Opinión
La sociedad abierta
Ariel Montoya
No cabe duda que la libertad irrestricta de expresión y opinión es condición indispensable para la existencia de una verdadera democracia, es decir, de un sistema social en el que juegan libremente las diversas fuerzas políticas e ideológicas, genuinamente representativas. En tal sentido, viene al caso la expresión acuñada por Kark Popper: la sociedad abierta, la cual en el contexto de naciones como la nicaragüense, ruinmente desvencijada por regímenes despóticos capaces de ubicarla en el incierto registro de haber vivido un siglo perdido, y con una naciente apertura democrática que a lo sumo llega a un decenio, pervive contemporáneamente amenazada por aquellos que, parapetados tras un discurso integrista, manipulativo y conservador, niegan la existencia de una realidad social abierta al cambio y a las exigencias requeridas en un período de auge globalizador, en medio, por supuesto, de las crisis y debilidades mismas que toda democracia incipiente conlleva en sus entrañas.
Esta sociedad abierta soñada por los filósofos y pensadores liberales del siglo 18 y 19 que, pese a la imposición del totalitarismo y el fanatismo en le siglo 20, sigue siendo la guía para este milenio que comienza en Nicaragua, llevando en sí una jugosa apertura hacia el futuro, muy a pesar de las desavenencias de determinados sectores sociales quienes, por no hacer lo que pudieron en un momento determinado, se enfrascan en negar con alardes de desacierto, lo que finalmente procesa ese bendito sistema plagado de errores y resonancias cívicas llamado democracia.
En esta sociedad abierta, existen adversarios que tiran con mampuesta desde diversos ángulos. Están algunos, los primeros, quienes desde el torpe y folklórico humor de albardas y corbatas de provincia, plantean, por ejemplo, la inverosimilitud política o social como única premisa de la identidad nacional. (Aquellos que para todo dicen “este país” o bien “sólo en Nicaragua ocurren estas cosas”, como si las mismas no fueran parte de una tradición sedimentada a nivel global en las propias barbas de las postrimerías de la postmodernidad).
Luego están aquellos otros que confunden a la sociedad, a este proceso de expectación por llevar adelante al país, con la mierdocracia. Llaman mierdocracia a este sistema, aquellos que cínicamente son capaces de ver la paja en el ojo ajeno y no las vigas que atraviesan por sus conciencias atrapadas en el fracaso administrativo y en la amargura visceral y alérgica, a todo lo que huele a progreso. Esos mismos, los que no dejan de proyectar su sombra nefasta en cualquier salutación inaugural del cambio sin violencia, quienes planifican falsos estigmas de una crisis circular opuesta a la contextualización del orden democrático, y quienes, con tal de ir en contra de los vientos de la historia moderna, invocan eventualmente la falsa utopía del mesianismo revolucionario, excluyente y demoledor.
Y hay otros. Los que atacan todo lo que es el progreso y la democracia liberal, que defienden la representación de la oligarquía plutocrática o capitalista tradicional. Estos son los llamados gurúes o comentaristas políticos (gamonales del análisis), que desde una posición pesimista y fatalista, típica del entumecido tradicionalismo que defienden, intentan explicar la compleja realidad política actual recurriendo a fórmulas o concepciones trasnochadas como el “carácter nacional”, la “psicología del nicaragüense” o la “fatalidad” de la geografía o la raza. Estos disidentes de la sociedad abierta inclusive, intentan imponerse como árbitros de la opinión pública, llegando a determinar quienes pueden o no, -en base al albergue de sus puntillosas conclusiones-, aspirar a ciertos cargos públicos, como ocurrió recientemente con una candidatura capitalina, la cual, según nuestra oronda opinión pública, irresponsablemente intentó darle dimensión nacional, a un debate interno (injustificado o no), propio de la departamentalización del casco urbano de Managua.
Es oportuna ante estas pesquisas con arrebatados tonos de soberbia e intelectualidad, encauzar en nuestra revoltosa y perpetua vida pública, las bases de un debate contemporáneo en el que los actores del engranaje democrático, como la clase política, intelectual, empresarial y periodística, asuma con responsabilidad histórica el reto social de la democracia. Ya Enrique Krauze, en un estudio sobre el reciente proceso electoral mexicano, señalaba que pese a los negros augurios de una aparente “ruptura social”, ese país se encamina con aciertos, a la consolidación del orden democrático; en Nicaragua, de cara a esa ansiada sociedad abierta que reclama Popper par el bien de la humanidad, contrarrestando los despechados huracanes de la incertidumbre social en la que aparentemente vivimos, se hace cada vez más evidente la existencia de un debate abierto, tolerante y cívico, al cual es necesario nutrirlo de sentido crítico.
El autor es escritor, funcionario público. 
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