Opinión
Las escuelas del gobierno siguen empeorando
 | En el caso de los colegios privados, los
padres tienen muchas opciones donde
escoger lo que más conviene a sus hijos:
escuelas que se especializan en áreas de
interés del niño, como la música, las
ciencias, los idiomas, etc. Pero, además, al pagar directamente por el servicio recibido, los padres tienen verdadera influencia
sobre lo que sucede en el colegio. Es decir, el mercado funciona |
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Carlos Ball
MIAMI (AIPE).- Poco después que uno deja de preocuparse por la educación de los hijos, nos comenzamos a preocupar por la educación de los nietos. Y en un mundo donde cada día aumentan las presiones del entorno por reducir el período de inocencia infantil, se vuelve más importante lo que la escuela enseña y el ambiente dónde ese aprendizaje se lleva a cabo.
Mucho se habla de la mala influencia de la televisión, de las películas de Hollywood, de las feas comiquitas que los niños leen y de los violentos juegos con que se distraen por horas en la computadora.
Comparto parcialmente esa preocupación. Mientras mis hijos estuvieron en los primeros grados, en mi casa no había televisión y para cuando permití su aparición, mis hijos ya eran adictos a la lectura. Desde que estaban pequeños discutíamos durante la sobremesa los libros que en ese momento cada uno leía. Ahora que vivimos en Estados Unidos, ¿podrán mis nietos ir a escuelas privadas donde evitarían sufrir el usual adoctrinamiento de las escuelas del gobierno y su rechazo a la religión, disciplina, buenas costumbres y a los valores familiares?
No es que todos los colegios privados sean buenos. Algunos de los más caros tratan de convertir a los alumnos en activistas ambientales y recuerdo que el maestro de uno de mis hijos, en un connotado internado de Massachussets, trató de llevárselo a pasar un verano trabajando para los sandinistas en Nicaragua.
Pero en el caso de los colegios privados, los padres tienen muchas opciones donde escoger lo que más conviene a sus hijos: escuelas que se especializan en áreas de interés del niño, como la música, las ciencias, los idiomas, etc. Pero, además, al pagar directamente por el servicio recibido, los padres tienen verdadera influencia sobre lo que sucede en el colegio. Es decir, el mercado funciona.
En las escuelas del gobierno, por el contrario, la situación es radicalmente diferente y no es sólo de la pésima calidad educacional que los padres deben preocuparse, sino también de la tendencia a corroer muchas de las tradiciones y costumbres familiares, a favor de lo que actualmente se considera “políticamente correcto”. Se trata de una competencia desleal porque los maestros pasan muchas más horas con los niños que sus padres, especialmente en un país donde los altos impuestos han obligado a que la mayoría de las madres tengan que trabajar fuera del hogar. Una cosa es que la mujer quiera hacer carrera y otra, muy diferente, es que las políticas fiscales del gobierno la obliguen a dejar a sus hijos bajo la custodia de empleados públicos durante la mayor parte de su formación.
En cuanto a la enseñanza pública, un informe publicado por la Fundación Milton y Rose Friedman comprueba que la ley de Educación Elemental y Secundaria, promulgada en 1965, ha resultado ser un fracaso total. El gobierno federal, bajo esa ley, ha gastado 120,000 millones de dólares para reducir la brecha educacional entre pobres y ricos. Pero según la auditoría efectuada, las escuelas del gobierno han dilapidado entre el 13 y el 23 por ciento de esos fondos, no logrando que todos los estudiantes aprendan a leer y a escribir a nivel básico. El estudio revela que las escuelas de la Florida han desperdiciado 19 por ciento de los fondos.
En la reciente competencia nacional sobre ortografía, los tres niños estadounidenses que alcanzaron los primeros puestos reciben clases en su propia casa.
La politización y deterioro de las escuelas del gobierno en Estados Unidos coloca a este país en una posición vergonzosa cuando se compara el adiestramiento en matemáticas y ciencias de los estudiantes de último año de bachillerato, con jóvenes de otros países. Los rusos, checos, italianos y húngaros sacan calificaciones superiores. La vieja excusa es falta de dinero, pero mientras el costo anual por alumno de secundaria en la República Checa es de $2,820 y en Hungría de $1,591, en Estados Unidos en 1998 fue de $6,812, por encima de la gran mayoría de los bachilleratos privados.
Algo está podrido y ya basta que los políticos y los sindicatos de maestros sigan jugando con el futuro de nuestros hijos y nietos.
El autor es director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute.
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