Editorial
La exhortación electoral de los obispos
Sin dudas que la “Exhortación de los obispos de Nicaragua en ocasión de las elecciones generales del 2001”, que dieron a conocer la semana pasada en vísperas del comienzo oficial de la campaña electoral, es un documento de mucha significación política, pedagógica y ética, y no sólo para los creyentes católicos sino para todos los nicaragüenses.
Por una parte, la exhortación de los obispos tiene un profundo contenido doctrinario sobre la política como medio para procurar el bien social y servir al prójimo; sobre la democracia, que a pesar de sus deficiencias es el mejor sistema de gobierno y de vida en libertad; sobre las elecciones, como medio eficaz de participación ciudadana y fuente de legitimidad del poder público; sobre la idoneidad de los candidatos para ser merecedores del voto popular; y sobre el perdón y la reconciliación, que se deben fundar en la justicia y en la voluntad de rectificación y reparación de los daños causados a las personas y la sociedad.
Pero, además, el documento de los obispos constituye una base de estrategia electoral, orientada a promover que todos los católicos vayan a votar en los próximos comicios, y que voten con conciencia y con sentido de coherencia e integridad. En realidad, es obvio que el propósito fundamental de los obispos es disuadir el abstencionismo, motivar al ejercicio del voto no sólo porque el sufragio es el mejor y más idóneo instrumento de participación popular y realización ciudadana, sino también porque entre menos personas se abstengan de votar, más seguridad habrá de que salgan electos los mejores candidatos, o los menos peores, cual es la verdadera y triste realidad de Nicaragua.
Incluso los obispos señalan que para los católicos “la opción abstencionista es condenable éticamente”. Sin embargo, en términos de derecho político votar o no votar es una decisión legítima y viable que cada persona debe tomar de acuerdo con su conciencia y en condiciones de libertad. Además, de acuerdo con la Ley Electoral lo que está prohibido es “difundir propaganda que signifique un llamado a la abstención” (artículo 87), así como “sobornar, amenazar, forzar o ejercer violencia sobre alguien para obligarlo a abstenerse de votar (artículo 174).
Los tres partidos políticos que participan en estas elecciones, inclusive el FSLN, declararon estar de acuerdo con la exhortación de los obispos. Sin embargo, los medios de comunicación prosandinistas criticaron fuertemente la posición de los obispos y los acusaron de usar un “estilo sibilino” para identificarse indirectamente con el PLC.
Pero la exhortación de los obispos puede interpretarse de distintas maneras. En todo caso, los sandinistas no podían esperar de la Iglesia Católica de Nicaragua una posición favorable y ni siquiera condescendiente hacia ellos, después de los ultrajes de que hicieron víctimas a numerosos religiosos cuando gobernó el FSLN, incluyendo al papa Juan Pablo II, que fue públicamente ofendido cuando visitó por primera vez Nicaragua, en los primeros días de marzo de 1983. Y mucho menos si los principales candidatos sandinistas son los mismos que gobernaron durante “la noche oscura”, como llamó Juan Pablo II, o sea oficialmente la Iglesia Católica, al período del régimen sandinista.
Ahora bien: ¿Habría sido distinta la actitud de la Iglesia Católica si los candidatos del FSLN a la presidencia de la República y primeros lugares para diputados no fueran personajes tan “quemados” como Daniel Ortega, Tomás Borge y demás?
Quién sabe. Pero es posible que el FSLN tenga que pagar caro por negarse a reconocer todos sus excesos del pasado, y por no haber querido escoger a sus candidatos entre personas nuevas o por lo menos que no estuvieran tan desacreditadas ante el amplio sector no sandinista de la sociedad nicaragüense, tal como lo propusieron destacadas personalidades del mismo sandinismo, entre otros Alejandro Martínez Cuenca, Víctor Hugo Tinoco, Mónica Baltodano y Vilma Núñez.
A lo mejor el empecinamiento del FSLN en imponer a toda costa la candidatura presidencial de Daniel Ortega en estos comicios tendrá para todos los sandinistas las mismas consecuencias catastróficas que tuvo en las elecciones de 1990 el no haber querido comprometerse a abolir el servicio militar obligatorio. O sea, sufrir una aparatosa derrota en las urnas electorales. 
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