Opinión
No hay observadores
inocentes
 | Todos quisiéramos
tener el valor de saltar a un río para salvar
a un inmigrante y el coraje para ayudar a un combatiente herido |
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Jorge Ramos Avalos
MIAMI.– Todavía no puedo entender por qué nadie saltó al río Bravo a tratar de salvar a los dos inmigrantes mexicanos que se ahogaron hace unos días en la frontera entre México y los Estados Unidos. Había por lo menos cuatro personas presentes; dos agentes migratorios del llamado grupo Beta del Gobierno de México, un reportero y un camarógrafo que captó el trágico incidente para la televisión mexicana. Ninguno se lanzó al río. Ninguno.
¿Tú hubieras saltado? ¿Hubieras arriesgado tu vida por dos desconocidos? Si tú hubieras sido el camarógrafo ¿habrías puesto tu cámara a un lado para tratar de salvar a los inmigrantes en lugar de seguir filmando?
Los dos funcionarios de Migración fueron acusados de negligencia y son investigados. Yo vi el video y era vergonzoso: parecía que los agentes no querían ni mojarse los zapatos. No estaban preparados para salvar a nadie. Si patrullaban esa zona, no sé por qué no llevaban en su vehículo un chaleco salvavidas. Los dos periodistas dicen que sólo estaban haciendo su trabajo. Pero ¿es la realización de un trabajo más importante que el intentar salvar una vida humana?
El tema, en realidad, me revuelve el estómago y la cabeza. No hay respuesta fácil. Llevo casi 20 años como periodista y conozco perfectamente las enormes presiones a “sacar la nota” cueste lo que cueste. Sin embargo, en este caso, el costo fue demasiado alto: dos vidas. ¿Qué hubiera pasado si el periodista y el camarógrafo le dijeran a su jefe: no tenemos la nota pero salvamos a dos inmigrantes de ahogarse?
Por otra parte, también podemos argumentar que sin esos periodistas no habría un testimonio visual de cómo decenas de inmigrantes mexicanos mueren todos los meses en la frontera con Estados Unidos. Aún así ¿podemos justificar su actitud?
Todo esto me recuerda otro debate periodístico que surgió en los primeros días del alzamiento zapatista en Chiapas, México. En ese enero de 1994, cerca de Ocosingo, un guerrillero resultó herido. Varios reporteros, seis o siete, se acercaron para entrevistarlo. Y ese es el primer asunto ético a debatir. ¿Hicieron lo correcto en entrevistar a una persona herida en lugar de ayudarla? Pero luego ocurrió lo más difícil.
Los periodistas discutieron rápidamente entre qué hacer con el guerrillero herido. Si se lo trataban de llevar en un auto hacia el hospital más cercano, los soldados que patrullaban el área podían detenerlos y bajar por la fuerza al rebelde. Si lo dejaban ahí podría desangrarse y ser capturado por el ejército mexicano. O quizás, con suerte, podría encontrar un refugio y salvar la vida. Al final, decidieron dejarlo ahí.
El guerrillero fue arrestado y ejecutado esa misma noche, según me contó uno de los corresponsales extranjeros que estuvo presente. “Todavía hoy sueño con eso”, me dijo hace poco, cuando le hablé por teléfono para revivir el asunto. “Yo a ese tipo debí haberlo sacado de ahí”. Y luego, como haciendo un acto de contrición, añadió: “Debí haber mandado a volar la nota, subir al guerrillero a mi auto y llevarlo a un hospital, incluso bajo el riesgo de ser detenidos los dos”.
“La ética periodística”, concluyó mi amigo el corresponsal, “no debe estar por encima de la ética humanística”. Pero incluso él reconoce que su reflexión llegó demasiado tarde. Seis años tarde. El guerrillero ya está muerto.
¿Qué hubieras hecho tú? ¿Hubieras entrevistado al guerrillero herido? ¿Hubieras tratado de llevarlo a un hospital o lo hubieras dejado ahí a una muerte casi segura?
Desde luego que todos quisiéramos tener el valor necesario de saltar aun río para salvar a un inmigrante y el coraje para ayudar a un combatiente herido. Pero la realidad es que quienes observaron esos casos se quedaron paralizados y no hicieron nada.
Tanto en el caso de Chiapas como en el del río Bravo, no podemos excusarnos moralmente por el simple hecho de ser observadores y testigos. Y esto es válido tanto para periodistas como para no periodistas.
Ver nos compromete. Y como prueba ahí está la culpa que arrastran todos aquéllos que pudieron evitar un crimen o un accidente y no hicieron nada al respecto. No hay observadores inocentes. 
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