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MARTES 20 DE JUNIO DEL 2000 / EDICION No. 22045 / ACTUALIZADA 01:00 am
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Competencia, sí. Regulaciones, no

.La regulación implica trámites y demoras que perjudican la inversión e introducen riesgos innecesarios, por la discrecionalidad inevitable del funcionario o de la norma. Hay que pensarlo mucho antes de arriesgar un peso en un mercado controlado, a menos que se tengan buenos contactos con el regulador

Alvaro Bardón (AIPE)

SANTIAGO DE CHILE.- Como no estamos en el Paraíso, lo normal es la imperfección, la que sin duda alcanza a los mercados. Por esto, siempre se podrá encontrar argumentos para regularlo todo, hasta la producción de gatos, pasando por los bancos, la energía, la televisión, Internet, la educación, las farmacias o la salud. Es fácil darse cuenta de que por la vía de los controles de los mercados se puede llegar a una planificación similar a la de carácter centralizada que fracasó rotundamente.

Las regulaciones llevan al inmovilismo productivo y en un mundo de rápido cambio tecnológico pueden limitar la posibilidad de absorberlo. Las actividades y los países sobrerregulados pierden competitividad frente a otros más libres y se quedarán a la zaga del progreso. El planificador o controlador siempre se equivocará porque no conoce el futuro con sus cambios tecnológicos, descubrimientos y variaciones en los gustos y la conducta de la gente. Lo más probable es que su error implique más costos sociales que la operación libre de un mercado, por imperfecto que sea, siempre que haya efectiva libre entrada.

Los reguladores son funcionarios a los que les pagamos, un costo que no es nada despreciable si se le agregan las instalaciones y los “estudios técnicos” que se suelen contratar con los amigos, como se ve a diario, por ejemplo, en los asuntos ambientales. Ellos tienen poder discrecional, que se presta para toda clase de corruptelas. Además, podrían concluir siendo “capturados” por algunos de los regulados. Un grupo de interés o de presión puede de esta manera terminar manejando la norma oficial en su favor, con la fuerza del Estado en sus manos para explotar a los consumidores o defenderse de los potenciales competidores. Se llega así a la aparente paradoja de que las regulaciones del mercado imperfecto resultan peores que este último. Es como poner al perro a cuidar la carnicería.

La regulación implica trámites y demoras que perjudican la inversión e introducen riesgos innecesarios, por la discrecionalidad inevitable del funcionario o de la norma. Hay que pensarlo mucho antes de arriesgar un peso en un mercado controlado, a menos que se tengan buenos contactos con el regulador.

Quizás el mayor problema es que una regulación trae a la próxima, y los políticos irresponsables rápidamente entran al campeonato del control. En estos días se habla en Chile de investigar la concentración en varios mercados, siguiendo el mal ejemplo de la intervención de un banco español de la plaza por el mismo tema. En la última década las regulaciones han proliferado y se prometen más. Si seguimos por este camino no volveremos a las altas tasas de crecimiento y la globalización nos hará polvo.

Hay que dejar a las personas tranquilas; lo único importante es abrir la economía y los mercados a la más amplia competencia, lo que no se consigue regulando ni protegiendo.

El autor es decano de economía de la Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central de Chile. © AIPET

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