Desde la Colina Vaticana
El Rosario: Una oración contemplativa
J. Dávila y Castellón
Nos decía una abogada: “Con relación al rezo del Santo Rosario he escuchado diversas opiniones: unos lo sienten aburrido y monótono; otros, al contrario, lo consideran una gran ayuda, un verdadero nutriente espiritual que fortifica. Mi experiencia personal sobre el particular la resumiría afirmando categóricamente que cada vez que rezo el Rosario mi vida no sólo experimenta paz y fortaleza, sino que también se ve mejor orientada durante el día”.
Todo lo que se hace mal, por bueno que ello sea, no rinde los efectos esperados o deseados, es decir, no resulta bien; en cualquier campo que sea. Y la oración, para lamentos de muchos, no es la excepción de la regla. Si queremos saborear ricos y copiosos frutos de nuestra oración, debemos primero aprender a rezar bien. Si grandes Papas y grandes Santos han tenido el rezo del Santo Rosario entre sus más fervientes prácticas y lo han recomendado a los fieles cristianos con marcada insistencia, se debe, sencillamente, a las abundantes bendiciones otorgadas por Dios a quienes saben rezar apropiadamente, o sea bien rezado, el Santo Rosario.
Pero, mejor cedamos la palabra al Vicario de Cristo en la Tierra, Juan Pablo II, a fin de comprender mejor el sentido de esta universal devoción mariana. He aquí algunos fragmentos de su mensaje: “En este mes de octubre, dedicado tradicionalmente al Santo Rosario, quisiera dedicar la reflexión del Angelus a esta oración, tan estimada por los católicos, tan apreciada por mí mismo y tan recomendada por otros predecesores míos.
“El evangelista Lucas cuenta que María “se turbó” al oír las palabras del Arcángel Gabriel en la Anunciación, “preguntándose qué saludo era aquél”.
“Estas reflexiones de María constituyen el primer modelo del rezo del Rosario. Esta es la oración de aquellos que aprecian el saludo del ángel a María repiten las palabras que provienen de Dios. En el rezo del Rosario, recitamos repetidamente tales palabras. No se trata de una repetición mecánica y simplista. Las palabras dirigidas a María por Dios y pronunciadas por el mensajero divino encierran un contenido inescrutable”, indica el Papa.
Si nos fijamos bien, nos daremos cuenta de las características esenciales que conforman el rezo de esta oración: el Rosario es una oración contemplativa y fundamentalmente cristocéntrica, ya que tiene como finalidad principal el meditar en los misterios de la Salvación en favor de la humanidad, cuyo protagonista central es Jesucristo. ¿No están a caso los Misterios Gozosos (la Anunciación del Angel Gabriel a María, la visita de María a su prima Santa Isabel, el Nacimiento del Hijo de Dios en Belén, la Presentación del Niño en el templo, Jesús, perdido y hallado en el templo) relacionados íntima o directamente con la persona de Nuestro Señor Jesucristo? Y en los misterios dolorosos ¿no revivimos desde la fe el sublime drama de la Pasión de Cristo?: La Agonía en el Huerto de Getsemaní, la Flagelación, la Coronación de Espinas, Jesús con la Cruz a cuestas camino al Calvario, la Agonía y Muerte de Jesús. Y, en fin, los Misterios Gloriosos ¿no nos hablan de la Victoria esplendorosa de Cristo sobre la muerte y de nuestro propio triunfo en El, lo mismo que de la presencia y poder del Espíritu Santo en la Iglesia? Veamos: La Resurrección, la Ascensión de Nuestro Señor al Cielo, la Venida del Espíritu Santo, la Asunción de María en cuerpo y alma; y la Coronación de Nuestra Señora como Reina y Señora de todo lo creado.
Citando al médico de cuerpo y alma, continúa exponiendo S.S. Juan Pablo II: “Alégrate, favorecida, el Señor está contigo” (Lc. 1, 28), “bendita tú entre las mujeres” (Lc. 1, 42). Su contenido está estrechamente ligado al misterio de la redención. Las palabras del saludo del ángel a María nos introducen en este misterio y, al mismo tiempo, encuentran en él su explicación”, concluye el Papa.
Una idea central: si el rezo diario del Santo Rosario no lo ha llevado a ser mejor cristiano, examine su manera de rezarlo. El Rosario no suple la oración personal, nos ayuda a mejorarla y aumenta nuestra calidad como discípulos de Jesucristo. Por lo menos esa es nuestra propia experiencia y el testimonio que nos atrevemos a proclamar. 
|