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LUNES 20 DE AGOSTO DEL 2001 / EDICION No. 22466 / ACTUALIZADA 1:30 am

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¡Ah, esos expertos!

Jorge Salaverry*

Cada vez que me entero de un “nuevo estudio” sobre la pobreza no puedo evitar una sensación combinada de enojo en el corazón y de malestar en el estómago. El viernes pasado me tocó vivir una de esas desagradables experiencias cuando, gracias a las maravillas de la tecnología moderna, presencié en Managua, vía satélite, la exposición que el Dr. Enrique Ganuza, Economista Jefe del PNUD para América Latina y el Caribe, hiciera desde la sede central del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), en Tegucigalpa, Honduras, en el marco de la “Conferencia Internacional Sobre Reducción de la Pobreza”.

Su exposición titulada “Determinantes de la Pobreza y la Desigualdad en Centroamérica”, se basó en una encuesta hecha a 380,000 familias. No dijo cuánto costó el “estudito” ese, pero es de suponerse que ha de haber costado una fortuna, como cuesta todo lo que hacen los sacrificados organismos internacionales que, como el PNUD, operan en nuestro país. No olvidemos que los “señores de la pobreza” —también conocidos como consultores internacionales— cobran caro sus doctos conocimientos y hallazgos, sin los cuales, aparentemente, no podríamos ver la pobreza que nos rodea.

Hubo que entrevistar a 380,000 familias para que nos enteráramos de que hay más pobreza en Nicaragua que en Costa Rica, o para saber que en términos de PIB per cápita sólo un 30 por ciento de todos los países del mundo son más pobres que Nicaragua, mientras que un 63 por ciento son más pobres que Costa Rica. (Es obvio que nuestros compatriotas desempleados no necesitan conocer los resultados de costosos estudios como el referido para darse cuenta de que en Costa Rica tienen mayores probabilidades de encontrar empleo que en Nicaragua, aunque para lograrlo tengan muchas veces que sufrir desaires y hasta malos tratos).

La sensación de malestar se me acentuó cuando el expositor llegó al momento de darnos a conocer sus conclusiones que —como era de esperarse— no fueron más que “conclusiones preliminares”. De inmediato recordé la forma en que suelen terminar los estudios de los iluminados expertos. Es rarísimo encontrarse uno solo que no termine expresando que el trabajo en cuestión es “una primera aproximación al problema”, y que por lo tanto se requiere “la conformación de un equipo multidisciplinario que, basado en los hallazgos de ese primer esfuerzo, profundice el análisis y la comprensión del problema...” La sempiterna falta de conclusiones definitivas es la manera inequívoca de asegurarse posteriores y jugosas consultorías para ellos y para algún amigo desempleado que de la noche a la mañana se convierte en un “experto” más del exclusivo club internacional de los “señores de la pobreza”.

¿Y cuál fue una de las “conclusiones preliminares” a las que llegó el Dr. Ganuza? Pues que “la principal causa de la pobreza en Centroamérica es la baja productividad del trabajo”. ¡Qué tal! Después de entrevistar a 380,000 familias, el destacado economista llegó a una conclusión tan evidente que bastaba con que leyera cualquier texto básico de economía del desarrollo para darse cuenta de que la baja productividad del empleo es causa de los bajos salarios, y por consiguiente, de la pobreza. (Sin embargo, en una oportunidad leí en una publicación del PNUD el siguiente disparate: “El desempleo, el subempleo, el trabajo mal remunerado y las dificultades empresariales constituyen la principal causa de la pobreza”).

En ningún momento el economista dijo que el primer determinante del aumento de la productividad de los trabajadores está en función de la disponibilidad que ellos tengan de maquinaria y equipo. (Es más productiva una persona cortando una hectárea de hierba con una máquina podadora que otra que lo haga con unas tijeras, independientemente, incluso, de que el primero tenga un nivel de educación marcadamente inferior al segundo).

Y para dotar de “máquinas” a nuestros trabajadores, ya sean ellas camiones, computadoras, tractores, palas mecánicas, teléfonos celulares, microscopios, o cualquier otro instrumento tecnológico que posibilite el aumento de su productividad, se necesita que haya inversiones, o sea, que haya gente dispuesta a meter sus reales en Nicaragua. Pero para que haya tal disposición se requiere, en primer lugar, que haya un clima de negocios atractivos para los inversionistas.

Ayer empezó oficialmente la campaña electoral. No olvidemos que dependiendo del Presidente de la República que elijamos dentro de dos meses y medio es que habrá o no inversiones en Nicaragua, y que de eso dependerá que nuestros trabajadores puedan ser más productivos, o sea, menos pobres, o que continúen hundidos en la lacerante pobreza que hoy los abruma.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la UTM.
jorgesal@cablenet.com.ni  
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