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Angel González: ‘La poesía siempre es una exageración’
Sol Alameda
Un hombre se acerca a la cafetería donde hablamos. ¿Qué hago con el paquete, don Ángel? Súbelo a casa. Gracias. “Es mi portero y mi secretario, una gran persona”. Luego un camarero le trae una cartera que se ha dejado en alguna parte. Don Ángel, tal y tal..., dice con familiaridad otro que debe ser un vecino.
“Aquí llevo una vida completamente disparatada, pero completamente disparatada”, se queja. “En cambio, allí (en Alburquerque, Nuevo México, donde fue profesor de literatura española en la universidad, y donde tiene fijada su residencia) mi vida es completamente ordenada, tranquila, apacible. Me sigo acostando muy tarde, pero dentro de mi casa. Porque cuando estoy aquí me acuesto tarde, pero porque estoy fuera”.
Frente a su casa de Madrid, y la cafetería donde desayuna, toma café y se cita con la gente, se levanta la única estatua ecuestre que queda de Franco, frente a los Nuevos Ministerios. No hace alusión alguna. Él escribió muchos poemas donde contaba la tristeza de aquellos años del franquismo, pero siempre buscó un motivo para la esperanza; seguramente no podría vivir sin ella. La asfixia sólo le resultó insoportable en 1973, cuando pensó que el régimen sobreviviría al dictador y tomó las del Villadiego.
Dice que Madrid siempre es un ajetreo, que nunca puede escribir una línea ni leer un libro; que en cambio sí lo hace en la ciudad americana: allí es donde nacen sus poemas. Parece que le gusta esa manera de vivir, de un lado al otro del Atlántico, cada año yendo y viniendo; disfrutando de los amigos en un lugar; escribiendo en el otro. En cambio, se le ve muy a gusto en la cafetería madrileña, bajo los toldos que le protegen del sol, tomando su café porque aún es temprano para beber una copa, y respondiendo a los saludos de la gente que se cruza en su camino.
¿Y el amor ha sido tan importante en su vida como parece sugerir la intensa presencia que tiene en su obra?
Lo ha sido, sí.
Si no hubiera amado tanto, ¿cómo habría afectado eso a su poesía?
Pues la producción de mi poesía se habría reducido a la mitad. Por lo menos...
¿Y en qué momento le inspira poesía el amor, tal vez cuando se ha acabado?
No, no. También cuando empieza, y cuando se estabiliza. Creo que me inspira permanentemente.
Decía que la poesía del compromiso ha ido perdiendo presencia en su escritura. Me gustaría saber si sucede así porque ya no hay compromiso que valgan la pena, o sucede porque los años mitigan esos ardores que siempre son más potentes en la juventud. Por ejemplo, cuando usted tenía 30 años y vivía en pleno franquismo era fácil unirse a un compromiso que estaba en la calle y que personalmente sufría.
Era evidente... Teníamos tan cerca la agresividad..., en la calle, en la casa, en todas partes. Inevitablemente reaccionabas ante eso. Además venía detrás de una guerra civil horrorosa que marcó profundamente la vida de todos: en el caso de algunos, para muy bien; para muchos, como yo mismo, para muy mal. Era un tema que lo llevabas a la escritura con total naturalidad, coincidía con tus preocupaciones más íntimas, y si hablabas de ti mismo, te tenía que salir a relucir porque formaba parte de tu biografía. Y pasa otra cosa, quizá ése sea un tema que se ha gastado.
¿Los temas, para ser escritos, se gastan?
Sí, se convierten en fórmulas, y ahora es más difícil tratarlos que cuando era joven. Entonces escribir era una reacción mecánica ante lo que veíamos en torno a nosotros.
No sé si ha notado que hablar de la guerra o la posguerra, de los años del franquismo, se ha convertido en un tema sin interés, muy antiguo. Los perdedores de la guerra civil, por ejemplo, son para algunos unos pesados que dan la vara a los jóvenes.
Sí, enseguida te puedes convertir en el abuelo Cebolleta que cuenta su batallita, y eso que esos temas están en algunos poetas jóvenes de forma más diluida o tratados de otra manera. Pero es verdad lo que dices. Hace 12 ó 13 años fui a un instituto a leer mis poemas a unos jóvenes de 16 ó 17 años. El local estaba al lado de la plaza de toros de Badajoz, donde, durante la guerra civil, hubo una auténtica masacre. Metieron allí a los prisioneros, y los franquistas los asesinaron sin más. Hasta el extremo de que cuando yo fui allí con mis poemas no sabían qué hacer con el lugar; si tirar la plaza o convertirla en un monumento contra la barbarie, como ha sucedido con Auschwitz. Bien, pues a pesar de que antes de leer los poemas hice una explicación, al acabar de leer el profesor me dijo: los chicos no se han enterado de nada.
Para los que vivimos en el barrio lujoso de la aldea global, esa presencia de la injusticia de la dictadura, esa falta de libertad, ha perdido intensidad. ¿Lo que me movería? Lo que está pasando en el Tercer Mundo, sobre todo en África. Y en Latinoamérica, y en Asia. En todos esos lugares están ocurriendo cosas verdaderamente graves. Lo que sucede es que, a diferencia de lo que ocurría a mis 30 años, cuando sufrí la guerra civil en mi propia casa, en mi propia carne, estos otros son mundos que nos quedan lejos.
