Crisis
nacional crea niños frustrados
AMALIA MORALES amalia.morales@laprensa.com.ni
Para la psicóloga Mariana Aburto, la encuesta regional del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), “La Voz de los Niños, Niñas y Adolescentes de América Latina y el Caribe”, refleja que la niñez está en riesgo y que las instituciones más creíbles para ellos son “débiles”.
Aburto cree que el niño, la niña y el adolescente se encuentran en una situación crítica, que se expresa en el aumento de pandillas y de menores dentro de las cárceles, presos por delinquir.
Sin embargo, cree que la culpa no es de los menores como generación, sino del contexto. Los niños están inmersos “en un contexto donde se tiene una crisis económica que conlleva a un deterioro de carácter social, donde están en cuestionamiento los valores, donde la gente dice que para poder sobrevivir hay que robar”.
A juicio de Aburto, uno de los aspectos más preocupantes de esa crisis es la falta de acceso a la educación. La psicóloga discrepa de las cifras favorables que suele presentar el Ministerio de Educación porque “no están dentro de la realidad. Nosotros vemos en la realidad más deserción, ausentismo, vemos que ha desmejorado significativamente la calidad”.
Para Aburto, la falta de acceso a servicios básicos, como la educación, genera una gran frustración en la población y en particular en los niños, lo que a su vez produce violencia y agresividad. “La situación actual es de alto riesgo para los chavalos”, dice.
“Estamos formando un hombre sin esperanzas, muy negativo, un hombre muy pesimista que no cree ni en sí mismo porque no tiene las posibilidades”. Ella cree además que eso forja una cultura de la miseria.
RIESGO COTIDIANO
Su infancia transcurre en un semáforo de la capital. Trabaja cada vez que la luz roja del aparato tricolor se lo permite. De lo contrario, cuando está en verde, remoja en un balde de agua color tierra el trapo con que limpia los carros, que se estacionan frente a ella.
La escuela primaria está a dos cuadras del semáforo donde trabaja Jazmina Reyes (11), pero no puede ir. “No tengo para los cuadernos”, dice Reyes, que a su edad habla como si se mantuviera sola.
Reyes pasa buena parte del día en la calle. De siete de la mañana a seis de la tarde, con exactitud. Es consciente que al separarse de su casa se expone a huelepega, rateros, conductores malencarados, vendedores y toda clase de personas que trafican por el semáforo donde trabaja.
Pero no siente temor. “No me da miedo nada. Cuando salgo de la casa mi mama me dice que no les haga caso a los hombres que me llamen”, explica Reyes, quien desde hace más de dos años trabaja en el sector del antiguo Teatro González.
Jazmina no tiene aspiraciones a largo plazo. Esta niña que vive ajena a políticas y políticos del país, revela que su única aspiración es recoger dinero para ir a las fiestas de Santo Domingo el primero de agosto. Ese gusto tiene que costeárselo ella.
Aunque comparten realidad, muy distintos son los sueños de Henry Moreno (13). El estudia cuarto grado. La escuela juega un papel importante en su vida: “Quiero ser doctor para ayudar a las personas de mi barrio”, confiesa.
Por ahora, Henry vende caramelos en los semáforos que están frente a la Asamblea Nacional, un recinto donde se toman decisiones que le afectan, pero que poco conoce. Para Moreno es más urgente sortear las amenazas de pandilleros y huelepega que merodean la zona y asegurar un ingreso económico para su casa. 
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