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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 7 DE OCTUBRE DE 2000
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Alfonso Cortés, un trovador del ser

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Erwin Silva

El esplendor y la proximidad. Bastarían unas líneas de la producción poética de Alfonso Cortés (1893-1969) para fundamentar una crítica generada por una legibilidad que no se agota en su recorrido.

Para usar como referencia los versos que atañen a la conjetura con que intento comprender la poesía de nuestro entrañable Alfonso Cortés, he decidido traer al orden pitagórico estos aforismos del sublime que, por el demiúrgico del poeta, se manifiestan en algunos de sus textos:

1. El ser es fin para la propia ruta

(Flor del fruto).

2. No hay más saber que el ser

(La pregunta del Dante).

3. Mi ser es cosa, sólo cosa,

pues, la forma es la cárcel de mi vida

(La piedra viva).

4. La dicha es como el ser, no se conoce

(Versecillos).

5. Un día habrá en que nazcas aún estando en la vida y oro en que estando muerto ni aún el polvo serás porque la Ley del Tiempo nos prueba a su medida, que si este mundo no es nada no se acaba jamás (Ley del Tiempo).

Con esta muestra varía y no casual se puede establecer las simpatías y diferencias con lo que en otras cimas los maestros pensadores han logrado decir del ser, al que han interrogado incesantemente, pues el ser es un destino y un misterio que ha consumido vidas de poetas, y filósofos.

Ontología abierta y lectura posible

Hay en la poesía de nuestro Alfonso Cortés un enigma, más no del todo indescifrable si el lector propone una lectura sobre la ontología abierta que se trasluce y se infiere de los propios poemas alfonsinos.

Ontología en la dimensión de Cortés es la ontología fundamental. Y ésta se caracteriza por ser abierta como el mismo ser, es una apertura a todos los entes inclusive al ente que pastorea al ser que es el hombre. La radicalidad del existir humano la constituye el movimiento mismo de la comprensión del ser toda vez que no hay más verdad que la del ser en su autoluminosidad, ni otro sentido que el del tiempo sobre el cual el hombre se arroja como proyecto.

Esto, por supuesto, nos lo ha enseñado ya Martín Heidegger en su Sein und Zeit. Sin embargo cuando leemos a Alfonso, el poeta que eleva la condición metafísica del nicaragüense, es imposible obviar que el ser en su poesía ocupa un lugar cimero, es digámoslo así una experiencia que lo lanza al infinito, lo eterniza y le pone en presencia de Dios.

El punto de partida de un análisis fundamental del hombre y el poeta unido de una forma excéntrica en Alfonso Cortés, no es sólo la profundidad sino la altura de la solución ontológica lo que nos sorprende puesto que, sin ser filósofo, da la respuesta filosófica sintetizada, y en ella coinciden tanto belleza como el des-velamiento de la verdad que emana fontanal de su poesía.

Si tuviéramos que definir la ontología de Cortés, diríamos que es la finitud esencial de los límites del hombre. Vivir es la experiencia de lo finito. El hombre se siente y se comprende vulnerado por la muerte desde el primer vivir. Este hecho impulsa al hombre (Alfonso Cortés) a una estrategia, a una búsqueda o a una salida del tiempo, y en esta tentativa prepara la vía para el infinito al que ve como un por-venir.

En el caso de Alfonso, una paradoja metafísica fundamenta su poética y un énfasis del ser se patentiza cada vez que habla del hombre o nos proyecta su yo grandioso que es el poeta y el hombre al mismo tiempo en una “esencia inconfundida”, en una flor del fruto.

Por doquier en la poesía de Alfonso nos encontramos que ahí donde el afán, la vida o el quehacer relativizan, él propende al infinito sin olvidar la expresión del dolor o la fragancia de las cosas por medio de la sinestesia y la metáfora.

Alfonso Cortés sabía desde su propia finitud que el hombre es Egeo en prisión o sea un gran espíritu desterrado en el existir humano que únicamente tiene salvación en los caminos.

Alfonso Cortés es ese peregrino deseoso de plenitud que retorna a su casa paterna, el infinito. La osadía de Cortés consiste en aventurarse en un mar sin orillas —la palabra del ser— que requiere ciertamente de una meditación más reposada, de una hermeneusis que nos libere del exilio de su significación.

Filosofía y poesía

Si lo propio de la filosofía es el pensamiento, la poesía que piensa como es la de Alfonso Cortés no tiene más que reanudar ese viejo diálogo de la poesía con la filosofía.

Llamaríamos con Heidegger a la poesía —topología del ser— porque es donde el pensamiento se origina procediendo al arte poético. Alfonso Cortés es un poeta a quien el ser llama y da testimonio de ese llamamiento en su poesía. Por esto, y porque llama a ser con su poesía es que denominamos a nuestro Alfonso un trovador del ser.

La poesía hace posible el lenguaje, dice el maestro de Messkirch y éste (el lenguaje) es considerado como un bien peligroso que puede construir o destruir y el hombre no puede prescindir de él porque es su fuego divino. Cortés como poeta es de la estirpe de Hölderlin y en un tiempo sombrío, de enajenación y relatividad, responde con geórgicas y originales metáforas que funden lo temporal y lo espacial como si fuesen los relojes desmayados de Salvador Dalí.

