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MARTES 21 DE AGOSTO DEL 2001 / EDICION No. 22467 / ACTUALIZADA 11:20 pm

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Niños mendigos

No hay una sola persona que habiendo transitado por las calles de Managua no haya presenciado el desgarrador espectáculo que significa ver a niños y niñas en harapos pidiendo limosnas en los semáforos. Muchos de ellos no alcanzan ni los seis años de edad, y a veces se les ve mendigando mientras cargan en sus brazos a algún hermanito o hermanita nacido tan sólo unos pocos meses antes. El panorama es patético. Algunos transeúntes se conmueven y les dan dinero. Otros pasan de largo sin inmutarse.

A inicios del presente gobierno, el entonces Ministerio de Acción Social (hoy convertido en Secretaría de Acción Social) dijo que trabajaría para resolver ese problema, dando a entender que en pocos meses ya no se verían más niños mendigos en las calles. Casi cinco años después, el problema persiste, y puede incluso haberse agravado.

Esta vez es el Ministerio de la Familia el ente gubernamental que está tomando cartas en el asunto. La semana pasada inició una campaña dirigida a los conductores de vehículos para persuadirlos a que se abstengan de darle dinero a esos niños. Delegados de ese ministerio repartieron unas papeletas en las cuales se especifican los perjuicios que se le causan a la niñez cada vez que se le da dinero. De acuerdo al Ministerio de la Familia, si se le da dinero a un niño “promovemos su explotación y permanencia en las calles; lo exponemos al peligro de ser accidentado por los vehículos; lo exponemos a tratos deshonestos y abusos sexuales; lo alejamos de la escuela que tanto necesita para un futuro mejor; permitimos que ellos asuman la responsabilidad que por obligación corresponde a sus madres y padres; y los condenamos a vivir en pobreza para toda la vida.”

No cabe duda que la mendicidad infantil es parte de un problema mayor: el de la pobreza generalizada. Es bien sabido que Nicaragua es uno de los países que tiene los más altos índices de pobreza en todo el hemisferio, y la mendicidad, es tan sólo una manifestación de esa situación. No obstante, también es cierto que algunos padres han encontrado que la forma más cómoda de resolver el problema del desempleo es obligando a sus pequeños hijos a pedir limosna, y eso hace que las criaturas sufran los perjuicios arriba citados.

El problema de la pobreza es complejo y difícil de resolver, pero no es a los niños a quienes les corresponde resolverlo. Los padres son los que en primer lugar tienen esa responsabilidad, y el Estado tiene la obligación de ayudarlos en casos extremos. Según personeros del Ministerio de la Familia, se ha logrado sacar de los semáforos a unos 422 infantes que han sido incorporados al sistema educativo formal o a los CDI (Centros de educación infantil). A los padres se les ha ayudado a encontrar trabajo, y en los casos en los que declaran no saber hacer nada se les facilita la adquisición de alguna habilidad a través del Inatec. Aún así, se ven todavía muchos niños dedicados a mendigar, y se continuarán viendo mientras haya personas que, conmovidas por la situación de miseria de los pequeños, les den dinero.

Nos parece que el programa iniciado por el Ministerio de la Familia, aunque duro en apariencia, va en la dirección correcta. Al no darle limosna a los niños mendigantes, los padres se verán obligados a buscar el sustento de ellos y de sus hijos, que es como debe ser. Sabemos que no es fácil encontrar empleo en Nicaragua, pero es totalmente inadmisible que los niños carguen con la responsabilidad de buscar su propio sustento. Su lugar es la escuela y no la calle. Los padres y el gobierno deben realizar todos los esfuerzos necesarios para que eso sea una realidad. Las personas de buen corazón que tienen la costumbre de darle limosna a los niños de los semáforos, pueden abocarse con los encargados del programa referido en el Ministerio de la Familia para informarse cómo pueden ayudar a esas criaturas de una manera constructiva que no perjudique su futuro.  
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