¿Ahora le cuesta más escribir que en los primeros años, o tal vez las dificultades son distintas...?
El primer libro, por ejemplo, fue hecho desde una actitud que podríamos llamar cándida. Sin ninguna idea premeditada, dejando que afloraran mis intuiciones, mis sentimientos. No es que no tuvieras, ya entonces, una conciencia de que aquello había que controlarlo muy bien; pero, sin embargo, era más espontáneo en la escritura. Y no era tan exigente, aunque ya lo fuera. Había leído a los poetas del 27, sobre todo a Juan Ramón Jiménez, la Segunda Antología. Y leyendo precisamente ese libro, enseguida me di cuenta de la importancia que tiene la palabra bien construida, bien hecha.
Tiene 75 años. ¿A estas alturas le hacen feliz las mismas cosas que le hacían feliz en la juventud?
Sí, las mismas cosas. Me hace feliz la compañía de personas a las que quiero, eso lo que más.
¿Y la escritura?
La poesía. Pues sí, me hace feliz cuando veo que está yendo por un buen camino. Eso me hace muy feliz. En cambio, la prosa, eso de poner una palabra tras otra, me hace sufrir. Cuando tengo que hacer algún trabajo en prosa lo paso mal.
Al enumerar sus prioridades ha puesto antes a los amigos que a su poesía. Hay poetas que en primer lugar colocarían sus versos, y pintores que colocarían sus pinturas, etcétera.
Pero digo la verdad, la compañía de las personas que quiero es lo que mayor felicidad me produce. Más que la lectura, o que escuchar música, o que la contemplación de una obra de arte, que también me hace feliz. Un ejemplo de lo que dices fue Juan Ramón Jiménez, que me influyó mucho cuando empecé a escribir, fue el que más me influyó... era un ciclotímico, un neurótico, un hombre muy especial. Tenía una veta de locura. La ciclotimia es una enfermedad tratada por los psiquiatras. Vivía obsesionado por la poesía, que es una buena cosa, no digo que sea mala... Los hay que son incapaces de hacer otra cosa. Yo no creo que Juan Ramón fuera un vago, pero el hecho es que no trabajó en su vida y lo consiguió. Daba conferencias en universidades americanas, en las que Cenobia trabajaba más que él. Ella le mantuvo. A Juan Ramón, trabajar le producía horror. Era tal su obsesión por la poesía que no le permitía hacer otra cosa. Y otro que era así, aunque luego los resultados de su poesía fueran en cierto modo opuestos, era Blas de Otero. Es de esos que no trabajaron en su vida. Él era un poeta.
De todos los poetas de esa generación de los cincuenta, ¿cuál es su preferido?
A mí me gusta mucho como poeta Jaime Gil de Biedma. También Claudio Rodríguez y el primer Valente. El último es tan seco, tan hermético, que me deja fuera. Pero el primer Valente sí tenía que ver con Jaime y conmigo. En poesía me gusta la claridad, y es muy difícil buscarla. En cambio, la poesía hermética es más fácil de hacer, no tiene referencia y cualquier flecha que dispares va a dar en alguna diana. Pero cuando busca una diana, y apuntas, y quieres dar en el centro, es muy difícil.
¿Su poesía es bastante púdica?
Sí, siempre guardando cierta distancia... Hay que poner la veladura del arte, que es la primera de todas, y luego no ser exagerado. Aunque la poesía siempre es una exageración.
¿Considera que ya tiene suficiente obra?
Un poeta debe saber callarse en un momento determinado. A mí me parece muy difícil lo que hizo muy bien Jaime Gil de Biedman. Murió cuando todavía era relativamente joven, pero mucho antes ya había decidido que no iba a escribir más, que ya había dicho todo lo que tenía que decir.
¿Y usted qué piensa hacer al respeto?
Creo que no me ha llegado ese momento. Ojalá que no, y por eso escribo sin forzar la máquina. Escribo lo que yo creo que me está presionando desde dentro y necesito sacar fuera.
¿Le da miedo quedarse sin voz?
Sí, me da un poco de miedo. Porque, aunque yo no me considero poeta, escribo poemas.
¿Pero cómo que no se considera poeta?
La idea del poeta no va conmigo.
¿Cuál es la idead de poeta que no le gusta?
Pues esa idea del poeta entre comillas, un ser un poco especial, dotado de ciertas gracias divinas. Eso no va conmigo. Soy una persona normal que de vez en cuando escribe poemas.
¿Ha relacionado la duración de su vida con la de la escritura?
Sí, he pensado que el día que yo diga que he dejado de escribir para siempre voy a ser una persona más limitada, más pequeña.
¿Y se va a morir?
Y me voy a morir... Ahora trabajo con unos poemas que se convertirán en dos libros más. Uno para niños, una especie de calendario de los 12 meses del año. Es una poesía que se hace con poemas que riman, donde interviene más el ingenio que la emoción profunda.
¿Escribir poemas ha sido para usted una buena manera de reconciliarse consigo mismo?
Sí. Por una parte me ha permitido reconciliarme conmigo mismo, y por otra parte me ha servido para ser mejor. A través de la poesía me explico a mí mismo.
Tomado de la Revista El País Semanal. |
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