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Narrativa
El Oriental
Eugenio Torres Díaz
Pregones por aquí y allá; guerra de olores, batalla de colores, laberinto y montañas de cosas, competencia, tramos de esto y aquello, demanda, calidoscopio de miseria y codicia, cerros de riqueza y mentira, importaciones, exportaciones, pólizas, valor CIF, ilusión; pero sobre todo supervivencia (lucha por la vida).
Todo eso fue lo que encontré una tarde de verano en el Oriental. Estaba hundido en un oscuro y pestilente túnel, entre la batahola de gente que me pasaba empujando y restregándome el pregón y hasta una canción de los Rolling Stone que la sonaban a todo volumen. Al doblar en una estrecha esquina en donde la fila india era menor, me topé con una sórdida cantina que llamó mi atención. Se jugaba a la ruleta, naipe, tabaco, mujer y al ron. (La rockonola sonaba un son cubano).
“¡El borracho!” —gritó el ruletero.
“Vos mismo” —le respondió una vieja desdentada que se encontraba sentada en una agujereada y mugrienta hamaca de trapo y que a la vez fumaba y ojeaba una vieja revista play boy; luego dirigí la mirada a un grupo de jugadores de póker y el más corpulento clavándome su ígnea mirada, comenzó a mostrarme una lustrosa Makarov del tiempo de la revolución, y de repente me gritó: “¡Vas a jugar!”.
Sin decirle nada reanudé mi exploración, y saltando unas charcas de orín y vómitos logré llegar a una cadena de peluquerías, en donde dos mujeres discutían no sé qué, pero lo cierto es que la más joven al final le terminó gritando a la que se alejaba: “¡chela de cuarterilla!”. Aligeré el paso hacia las vende quesillos y cosa de horno, y ahí un grupo de vivanderas arrastraba a un muchacho por intentar robar comida, “¡maldito ladrón, pedrero, güele pega!” —le profería la más obesa.
Le compré a un chavalo agua helada, mientras la masa de curiosos que se habían agolpado en el lugar se esfumaba. Y cuando el alboroto tomó otro rumbo, enseguida caminé en dirección al Cine México, y en el trayecto un policía que caminaba a mi lado y que iba silbando de contento, fue inopinadamente víctima de una mujer que saltando sobre su espalda le propinó una puñalada en el cuello, y en el suelo lo terminó dejando como colador, poseída, ensangrentada y embriagada le sacó el billete de 20 dólares al ahora occiso, “conmigo nadie se limpia” —le terminó gritando hecha un adefesio, y sin ver a los testigos se echó a correr al dantesco Callejón de la Muerte.
Entre el histerismo, los gritos y el calor de los presentes, una gran cuita me encasquilló el espíritu o el pensamiento, y siguiendo un cordón rojo que comenzaba a deslizarse por la cuneta, no sé por qué pensé en lo brutal que es la guerra. Muy consternado me abrí paso entre el tumulto de gente, los gritos, llanto, basura y el afro-calor; hasta lograr alejarme del mórbido lugar.
En la estación, la esfera mayor como una gigantesca y encendida giba se ocultaba con suavidad a lo lejos, como un dromedario sol. El ambiente urbano era emancipador. Y entonces terminé pensando, “una guerra es una guerra, un Vietnam (wild), te mata, te alejas o sobrevivís; porque una guerra es un gran emporio, o un gran dinosaurio como el Mercado Oriental de Managua. |
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