El discurso de la mentira
Jorge Loáisiga Mayorga jorge.loaisiga@laprensa.com.ni
Soplan vientos electorales. Los maquillajes de los candidatos están listos. Las promesas se escriben en las volantes, los rótulos de carreteras, las mantas y se afina el discurso político, la miel con la que se atrae a los votantes como abejas al panal.
Se promete hacer el cambio, ser transparentes, honestos y rectos en la administración pública. Pero, ¿quién le cree a los políticos? Ya van once años que nos vienen diciendo que el cambio viene, que todo va a ser mejor, que alcanzaremos la tierra prometida, que se hará un buen gobierno, que de un lado de la raya están los corruptos y del otro los honestos, que se acabará con la noche oscura y hasta prometen echar sal y limón en la herida del adversario para hacerlo sufrir en las urnas... etc., etc.
¡Cuentos!, me dijo un campesino de Tola en una reciente visita que hice a la zona. “Siempre van a venir a querer endulzarnos el oído y siempre van a robar, gane quien gane. Los políticos son todos iguales, son de la misma calaña, fueron cortados con la misma tijera. Son mentirosos todos, prometen lo que no pueden dar”, agregó el humilde hombre de, piel morena, cuero curtido, manos callosas y con mil surcos de arrugas atravesando su rostro.
El hombre que apenas sabe leer y escribir no pudo ser más elocuente en su descripción sobre el quehacer de la criolla política nicaragüense que se ha caracterizado por vender imágenes falsas de sus candidatos y falsas promesas para jalar agua a su propio molino.
Para nuestra clase política la mentira del discurso es la práctica cotidiana. Mentir para atraer votos. Atraer votos para ganar el poder y hacer de éste el botín conquistado y repartido entre los que estuvieron del lado del vencedor, pero no de todos, sino de las cúpulas.
En las elecciones del cuatro de noviembre próximo, gane quien gane, los retos para el próximo gobierno están más que delineados. Ni siquiera tienen que hacer esfuerzos en escribir sus planes de gobierno, los datos de la pobreza son suficientes para planteárselos como metas a reducir.
¿Podrá el próximo gobierno reducir la pobreza extrema en un 25 por ciento de aquí al año 2005, incrementar a 85 por ciento la tasa neta de escolarización, reducir la tasa de analfabetismo a un 17 por ciento, ahora que raya casi el 35 por ciento, reducir la mortalidad materna a 129 por cada 100,000 nacidos vivos, incrementar a 75 por ciento la cobertura nacional de agua potable, etc., etc., etc.?
Quien logre es y en verdad reduzca los niveles de corrupción, habrá arado el camino hacia un futuro mejor y lucirá como fruta fresca, jugosa y apetitosa, como la sandía o el melón para los votantes. Los retos están ahí. ¡Políticos alcáncenlos!
* El autor es periodista, redactor de LA PRENSA. 
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