Identidad e Hispanidad
José Antonio Poveda Salvatierra
Nuestra diversidad étnica, cultural y lingüística está siendo rescatada por estudiosos de todas las regiones en América. Actualmente va emergiendo en lo que García Márquez llamaría “el espejo roto de la memoria”, la naciente imagen de la compleja y múltiple identidad cultural latinoamericana.
El esfuerzo colonizador trajo consigo a sus propios acusadores, como Antonio de Montesinos o Bartolomé de Las Casas. El derecho internacional comienza a articularse en torno al problema americano, con denuncias, como la del padre Mariana, cuya actualidad no deja de asombrarnos:
El Diario del Primer Viaje (1492) de Cristóbal Colón no sólo revela la forma que empleó para conocer y describir la nueva realidad, que contempló al término de su primera travesía transatlántica, sino también la manera en la que la representó a su destinatario privilegiado, los Reyes de España. Esa representación ejerció una función de primer orden en las relaciones que España estableció con esas tierras al trasplantar sus instituciones políticas, militares y religiosas, así como en el desarrollo de una nueva cultura en ese espacio que José Martí denominó “Nuestra América”.
En la primera época del dominio de España en América, la discusión sobre la naturaleza del indio llegó a su punto máximo. No surgió como un tema en sí, sino, al contrario, apareció dentro del contexto de otro debate mayor: el derecho que tenía la corona española para conquistar a los naturales americanos y en particular la controversia sobre cómo gobernarlos. En esta oportunidad, releemos los textos claves de la contienda: tanto Vitoria, Sepúlveda y Las Casas como a historiadores y críticos de este siglo para enfocar el tema. Dentro del marco de la polémica sobre los derechos de Conquista y Colonización para someter a las gentes del Nuevo Mundo, se orientará esta indagación alrededor de los interrogantes sobre los ámbitos en los cuales surgió la cuestión de la naturaleza del indio, los sentidos en que los amerindios eran despreciados por quienes los difamaban y, últimamente, los principios sobre los cuales Vitoria, Sepúlveda y Las Casas debatieron el Derecho al dominio sobre las Indias.
El primer acto de celebración de nuestra continuidad cultural será el de colocar en alguna pared del museo de nuestra historia la pregunta angustiosa y conmovedora que nos impusieron de manera reflexiva nuestros historiadores para rescatar nuestra verdadera identidad y nuestro destino histórico. Nuestra producción literaria y nuestro arte muestran una vitalidad insospechada. Nuestra lengua parece estar de regreso a sus propias raíces. Lo dice nuestro arte y nuestra cultura.
Nuestras futuras instituciones políticas deberán tomar apoyo en nuestra cultura múltiple, favorecer la expresión de su diversidad y consignar la libertad y la tolerancia inexistente en las instituciones convocadas antaño para domesticar la creatividad que presenció en las nuevas tierras.
Pero nuestras letras coloniales son también exploradas y analizadas recientemente, en la medida en que un notable número de escritores latinoamericanos se ha embarcado a partir del siglo pasado y hasta nuestros días en un ambicioso “viaje a la semilla” (para decirlo en palabras de Alejo Carpentier) que pretende re-escribir textos, tanto precolombinos como coloniales. En 1949 Carpentier propone, desde su prólogo a “El reino de este mundo”, que la historia de América no es sino una crónica de lo real maravilloso. Años más tarde anuncia que el narrador latinoamericano ha de asumir el rol de nuevo cronista de Indias.
Con relación a nuestro quehacer histórico-cultural, orientado hacia el futuro, Galeano escribe: “Somos ladrillos de una casa por hacer; esa identidad, memoria colectiva y tarea compartida, viene de la historia, y a la historia vuelve sin cesar, transfigurada por los desafíos y las necesidades de la realidad”.
La naturaleza histórica de esa cultura en la que predomina la dimensión del futuro es recogida por Carlos Fuentes, quien celebra la extraordinaria continuidad cultural de “Nuestra América” y la opone al fracaso de las instituciones políticas y religiosas de la colonización, convocadas por Colón el 27 de noviembre de 1492, por no haber tomado apoyo en esa cultura y haber intentado, desde siempre, silenciarla. De esa oposición surge, según Fuentes, la debilidad institucional de la libertad.
Vicedecano Facultad de Derecho UNAN, León. 
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