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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 18 DE AGOSTO DE 2001
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Alvaro Urtecho, metafísico y existencial

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Ariel Montoya*

Aunque en lo personal considera no tener una temática poética definida, la obra literaria de Álvaro Urtecho, poeta de la Generación del 70, filósofo, y una de las figuras más destacadas en el quehacer cultural nicaragüense, escribe con una disponibilidad recurrente sobre el amor, la soledad, las grandes simplezas de la vida cotidiana y la muerte como constante en el debatir del hombre. Sus experiencias literarias y filosóficas, su propia y crítica visión de la política cultural son algunos de los temas abordados en esta entrevista.

Recientemente publicó su poesía reunida bajo el título “Tumba y residencia”. Ahí reúne poemarios en la que existen temáticas múltiples; desde la introspección filosófica hasta el poema amoroso. ¿Cuál de estas temáticas es la que más sobresale en tu poesía?.

No tengo una temática definida, determinada o predeterminada. Generalmente cuando escribo no me impongo una temática concreta, aunque claro está se va perfilando a lo largo del poema. Pero no soy poeta “de temática”. Simplemente me vienen ideas, y los latidos rítmicos que acompañan a éstas.

Hay autores tan desconfiados del concepto temática que afirman que el tema de la creación poética es el lenguaje… Yo no llego tan lejos, pero rehuyo supeditar el misterio de la poesía al tema. La prueba de esta condición milagrosa de la poesía es que a veces uno se propone escribir sobre un tema determinado, pero el trabajo mismo con el lenguaje (que es lo esencial en la hermenéutica poética) lo lleva a otro que ni siquiera se imaginaba.

Por eso cuando me preguntabas sobre las temáticas de mi poesía y cuál es la que más sobresale, te diré que mi poesía, fundamentalmente es lírica, aunque con incursiones en la épica individual y social, te diré que todas están imbricadas en un sentido orgánico. Es decir, que soy metafísico, pero también existencial, pero a la vez sensual o sensualista, cerebral, pero a la vez erótico, clásico y a la vez barroco y surreal.

En una tradición poética como la nicaragüense y centroamericana, marcada fuertemente por la realidad política y por el lenguaje exteriorista o coloquial, ¿Te sientes extraño, al margen o escondido o en contra de la historia?.

No cabe duda que la poesía en Nicaragua, a partir de la Generación de los 60 (soy de los que piensan que la de los 70, a la cual pertenezco por edad, es una prolongación de la misma o es la misma, por tener los mismos problemas y haber experimentado juntos el impacto del fenómeno urbano con todos lo cambios revolucionarios en cuanto a costumbres, música y rebelión juvenil y actitudes políticas radicales), se expresa fundamentalmente a través de un discurso eminentemente referencial y testimonial.

Una poesía de connotaciones políticas inmediatas. En realidad, y en parte también por mi larga estancia en España, en donde tuve la oportunidad de conocer la poesía española de la posguerra, así como la poesía inglesa de vertiente meditativa y los simbolistas y pos-simbolistas franceses e italianos, me he sentido un poco extraño frente a todo ese lenguaje exteriorista que recogía el habla de la calle, las impurezas de lo cotidiano y la urgencia de cantar una transformación social revolucionaria.

Me sentía algo así como aislado, también culpabilizado, pues mis inquietudes poéticas se orientaban fundamentalmente a exaltar, y revelar la angustia, la soledad y los estados anímicos de una personalidad escindida y abrumada por el escepticismo político. Escepticismo casi ontológico por el que nunca acepté, pese a la belleza romántica de la insurrección sandinista que tocaba sentimentalmente mi corazón y mi sensibilidad social, el hecho de la Revolución como una verdad universal impuesta, como un dogma al calor de fanfarrias y marchas militares o al de la música folclórica convertida en protesta. No tengo nada contra lo telúrico, todo lo contrario, pero siempre tuve miedo de las imposturas y mistificaciones que se esconden detrás de ello, sobre todo en la época traumática de las revoluciones donde los pequeños dioses se posesionan no sólo del poder sino hasta de los sueños de los ciudadanos comunes y corrientes… Al final, las revoluciones, después de la escandalosa luna de miel con la diosa utopía, terminan devorando a sus propios hijos.

Quiero decirte que, pese a que colaboré en medios de comunicación sandinista orientados a la actividad cultural, nunca me sentí totalmente identificado con el sandinismo como tal, entre otras cosas por la insinceridad generalizada que veía a mi lado. Por todas partes surgían gente que se ponían la etiqueta de “revolucionario” adoptando actitudes oportunistas, malévolas, la intriga y la mentira florecieron como nunca en este país… No voy a negar lo bueno que hicieron los sandinistas como la apertura de relaciones internacionales, el impulso de la interacción social entre todas las clases, una conciencia generalizada de lo que era una nación, antes inexistente.

