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Las sonrisas y desvíos de Eulalia
Julián E. González Suárez
Me imagino tus risas y desvíos de Eulalia cuando escribes las cartas que me envías. Espero que cuando esta última carta llegue a tus manos, te haya pasado la crisis de nervios que se te presentó mientras esperabas la comunicación en el Sierra Maestra.
Aprovecho el viaje de Martha para enviarte el dinero que me solicitas. No es mucho. Ni cubre los gastos que se te presentan, pero de algo te servirá. Sé que estar desamparado y solo en un país “extraño y triste” como me lo dices en tu última carta, es una situación que tironea los hilos del sueño y la imaginación.
De tu enfermedad no te digo nada. Absolutamente nada. Estoy consciente que tu estadía en La Habana la has aprovechado al máximo. Además, creo que no desaprovechas ninguna oportunidad para encontrarle solución a tu problema de salud. Y esto es digno de mérito. Lo comprendo, “la única que siente” los “malestares” sos vos.
Es por eso que no me molesta que en una esquina suscribimos un acuerdo y después, cuando doy la vuelta, lo deshagas y lo olvides, y maquines tus propias determinaciones. Me doy cuenta que sólo vos tenés la razón. Y que, además, lo haces con una sinceridad a prueba de toda sospecha.
Por lo demás, estoy consciente de la preocupación del Director del Betancourt por no ordenar tu regreso. Es digno de un hombre que se preocupa y desvive por el desenlace de tu aneurisma. Y aunque él no se mantiene todo el tiempo en el Hospital (como vos quisieras) ni te comuniquen los mensajes de Santi ni acepta pasarte llamadas por teléfono cuando, desde aquí, cometemos la imprudencia de llamarte, la verdad es que el hombre (el Director) está al tanto de lo que te sucede. Y si no ha conseguido que te asignen una cama, para que te practiquen el examen, es porque se le ha hecho imposible, compréndelo.
Es por eso que me tortura el recuerdo de haberte dicho que me lo presentaras para conversar con él (el Director) acerca de tu problema cuando estábamos bajo el alero del campanario de Quinta Avenida. Qué torpe me porté con vos al demandarte una entrevista con él. Pero como en tu corazón de mujer no anida el rencor, sabrás perdonarme como siempre lo has hecho, y que esta necedad mía la echarás en el traste del olvido.
Debo confesarte, sin embargo, que en esos días me encontraba ofuscado y esto no me permitió medir el cariño, la estima y el buen concepto que de tu persona tiene el Director del Hospital. El hecho de que le hayas rogado que te ordenara el alta y te haya negado semejante favor, no muestra más que la magnitud de su cariño y su temor porque regreses a Nicaragua sin haberte realizado el examen. Pero además, tienes que agradecerle el favor que te hace al oponerse a la decisión de los médicos del Neurológico.
Por eso no me extraña, en tu última carta me dices; “no llegaré todavía”, que en la carta de hace diez días me confirmes de tu llegada con la certeza y seguridad de un plazo inapelable, pero ya ves lo que es la tuerce. “el Director del Hospital me dijo que no regresara todavía sin haberme hecho el examen”. Qué le vamos a hacer: si él te dice que no regreses es porque tiene la esperanza de que tu problema se resolverá en cualquier momento, y que de no resolverse podrías regresar el próximo año a medianos de marzo. En realidad, ante las adversidades, hay que ser optimista.
Es cierto que yo vivo desesperado por volverte a ver de nuevo, pero esto es como una gota de agua caída en la inmensidad del océano si la comparo con la decisión del Director del Hospital: “no regreses a tu país sin haberte realizado el examen, para eso has venido, ¿no?”.
Demasiadas prolongaciones registra el tiempo y las decisiones de sus resultados distintas versiones, pero hay que tener paciencia de buey y el cuarto menguante en la cabeza frente a toda adversidad: “amor, no me han dado la cama, qué decís”; “amor, cuando me vieron con las crisis, se apresuraron a darme la cama”; “amor, fui a ver lo de la cama, y nada, si no lo hacen este miércoles, ya no me lo voy hacer”; “amor, el miércoles es el último plazo”, “amor, el Director del Hospital no me dio de alta, dice que no me vaya hasta que me lo haga”...
Pero como te digo, en mí previve aún el desastre de la paciencia, y todavía sobreviven los recuerdos de los bellos días. Estoy aquí, en la insegura noche de mi existencia, pretendiendo escribir un testamento que no me atrevo a concluir, y me asalta la maldita duda si vos querés escribir o dictar, o quizás ya lo dictaste con los signos del rencor.
Ahora ya no me sorprende nada. Sé que los cimientos que me sostenían estaban carcomidos desde siempre, qué iluso he sido. Pero aún en los escombros de esos cimientos encuentro las huellas de aquellos pasos por donde inicié el camino, pero ahora los veo lejanos, escabrosos y bordados de perversas lianas.
Pero iniciaré de nuevo mi camino. Ya no morderé contigo las migajas de los días desgraciados. Demoleré mi orgullo para no volver a comer en el plato los mismos frijoles, sin embargo estaré en el umbral de la puerta para volverte aquella tarde en que subiste las gradas vestida de amarillo con tus ojos perdidos en la esperanza. Estaré ahí, de pie, junto al poste con luz, bajo la tenue luz amarillenta de la sucia bujía, con el rostro lívido y el cuerpo desmirriado, cargado de valor con la hoja relumbrante temblando entre mis manos desafiando tus arteras máquinas fatales para que no vuelvas a reírte como Eulalia. |
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