El PARLACEN bajo fuego
Cuando el Presidente de Guatemala, Alfonso Portillo, anunció en conferencia de prensa, el jueves de la semana pasada, que había acordado con los presidentes de El Salvador y de Panamá la disolución del Parlamento Centroamericano (PARLACEN), causó gran alarma e indignación entre los diputados de ese organismo regional. Pocas horas después el mandatario guatemalteco fue desmentido por el Presidente de El Salvador, Francisco Flores.
Portillo manifestó que el PARLACEN le ocasiona “gastos excesivos” a todos los países de la región y que “ya se demostró que no es funcional”. El presidente guatemalteco no está alejado de la verdad. Se trata de un organismo regional burocrático sumamente costoso, que no aporta mayor cosa al proceso de integración centroamericana.
La unión de los países del istmo es una vieja aspiración que siempre ha estado presente en el ánimo centroamericano. A esos sentimientos se suma ahora el acicate de la globalización, habiendo quienes hasta opinan –como el ex vicepresidente de Guatemala y principal forjador de la idea del PARLACEN, Roberto Carpio Nicolle–, que “sin la creación de la Nación Centroamericana, ningún país ni gobierno tendrá éxito”. Tal afirmación es cuestionable, pero no se puede negar que la ansiada unión bien podría traer grandes beneficios a nuestras naciones.
El PARLACEN nació como consecuencia de los “Acuerdos de Esquipulas I” suscritos en Guatemala en mayo de 1986. En octubre de 1987 se suscribió su Tratado Constitutivo, y el 28 de octubre de 1991 quedó oficialmente instalado. Está integrado por todos los países centroamericanos, a excepción de Costa Rica y Belice. También participa en él la República Dominicana. Su sede es la ciudad de Guatemala y su presidente actual es el nicaragüense José Ernesto Somarriba. Cada país está representado por 20 diputados titulares y 20 suplentes que son elegidos en sufragio directo. Los dominicanos participan con 20 parlamentarios designados. También forman parte del PARLACEN en calidad de diputados los presidentes y vicepresidentes de las naciones miembros, una vez que concluyen sus períodos de gobierno y gozan de los mismos derechos e inmunidades que tienen los diputados electos.
El PARLACEN no es un órgano legislativo sino meramente consultivo, o sea, que sus resoluciones no obligan a los Estados miembros ni tienen fuerza de ley. En cuanto a su eficacia, Carpio Nicolle opina que “los presidentes pasan por el PARLACEN, pero no han dejado nada... [y] los diputados no saben ni pito del porqué están ahí”. A pesar de ello no recomienda su disolución. Los diputados parlacenistas consideran que cabe una reforma del Tratado Constitutivo a fin de que sus decisiones sean vinculantes, es decir, de aplicación obligatoria, lo cual es muy improbable que suceda. Reclaman asimismo, los miembros del PARLACEN, el control sobre los organismos de la integración, como el Sistema de Integración Centroamericana (SICA) y la Corte Centroamericana de Justicia. Pero también es remota la posibilidad de conseguir eso.
No hay duda que la integración política, social y económica de Centro América es deseable. La pregunta es si el PARLACEN constituye el vehículo apropiado para lograrla.
No estamos convencidos de eso. Los centroamericanos deberíamos aprender de la experiencia europea. El viejo continente pasó primero por un prolongado proceso de integración económica antes de pensar en la integración política, y es por eso que primero existió por muchos años la Comunidad Económica Europea (CEE) antes de llegar a la Unión Europea (UE) que ahora existe.
No es cierto, como han opinado varios parlacenistas, que el proceso de integración colapsaría si dejara de existir el PARLACEN. Tal proceso puede ser impulsado con mayor vigor y eficacia a través de un aceleramiento de la integración económica.
Los presidentes centroamericanos deberían considerar muy en serio la propuesta de Alfonso Portillo, además, consultar a la población de cada uno de nuestros países, y decidir cuanto antes si en realidad existe o no la necesidad de mantener vivo al PARLACEN. 
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