Sin embargo, puedo asegurar que en la llamada “década perdida” de los 80 no se practicó, en el campo de la cultura, que es el que nos interesa, aquí, un estalinismo, es decir, una persecución ideológica represiva y policial como en la URSS o en Cuba se practicó algo así como un clientelismo… Los intelectuales (escritores, poetas, artistas, filósofos, pedagogos, diplomáticos, etc.) que figuraban en todo sentido eran los que he llamado como “adscritos al Poder”, es decir, intelectuales situados muy cómodamente en los aparatos del Estado, que casi no se dedicaban a su obra por querer ser vistos como estadistas o hombres de la Revolución… La gran mayoría de los intelectuales del país prefirieron la austeridad y las dificultades económicas del solar natal a las vicisitudes de un incierto exilio, haciendo sus críticas en privado y en público, pero sin llegar a la negación total del sistema.

Unos, que ahora se autollaman demócratas y reniegan en público de su sandinismo, exaltaron hasta más no poder la desgastada mitología e iconografía sandinista, no sólo adulando a los comandantes y a las “gestiones revolucionarias”, sino desprestigiando y calumniando a sus colegas, calificándolos de “reaccionarios” o de “estar en contra de la historia” (eufemismo que ha servido para calificar a todo el que esté en contra de una visión mesiánica y triunfalista de la Historia)… Esta élite de intelectuales acríticamente adscritos al poder, cuyos nombres no voy a mencionar aquí, eran los que representaban la cultura nicaragüense en el exterior, individuos que de manera egoísta y cínica utilizaron a la revolución como una plataforma de lanzamiento personal, eran lo que figuraban en antologías que ellos mismos preparaban para publicar en el extranjero, incapaces de mencionar los nombres de otros compañeros valiosos, pero como no estaban cerca de la nomenclatura, no había que mencionar…



¿Te preguntaba por el sentir de tu poesía, ya que meses atrás el poeta y ahora académico de la lengua, Julio Valle-Castillo, afirmaba que el filósofo que había en ti, interfería en tu poesía, como si esto fuese algo malo, afirmando también que tu debilidad, es la influencia de Carlos Martínez Rivas. ¿Qué piensas al respecto?

Bueno, es la opinión de Julio Valle, que por supuesto respeto, teniendo en cuenta que la creación literaria es reino de subjetividad y no puede haber una valoración universalmente objetiva como en las matemáticas o en las ciencias empíricas.

Pero esa visión que juzgo equivocada de Julio nos remite precisamente a la segunda pregunta que me hiciste y que te contesté claramente: no existe poesía filosófica en estricto sentido, sino una coincidencia entre ambas visiones, entre ambos conocimientos, porque para mí la poesía es una experiencia tan cognoscitiva como la filosofía, y el que niegue esto está negando la presencia del ser en los actos estéticos.

Estoy absolutamente convencido que en toda literatura y más aún en la poesía, que es síntesis del lenguaje y búsqueda de lo inefable, hay una ontología, hay una experiencia ontológica, y es en esto en que nos separamos Julio y yo.

Provengo de una formación más filosófica, aunque no soy ciego ni sordo ante las diversas expresiones y formas del lenguaje. En este sentido, él le da preferencia al hecho, desarrollo y evolución del lenguaje. Para él la poesía es fundamentalmente acumulación y explosión de lenguaje, y concretamente la lengua hablada y viva de la nación nicaragüense, lógicamente que mi poesía, centrada en la búsqueda esencial del ser en el mundo, y elaborada en un lenguaje culto que prescinde de la novedad experimental y lingüística, no puede ser destacada ni exaltada en la supuesta visión panorámica de la poesía nicaragüense a que te refieres.

Sé incluso que me considera preciosista, y no digamos prevanguardista sino premodernista… Por supuesto que estas cosas a mí no me preocupan en lo más mínimo, tratándose de un hombre que sigue utilizando a estas alturas los esquemas de la visión provinciana de la literatura nicaragüense. Un hombre que sigue estos esquemas historicistas, cimentados por el establishment oficial cultural con el cual él se ha identificado siempre, no puede entender la modernidad y postmodernidad crítica de un poema como “Cantata estupefacta”, poema que con elementos filosóficos, fenomenológicos y ontológicos, va más allá de la filosofía misma… En cuanto a lo de la influencia de Carlos Martínez Rivas voy a ser breve y preciso: es una manera de minimizarme como poeta. Reconozco que la precisión verbal, la economía de medios expresivos es la gran enseñanza que he recibido de Martínez Rivas, de quien fui su amigo y con quien compartí un sinnúmero de lecturas. ¿Por qué va a ser debilidad eso? ¿Que acaso fue debilidad en Dante el haber tomado la terza rima de Cavalcanti? ¿Qué Cernuda o Jaime Gil de Biedma perdieron algo por haber imitado o recordado el estilo de Wordsworth o de Browning?

La lista sería interminable. Lo que hace que un poeta sea, lo que hace que un poeta exista, es decir, tenga voz personal e identidad no son solamente los giros sintácticos o entonaciones rítmicas, sino el vuelo del espíritu encarnado en determinado estado de la temporalidad, la exposición de la persona al desnudo mostrando su verdad, su pensamiento, su corazón… Sin esto no hay sentimiento, no hay sensibilidad, no hay descubrimiento de la Otredad (que nada tiene que ver con experimentaciones “vanguardistas”), no hay visión del devenir, no hay poesía…

* Poeta y periodista nicaragüense, director de Decenio.

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