Posguerra interminable
Quienes en el extranjero se mantienen atentos a los acontecimientos de Nicaragua deben estar sumamente preocupados, inclusive alarmados, por el recrudecimiento de la criminalidad en algunas zonas del país, como en el llamado “Triángulo Minero” del Atlántico Norte.
Pero no son los crímenes en sí mismos los más preocupantes, pues asesinatos atroces como el que ocurrió el 19 de abril en Siuna ocurren en muchas partes del mundo. Lo grave es la connotación política que tienen o se les quiere dar a esos hechos abominables, como la acusación del Presidente Alemán al FSLN por el atroz asesinato mencionado.
En realidad, ¿cómo entender que tales crímenes pudieran ser cometidos por un partido político que según las encuestas pagadas por el mismo partido de gobierno cuenta con el 33% de la intención de voto presidencial, 8 puntos encima del candidato oficialista, y que por lo tanto es muy probable que gane las próximas elecciones?
Por otro lado, es desconcertante y contradictorio que mientras la comunidad internacional reconoce a Nicaragua como el país más seguro -o menos inseguro- de Centroamérica, el gobierno hace un gran despliegue político de crímenes como el de Siuna y culpa al partido que según las encuestas podría ganar las próximas elecciones y gobernar el país durante los próximos 5 años. ¿Qué mensaje e imagen de Nicaragua es la que el Gobierno está tratando de “vender” en el exterior?
Los ciudadanos nicaragüenses y la comunidad internacional -incluyendo a los inversores extranjeros- comprenden que en una situación de posguerra como la que se vive todavía en Nicaragua, la violencia y la criminalidad son mayores que en los países que no han sufrido conflictos armados. Se dice, con razón, que una guerra sólo termina definitivamente hasta que mueren el último combatiente y el último inválido -físico y mental- de los que produjo el conflicto armado, y en general hasta que desaparece la generación durante cuya existencia ocurrió la guerra. Sin embargo, las secuelas del conflicto armado son más duraderas y dañinas en la medida en que la gente y particularmente los líderes políticos y gubernamentales, tienen sus mentes atrapadas por el enfermizo esquema ideológico y psicológico de la guerra.
Eso es lo que está ocurriendo en Nicaragua. Al menos así parece demostrarlo la grave acusación del Presidente Arnoldo Alemán contra su principal oponente político, al que culpa por el asesinato atroz de Siuna, así como también el proclamado objetivo principal del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), de alcanzar un mínimo de 57 diputados en la próxima legislatura, para liquidar políticamente al FSLN o excluirlo de la participación en las instituciones y la formulación de las políticas públicas. Y si el PLC pretende marginar por completo a un partido que representa actualmente a más del 30% del electorado nacional y que por una concesión del mismo Presidente Alemán, asegurada constitucionalmente, podría ganar las elecciones presidenciales con sólo el 35% de los votos, ¿qué podrían esperar entonces los otros grupos políticos y los ciudadanos que no pertenecen al PLC?
Por otro lado, también es necesario señalar que el FSLN no ha roto de manera pública y categórica cualquier clase de vínculos -inclusive ideológicos- que pudiera tener con los grupos de criminales armados que dicen ser remanentes del pro sandinista Frente Unido Andrés Castro (FUAC). Como tampoco el FSLN ha dado garantías de que si lograra ganar las elecciones de noviembre próximo y volver al poder, respetaría escrupulosamente las instituciones democráticas, los derechos humanos y las libertades individuales, económicas y sociales de los nicaragüenses, y que no trataría de ahogarlos o restringirlos con un proyecto político estatista y revolucionario, como lo hizo en los años ochenta del siglo recién pasado.
Los líderes políticos no deberían seguir manteniendo al país atrapado en las confrontaciones de posguerra. Los partidos participantes en los comicios presidenciales y legislativos del próximo 4 de noviembre, inclusive los conservadores, deberían juntarse tan pronto como fuera posible no sólo en derredor de un acuerdo de ética electoral, para no insultarse entre ellos mismos, sino sobre todo alrededor de un compromiso de gobernabilidad que comience por poner fin a la ya intolerable situación de posguerra que domina hasta ahora a Nicaragua. 
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