A manera de conclusión provisoria puedo sostener que en Alfonso Cortés se identifican poesía y pensamiento y el conocimiento que surte es creación. No hay manera de separar en él la verdad que dice del ser de cómo lo dice en sus stanzas.

La experiencia de Dios

Es indudable que el espíritu de Alfonso Cortés pone en contacto a la poesía con la mística. Sin embargo, esto no sería completo si no se considera reflexiva la experiencia de Dios que en Cortés deriva en palabra y no en silencio.

Dios es idea, pero es una experiencia que ante todo, le hace estar en presencia de la Divinidad. Y esta experiencia parte de lo sensorial, de lo físico. A Dios se le ve sudar por los poros de su frente arrugada. Tal sudor es eterno como es eternal la actividad de Dios. Alfonso Cortés es un poeta que tiene a Dios al lado, es alguien familiar que le comunica secretos y de quien él respira el perfume del paraíso. Dios está en el joven sonido del agua, en el viento y la mujer y es, por igual, gran demiurgo que realiza al Universo. Más debe aclararse que Alfonso Cortés experimenta a Dios desde su existencia (lo pre-vé) sin resolver la incógnita de su vida, empero indefectiblemente siente que lo resolverá en el futuro cuando vea plenamente a Dios, la terrible aurora.

Alfonso Cortés se figura a Dios de manera antropomórfica y lo identifica con la belleza. Y al hombre lo sabe finito, insatisfecho, aventurero y nostálgico. Es muy probable que las lecturas teosóficas hayan modelado su figuración de Dios como actividad e infinitud a cuyo culto ofreció su alma, consiguiendo con ello situarse en la avanzada humana que trasciende, partiendo de la visión de que existe un oculto paraíso donde el espíritu es rosa que se abre a “los vientos de Dios”.

El hombre y el tiempo

Desde los comienzos Alfonso Cortés supo que el tiempo es un devenir. El tiempo es relatividad que está suficientemente demostrada en La Canción del Espacio y en esto radica la paradojal metafísica del hombre llamado Alfonso Cortés, del hombre en resumen.

Y es preciso decir que es la conciencia humana la que percibe la polaridad del cosmos, del mundo y la vida por el tiempo que el mismo hombre inventa midiendo con su sombra.

Acaso no es esto lo que quieren decir los versos: –Tiempo, ¿dónde estamos/ tú y yo, yo que vivo en ti y/ tú que no existes?

El tiempo en Cortés es subjetivo, triste y lo enfrenta a la nada. El, como un ente que bucea en el inconsciente, sabe la verdad del ser, la del ente sujeto a la ley del tiempo. La vida colorea el devenir es, por lo tanto, la única crítica al tiempo y el espacio. Sólo que el hombre Alfonso no resuelve con los “pantanos de la nada”, sino que tiende a Dios.

Alfonso Cortés —hambriento de infinito— releva al tiempo y si algo nos quiere decir su visión de lo temporal es que el hombre es un fugitivo que no más tropieza con las piedras y nada hay que lo detenga a la vez que no existe tiempo más que en la pura invención prometeica.

Estética alfonsina

Figura irrepetible, antorcha del sol, Alfonso Cortés ilumina vastos cielos donde ontología y estética convergen. Su estética es de filiación francesa. Se entrecruzan Baudelaire, Mallermé, Rimbaud, Lautrémont. Un signo modernista como éste, de fondo parnasiano y simbolista fue muy adecuado por cierto para la poética alfonsina.

Alfonso educó su sensibilidad en el frisson nouveau de las correspondencias baudelerianas que detectó Pablo Antonio Cuadra en su Alfonso, discípulo del Centauro Quirón. Igual puede pensarse en el trastocamiento de los sentidos de Arthur Rimbaud. La Carta del Vidente se cumple en la poesía de Alfonso Cortés.

La sinestesia en Alfonso podemos entenderla como principio de articulación, de su poesía, le sirve realmente para informarnos de mundos y sensaciones inauditas. ¿Qué haríamos sin la “luz sonora” o sin las “trémulas banderas de sonido?”.

Finalmente quisiera decir que la poesía de Alfonso Cortés es la poesía fundamental, Die Dichtung ist die Sage des Seins, el dictus mitopoyético del ser, tal como la pensó en su esencia Martín Heidegger.

Bibliografía

– UNAN. Poesía nicaragüense post-dariana. Cuadernos universitarios (3), León, 1967.

– Cortés, Alfonso. 30 poemas de Alfonso. Managua, Nueva Nicaragua, 1985.

– Banka, Józef. An open ontology. Katowice, U. Slaski, 1989.

– Heidegger, Martín. El ser y el tiempo. México, F. C. E., 1985.

– Heidegger, Martín. Introducción a la metafísica. Bs. As. Nova, 1969.

– Heidegger, Martín. Arte y poesía. México, F.C.E., 1985.

– Sadzik, Joseph. La estética de Heidegger. Barcelona, Luis Miracle, 1971.

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