiene más trascendencia que cortarse las uñas. Que existan grupos en pro o en contra de las distintas posiciones es un dato periodístico, político quizás, pero no es el problema ético.
En el debate Ramos toma partido sobre la base de un razonamiento que se agota en una línea. “Aunque no le guste a la Iglesia Católica,” nos dice, “muchos científicos no creen que esas células embrionarias son una persona. Esas células, para ellos, son consideradas una “pre-persona” incapaz de sobrevivir sin la protección de un útero femenino”.
He subrayado las últimas palabras pues ellas expresan su argumento. Para Ramos el criterio para decidir si el embrión es, o no, persona, parece ser su viabilidad o capacidad de sobrevivencia autónoma. Si no puede sobrevivir sin la protección del útero no es persona sino tejido.
El problema con este criterio es que podría llevarnos a cuestionar no sólo la humanidad de los fetos de varios meses, sino incluso la de los niños pequeños. Un niño recién nacido no es viable sin el cuido estrecho y continuo de la madre o de un adulto que haga sus veces. ¿Disminuye en algo su humanidad, esta dependencia tan radical de la protección de otros? La misma pregunta podría hacerse en el caso de Supermán (Christopher Reeve), quien no puede vivir si lo desconectan del pulmón artificial portátil que porta en su silla de ruedas: ¿Es por eso Supermán menos humano que Jorge Ramos, quien es viable sin ayudas o protecciones especiales?
La forma de argumentar de Ramos refleja una propensión desafortunada entre algunos articulistas a saltar a conclusiones trascendentales apoyados en criterios de cristal. Uno esperaría más de los formadores de opinión. Pero existe una razón de fondo que explica la frivolidad lógica de quienes como él, ven con antipatía a quienes se oponen a la destrucción de embriones con fines experimentales. Esta es la mentalidad utilitaria que prevalece en la cultura moderna.
Lo que nos sirve o nos es útil, es ético. Usar experimentalmente a los embriones puede ayudar extraordinariamente a la cura de ciertas enfermedades, por tanto, debe justificarse. Numerosos reportajes internacionales sobre el tema de los embriones siguen la misma secuencia: comienzan especulando sobre las muchas curas que supuestamente podrían derivarse de la utilización de las células embrionarias, y, al final, señalan, no sin cierta maliciosa tristeza, que todas esas utopías están siendo frenadas por las objeciones de Juan Pablo II y sus seguidores. El énfasis machacón en los reportajes es en lo útil que sería utilizar los embriones. El debate moral es tratado usualmente en la forma ligera que acabamos de ilustrar.
¡Qué peligro! Cuando la reflexión ética es descartada o tratada a la ligera, porque hay utilidades de por medio, el hombre y la humanidad abren las puertas a los abismos. Esa fue precisamente la mentalidad de los nazis que los llevó a experimentar con prisioneros de guerra y con esas “no-personas” que eran los judíos.
Las víctimas del utilitarismo suelen ser los más débiles. Un adulto puede defenderse mejor de una agresión. Menos lo puede un niño y menos aún el feto de meses que patalea, indefenso, en el vientre de su madre. El embrión... ¿Quién se va a quejar si lo desmenuzamos? Pero es allí, precisamente, en la forma en que tratamos a quien no puede reaccionar, donde se manifiesta la nobleza o vileza moral de las personas y las civilizaciones. Cuando antes de actuar tratamos de discernir la naturaleza moral de lo que nos proponemos, sobre la base de ciertos principios, hay esperanza. Cuando lo hacemos sopesando únicamente los costos y los beneficios, lo que viene es negro.
* El autor es Presidente del Ave María College. 
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