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Shakespeare, el ‘dios’ del drama
Luis Humberto Guzmán
Para Aldo, Alejandro y Rodrigo
Cuando Shakespeare murió en abril de 1616, su muerte pasó prácticamente inadvertida, sus obras sólo se publicaron por primera vez luego de siete años de sepultado. Ahora, casi cuatrocientos años después, es el símbolo cultural del mundo anglófono. El siglo pasado fue declarado el Hombre del Milenio y a lo largo de casi cuatrocientos años muchos críticos literarios renombrados le han calificado como el literato más grande de todos los tiempos. Desde luego tales reconocimientos de grandeza suscitan vivas controversias, pese a todo la obra de Shakespeare sólo es superada en lectores por la Biblia.
La biografía
Son muy pocas las certezas que ofrece la biografía de Shakespeare. Nació el 23 de abril de 1564 en Stratford, murió allí mismo en abril de 1616, presumiblemente en la misma fecha de su nacimiento. Se casó en 1582 con Anne Hathaway. Prácticamente esas son todas las certezas que ofrece su historia personal. La biografía de Shakespeare es una historia elusiva, imprecisa, carente de datos definitivos.
Existen prolongados lapsos de tiempo en que se desconocen por completo sus actividades. Se sabe que se casó a los dieciocho años, con una mujer ocho años mayor. Se desconoce su religión. Se cree que por largo tiempo se ganó la vida dedicándose a la usura. Tanto las oscuridades como las exactitudes de su biografía no permiten elevarlo a la categoría ni de héroe ni de mártir, ni de rebelde, ni de pervertido.
El esclarecimiento de los hechos lo dificulta la extrema polarización entre los partidarios y los enemigos de Shakespeare, quienes por igual traspasan los límites de lo razonable para defenderlo o atacarlo. El nacimiento de su hija Susana, seis meses después del matrimonio, evidencia relaciones sexuales prematrimoniales, sin embargo un idólatra de Shakespeare, Sam Schoenbaum, atribuye el parto a un milagro, a una aceleración del embarazo por obra de Dios.
Los enemigos de Shakespeare lo acusan de haber tenido una educación mediocre, de no haber aprendido ni latín ni griego, de no haber conocido el mar, de haber renunciado al catolicismo materno por pura cobardía, en realidad no hay evidencias que confirmen esas aseveraciones.
La incertidumbre en la biografía de Shakespeare cubre no sólo la fecha de su muerte, sino también las causas, abriendo lugar a una amplia variedad de especulaciones que incluyen el alcoholismo hasta llegar al asesinato por envenenamiento. Esa es la tesis de Charles Hamilton, el calígrafo forense que analizó los diarios de Hitler, quien sostiene que Shakespeare murió asesinado por envenenamiento. Basa su afirmación en un examen del testamento de Shakespeare, en el cual encontró errores y una caligrafía que según él es característica de personas que sufren envenenamiento.
El catálogo de acusaciones en contra de Shakespeare incluyen la de haber sido bisexual (Honigmann), pero más grave todavía, es acusado de falta de originalidad y de plagio. Mark Twain llegó incluso a hacerse eco de la afirmación de Delia Bacon, quien aseguró que Shakespeare sólo fue un testaferro, que las obras que se le atribuyen en realidad fueron escritas por Francis Bacon. En fin, se puede compartir el juicio de Borges, quien describe la vida de Shakespeare como de una mediocridad misteriosa.
Ante tal biografía las preguntas sobre la grandeza de Shakespeare están plenamente justificadas. Inevitablemente surgen interrogantes no solamente para los críticos literarios, para los poetas y escritores, sino también para los legos como yo, que nos preguntamos no sobre refinados aspectos literarios que son materia exclusiva de especialistas, sino más bien preguntas de índole general: ¿cuándo decidió la gente que Shakespeare era el dramaturgo más grande en lengua inglesa?, ¿quién lo decidió?, ¿qué juicios y prejuicios incidieron en la decisión?, ¿en base a qué evidencia, con qué razonamiento se justifica el veredicto? Pero es igualmente relevante preguntarse no sólo cómo se construyó este juicio sobre la grandeza de Shakespeare, sino también cómo ha sobrevivido a lo largo de casi cuatrocientos años. Es todo un fenómeno de relaciones públicas, su imagen creció hasta alcanzar un papel hegemónico y lo ha conservado por más de tres siglos.
