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DOMINGO 15 DE OCTUBRE DEL 2000 / EDICION No. 22162 / ACTUALIZADA 12:15 am
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Mercedes Sosa con nuestra Norma Elena

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La voz de Mercedes Sosa inundó las salas del Teatro Nacional Rubén Darío, jóvenes de ayer y hoy se unieron con las canciones de la artista argentina.

 

Mercedes Gordillo

A teatro lleno con asientos extras el Teatro Nacional Rubén Darío presentó para nuestro deleite y satisfacción artística a la mujer más conocida del canto latinoamericano: Mercedes Sosa. Verdadero prodigio de voz argentina, andina, india de Tucumán, el jardín de su país. Su voz inundó las salas del Teatro, los corazones y la sensibilidad del público, compuesto en su mayoría por jóvenes de antes y de ahora. Todos unidos por el canto.

Una clásica Mercedes Sosa, aquella misma, cuya voz oí por primera vez en discos long play al finalizar la década del 60, y que posteriormente se convirtió en símbolo de lucha, en canto de esperanza.

Han pasado muchos años, la fama y prestigio de Mercedes Sosa han crecido a nivel mundial. Su voz representa a todo un continente de belleza y autenticidad. Debo mencionar que sus cuatro acompañantes en guitarra, teclados, bajo y percusión, son también merecedores de admiración.

Aquel teatro retumbaba, con un juego de luces manejado con sobriedad y elegancia.

Como nicaragüense, debo decir orgullosamente que nuestra gran cantante Norma Elena Gadea, lució su corta pero extraordinaria aparición en homenaje a su “hermana mayor”. Norma Elena se veía espléndida, su alta figura vestida de negro y su chal azul, acompañada por el notable guitarrista Eduardo Araica, otro talento nuestro.

Las luces fueron propicias, así como la expresión agradecida de Mercedes Sosa, pero especialmente el propio canto de Norma Elena: Mujer de carne y hueso, del cantautor nicaragüense Luis Enrique Mejía Godoy.

Norma hizo pensar y sentir que realmente esa canción, además interpretada por ella, es quizás una de las mejores melodías creadas en este país, con su letra inspirada y poética. Nuestra cantante posee rica voz, un excelente dominio escénico, sentimiento y emoción profunda, pareciera cantar no sólo con su garganta, sino también con sus entrañas, además de vocalizar perfectamente.

La reacción del público no se hizo esperar, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, de pie aplaudimos hasta el cansancio.

En esa tuvimos una alta representación del arte nicaragüense, nada menos que junto a Mercedes Sosa, lo que habla muy bien de lo nuestro.

Deseo felicitar al Teatro Nacional Rubén Darío a su directora Susan Aguerri y a su equipo. Muy especialmente a la Empresa Privada que hizo posible esa noche del 11 de octubre. Es bueno decirlo: a veces, cuando ellos se lo proponen, los empresarios se dan unas grandes lucidas en arte.

Bravo por ellos también.  
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