Opinión
El mensaje de Salvador Gómez
 | Estoy de acuerdo con Salvador Gómez cuando rechaza la pesimista y falsa creencia de que “todo tiempo pasado fue mejor”, y también lo estoy cuando afirma que, por el contrario, “lo mejor está por venir” |
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Jorge Salaverry jorget@ibw.com.ni
Lo conocía sólo de referencias. pero el viernes pasado –durante un desayuno en el Hotel Intercontinental Metrocentro, y gracias a la invitación de un amigo–, tuve finalmente la oportunidad de escuchar al famoso predicador guatemalteco, Salvador Gómez. Pude comprobar que la fama de ese católico laico es bien merecida. Se trata de un magnífico comunicador que con facilidad mantiene la atención de su audiencia, y que tiene, además, ese don maravilloso de conmover el corazón de las personas y de promover su reconciliación.
Su mensaje estuvo centrado en un intento de infundir esperanzas y ánimo entre los asistentes y entre los miles que lo vieron y escucharon a través de la televisión y la radio. A quienes profesamos la fe cristiana nos recordó que no estamos solos, y que la promesa de Cristo de estar con nosotros todos los días hasta la consumación de los siglos debe llenarnos de valor y de esperanza. Me pareció un mensaje muy apropiado para la Nicaragua del presente. El miedo no puede jamás ser el principio rector de la vida de un creyente. Y cuando lo escuchaba, recordaba las palabras de Cristo a sus discípulos: “No tengan miedo...”.
Estoy de acuerdo con Salvador Gómez cuando rechaza la pesimista y falsa creencia de que “todo tiempo pasado fue mejor”, y también lo estoy cuando afirma que, por el contrario, “lo mejor está por venir”. Creo firmemente en eso; y creo que es cierto no sólo para Nicaragua sino para el mundo entero. Claro está que eso será posible sólo en la medida en que hagamos las cosas bien, sin repetir los errores del pasado.
Sin embargo, no comparto con el señor Gómez su preocupación de lo que él y muchos otros llaman “el peligro de la superpoblación mundial”. Es cierto que la población crece ahora a un ritmo más acelerado que antes, pero eso se debe a que los avances médicos, económicos y tecnológicos lo han hecho posible. No hay razón alguna para temer el crecimiento poblacional. A lo que hay que temer es a los sistemas sociales, políticos y económicos que impiden la libertad individual y que, por consiguiente, entorpecen la posibilidad de progreso y de desarrollo de las personas y de los pueblos.
Criticó a los cristianos que, cada vez con mayor frecuencia, se rehúsan a ingresar a la política por considerarla sucia, dejando así el campo libre para que lo ocupe gente inescrupulosa, demagoga y sin principios, que ven la arena política como el lugar propicio para enriquecerse a costa del trabajo de otros. Tiene razón Salvador Gómez. El cristiano no debe de rehuir ningún reto, ni debe tener asco de desempeñar ninguna actividad. Todo lo contrario. Está obligado a impregnar todos los ambientes del espíritu de Cristo. Si la política es corrupta, no es porque ella en sí lo sea, sino porque quienes detentan el poder público la prostituyen con sus acciones.
Me pareció muy oportuna su crítica a quienes buscan el dinero fácil. Y en nuestro país –como en muchos otros de América Latina–, el lugar más adecuado para encontrar ese tipo de dinero es dentro de los gobiernos. En el mercado, o sea, en el campo de los negocios es más difícil. Donde existe un sistema de libre empresa con amplia competencia, aunque imperfecta, existen mecanismos implícitos que lo obligan a uno a trabajar en beneficio de los demás para poder hacer dinero. En el gobierno sucede lo contrario. Quien ingresa a la esfera pública con el objeto de enriquecerse no tiene que preocuparse por el bienestar de los demás. Basta con que sea un malandrín desvergonzado para lograr su propósito en muy corto plazo. Sólo tenemos que echar un vistazo a nuestro alrededor para verificar este aserto.
Ojalá que el mensaje de Salvador Gómez nos haga meditar y cambiar en lo que sea necesario... por el bien de Nicaragua.
* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More. 
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