Blanco y Negro
Ejércitos con rifles de palo
Eduardo Enriquez eduardo.enriquez@laprensa.com.ni
Si no fuera porque esto podría acabar en muertes, la tensión entre Honduras y Nicaragua —y ahora hasta El Salvador— debería causar risa. En las últimas semanas hemos sido testigos de patrullajes, maniobras militares, supuestas incursiones y espías que van, vienen y son expulsados.
¿Cuál es el problema? A primera vista es el siguiente: A Honduras se le ocurrió ratificar hace ya un par de años, un tal Tratado Ramírez–López con Colombia. En él, los colombianos se quedaban con una gran parte de nuestro mar territorial mientras los catrachos aprovechaban y, según ellos, resolvían una prolongada disputa sobre el límite marítimo entre Nicaragua y Honduras. Ellos dicen que es el paralelo 15, nosotros, que llegamos hasta el 17. Pero ese problema está resolviéndose en La Haya, donde debe ser.
Entonces, ¿por qué las bravuconadas? Debo suponer que será para mantener ocupados a los militares. Después que desapareció el gigantesco Ejército Popular Sandinista, los militares catrachos se quedaron sin nada qué hacer. Igual aquí. Sin la Contra, los militares nicas se tienen que entretener jugando al gato y al ratón con criminales como José Luis Marenco.
Pero la verdad, nada más absurdo en estos días que estar hablando de tensiones fronterizas. Mientras los países de la Unión Europea tienen rato de haber borrado sus puestos fronterizos y en unos meses la mayoría hasta adoptará una moneda común, aquí estams hablando de defender la soberanía.
“Soberanía”, un concepto que, igual que “Patria” y “Nacionalismo”, se convierte en una palabreja hueca cuando se pronuncia en países como los nuestros, donde la gente está subsistiendo con mangos y guineos.
Así que de “estallar las acciones bélicas” los tanques nicaragüenses se quedarían sin combustible a las puertas de Tegucigalpa. O los aviones catrachos se quedarían en tie-rra por falta de mantenimiento.
Eso no es secreto militar. Aquí en Managua la Policía no puede siquiera ir a poner a raya a las pandillas en los barrios porque no tiene gasolina. Y en Tegucigalpa los pandilleros andan también haciendo de las suyas, a tal punto que hasta el mismo Ejército ha tenido que salir a patrullar. Entonces, los militares catrachos van a tener que tomar una decisión: o controlan a sus pandilleros en la capital o invaden Nicaragua. Una de dos.
Así que en lugar de estar haciendo las de matón de barrio que se quita la camisa y vocifera para demostrar su hombría, los militares deberían quedarse en sus cuarteles y dejar que las cosas se resuelvan de manera civilizada.
Dar la oportunidad a una idea del presidente Arnoldo Alemán que probablemente sea la más genial de su presidencia –o quizás la única–. Con una visión de estadista, inusual en él, nuestro Presidente propuso que las aguas territoriales de los países centroamericanos en el Mar Caribe se constituyeran en un “Mare Nostrum” que pudieran aprovechar —y a la vez patrullar— todos los centroamericanos.
Esa propuesta fue ignorada. Más bien lo que tenemos son fintas de los militares, amenazando con irse a las manos y realizando “maniobras” para tratar de preservar esa tal “soberanía” sobre cuerpos de agua que ninguno de los dos países, individualmente, tiene capacidad de patrullar ni aprovechar, y que más bien se han convertido en una vía libre para el narcotráfico internacional.
Es hora de que los centroamericanos nos preguntemos: ¿para qué nos sirven los ejércitos que tenemos?
No pueden garantizar la soberanía, violada por los narcotraficantes; en tierra no tienen enemigos, a menos que sean nuestros propios vecinos; y ¿qué “potencia” está interesada en invadirnos? Y si hubiera alguna, ¿podrían estos ejércitos detenerla?
Seamos francos, los ejércitos son un lujo que los países pobres no nos podemos dar. Esta situación lo está dejando muy claro.
* El autor es periodista. 
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