La obra
El teatro en la época de Shakespeare casi era interactivo, la forma circular de la sala permitía que la audiencia y los actores disfrutaran de una relación muy estrecha, algunas veces la audiencia participaba en los diálogos, eran espectáculos masivos, no elitistas como ahora, la concurrencia de entonces al teatro era proporcionalmente comparable a la que asiste a los conciertos de los mejores rockeros modernos. La audiencia que atendía las presentaciones de la obra de Shakespeare cubría todo el espectro social de Londres, los aristócratas ocupaban sillones especiales, las personas comunes y corrientes pagaban un centavo por entrar.
El desarrollo del teatro en esa época fue conflictivo: los puritanos lo consideraban una diversión peligrosa, Philip Stubbs, un puritano vocinglero afirmaba que toda compañía de teatro era, en verdad, un grupo de sodomitas. La presión de los puritanos forzó la construcción de los teatros en los arrabales de Londres y en 1642 se impusieron y el Parlamento ordenó su cierre.
Shakespeare escribió para el teatro, para que sus obras fueran representadas, no escribió para la lectura, sin embargo es probable que ahora sus obras sean más leídas que representadas. En buena medida esto se debe a su extensión y complejidad, se necesita hacer abreviaciones y adaptaciones, versiones libres que no siempre logran conservar la belleza y densidad de las versiones originales.
Aunque no escribió para la lectura, Shakespeare es el autor más leído —como se ha indicado—, sólo la Biblia le supera en lectores, pero la lectura de Shakespeare no está exenta de dificultades. El dramaturgo alemán Bertolt Brecht decía que leer a Shakespeare era un arte, en cualquier caso si la lectura de sus obras es complicada es mayor el mérito por su elevado índice de lectores.
En la obra de Shakespeare se pueden identificar las obras históricas, las comedias románticas y las tragedias. En las obras históricas domina el tema del poder, en las comedias prevalece el tema del amor y en las tragedias se conjugan como dos caras de una misma moneda el amor y el poder. Entre las obras históricas más sobresalientes está Ricardo III, Enrique IV; en las tragedias sobresalen Hamlet, Otello, Macbeth; entre sus comedias románticas están el Mercader de Venecia y las Alegres Comadres de Windsor. Existen otras obras llamadas problemáticas por la dificultad de su clasificación, la más relevante es Troilo y Cressida.
Shakespeare no toma partido en sus obras, construye un mundo aparte en sus dramas y se sumerge en él para no mostrarnos su personalidad, sus personajes expresan ideas contradictorias, sus doctrinas sociales y políticas permanecen oscuras y ocultas, cada quien cita a Shakespeare independientemente de su militancia ideológica. Su obra es una biblia secular.
El amor y el poder
El mundo de Shakespeare está dominado por dos temas: el amor y el poder. Son dos polos de un mismo universo. El amor representa la generosidad, la entrega sin cálculos ni regateos; por el contrario el poder significa la ambición, la dualidad y la traición. En el mundo de Shakespeare ambas pasiones son incontenibles, alcanzan niveles de irracionalidad. Según el bardo, cuando se trata del poder y el amor cualquier medida es pequeña.
Probablemente sea en Ricardo III la obra de Shakespeare en donde se manifiesta con más claridad el antagonismo entre el amor y el poder. El insaciable apetito de poder de Ricardo III era una compensación a su incapacidad para enamorarse, para entregarse. En el afán por alcanzar poder para ser amado, Ricardo III pervierte el amor, lo instrumentaliza, lo usa, y en el empeño por alcanzarlo lo pierde irremediablemente. El amor y el poder son las antípodas de nuestra existencia.
Conclusión
Entre los admiradores de Shakespeare se encuentra Rubén Darío, quien afirmó: “después de la creación de Dios, está la de Shakespeare”; para críticos actuales es el creador de la condición humana. Hay quienes reclaman que no hay suficientes estudios y devoción por Shakespeare; Michael Bogdanov se duele que mientras en su época Shakespeare convocaba al diez por ciento de la población de Londres, ahora la transmisión televisada de un sorteo extraordinario de la lotería nacional británica capta una teleaudiencia de veinticinco millones de telespectadores, en cambio el estreno de “Measure for Measure” sólo convocó a quinientas mil personas, es decir el uno por ciento de la población.
A pesar de todo, desde el siglo XVIII existe una industria sobre Shakespeare, en la actualidad se encuentran decenas de páginas web sobre el bardo, sus obras se continúan representando y leyendo. En conclusión se puede decir con Robert Graves: “lo mejor de Shakespeare es que es realmente muy bueno, a pesar de toda esa gente que dice que fue muy bueno”. En realidad fue coronado hace casi cuatrocientos años y todavía conserva el aura y la grandeza. Shakespeare es el dios del drama. |
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