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DOMINGO 19 DE AGOSTO DEL 2001 / EDICION No. 22465 / ACTUALIZADA 1:30 am

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Réquiem para una ciudad de palacios

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Uno de los salones del palacio del ex dictador del Congo está repleto de basura. Años atrás este local era testigo de fastuosas celebraciones de una época de opulencia que rememora despilfarros en medio de una pobreza creciente.

 

Tim Sullivan (AP)

GBADOLITE, CONGO.- Al igual que su fundador, un dictador congoleño derrocado, esta ciudad de palacios en medio de la selva ha muerto.

Ya no hay más cenas fastuosas regadas con champaña ni comensales millonarios de dudosa procedencia. Los muebles de falso estilo Luis XIV han sido saqueados. El dictador, que transformó su aldea natal en un monumento al mal gusto y el despilfarro, está enterrado en Marruecos.

Las escenas pintadas a mano de bosques tropicales africanos, minuciosamente trazadas en los muros externos de un palacio de estilo chino, compiten actualmente con la realidad: la selva que poco a poco se está tragando Gbadolite.

Pero en esta otrora aldea insignificante perdida en el remoto norte del Congo, nadie olvida al hombre que le dio vida: el Fdador, el Guía, el Padre de la Patria, el ex presidente Mobutu Sese Seko Kuku Ngbendu wa za Banga.

En Gbadolite, en contraste con casi todo el país, Mobutu es un héroe.

“Cuando Mobutu estaba aquí, todos eran ricos”, afirmó Zanza Ngubanda, deteniendo su bicicleta de un verde deslumbrante frente al portal del palacio principal del gobernante fallecido. “Nos trajo empleos. Nos trajo dinero. Nos trajo electricidad”.

Todo eso terminó abruptamente el 17 de mayo de 1997, cuando Mobutu fue desplazado del poder por un ejército rebelde encabezado por Laurent Kabila. Acosado por un cáncer de próstata, Mobutu huyó de Gbadolite en un avión de carga de mercenarios, mientras la guardia presidencial, que hasta entonces le había profesado lealtad, le disparaba desde tierra. El ex gobernante murió en Marruecos cuatro meses después.

A partir de la década de los 70, Mobutu había convertido Gbadolite, su aldea natal, en un ejemplo de lo que puede comprar una flagrante corrupción.

Construyó un enorme palacio, y cuando le pareció demasiado grande hizo construir otro algo menor. En los años 90 empezó a construir su tercera mansión en Gbadolite, el ornado palacio chino con un laberinto de fuentes, elaboradas tallas asiáticas y vistas panorámicas de la selva.

Paulatinamente, lo que había sido una aldea de 1,500 habitantes que vivían en chozas de barro se convirtió en una ciudad de 35,000 pobladores, con vuelos regulares a Kinshasa, la capital, a 1,125 kilómetros al sur. La avenida principal —llamada por supuesto, el boulevard Mobutu Sese Seko— desbordaba de bancos, hoteles y edificios de oficinas.

Era un ambiente con la efervescencia de Las Vegas, una ciudad con incrustaciones de mármol, millares de espejos y flotillas de Mercedes negros. El Concorde era contratado para que la familia del líder hiciera viajes de compras, y desde Europa se traían orquestas sinfónicas.

Pero la selva seguía siempre amenazante a pocos metros de distancia, con su avance contenido por un batallón de trabajadores de mantenimiento.


TRISTES RECUERDOS

En estos días la opulencia es un vestigio del pasado. La ciudad fue saqueada por los rebeldes en 1997 y luego por los soldados en 1998. Los palacios están vacíos, con la excepción de unas pocas estatuas de leopardos demasiado pesadas como para llevárselas, y candelabros a demasiada altura como para bajarlos. Las turbas desgarraron el empapelado de seda, arrancaron los azulejos de mármol de los pisos y derribaron las puertas en busca de todo tesoro que pudieran llevarse.

La selva avanza implacable. Brotes de vegetación se asoman por entre las grietas del mármol y el granito. Crecen las viñas en los pisos que solían transitar presidentes y reyes. Las delicadas fuentes están cubiertas por espesas capas de algas.

Los residentes de Gbadolite vivían del despilfarro de Mobutu y le siguen profesando su lealtad.

Cuatro años después que huyó, los efectos de su calamitosa dictadura de 32 años se sienten por todo el extenso territorio del país.

Fuera de las ciudades más grandes, e incluso en ellas, muchos caminos son intransitables, la electricidad es un lujo y, prácticamente, no existe una atención médica decente.  
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