¡Qué pena y qué lástima!
No todas las semanas tiene Nicaragua la oportunidad de aparecer en las páginas de la prestigiosa revista inglesa The Economist, y cuando finalmente se publica en ella un artículo que nos atañe, se nos presenta como un país extraño y poco confiable.
El artículo titulado “Curiosa suerte”, apareció en la edición de la semana del 3 al 9 de junio de este año. Comienza formulando las siguientes tres preguntas: “¿Qué tipo de corte suprema emite fallos basada en leyes que han sido repelidas (derogadas)? ¿Qué tipo de autoridad territorial modifica el límite de una ciudad para impedirle a una persona que compita para ser alcalde? ¿Qué tipo de oficina de Contraloría juega distraídamente con sus dedos mientras los periódicos rebalsan de historias alegando corrupción en los niveles más altos del gobierno?”. Y a renglón seguido The Economist se autocontesta: “La respuesta en cada caso es: el tipo nicaragüense”.
Y por si eso fuera poco, el artículo –que reproducimos en la página 1-A de esta misma edición de LA PRENSA–, incluye una fotografía del Presidente Arnoldo Alemán con un pie de foto que no hace referencia a su cargo de mandatario de la nación, sino a su calidad de “terrateniente”, insinuando que es una persona dedicada a coleccionar propiedades desde su puesto de gobierno.
Para ilustrar la inoperancia de las instituciones en Nicaragua, el artículo comenta el pacto libero-sandinista y, específicamente, el caso del fallo de la Corte Suprema de Justicia en relación a la privatización del BANIC, la inhibición que se le quiere hacer a Pedro Solórzano y el caso de los “checazos”. No hay que olvidar que el nivel de seriedad y atracción de un país se mide por el grado de eficacia y eficiencia de sus instituciones. Lamentablemente, el mensaje claro que The Economist transmite es que Nicaragua es un país con serios problemas en ese sentido.
De hecho, el artículo no dice nada nuevo que aquí no sepamos. El problema es que lo ha dicho una revista de enorme seriedad y prestigio que circula ampliamente en los cinco continentes. Se le considera material de lectura obligado de estadistas y de hombres de negocios internacionales que necesitan estar informados regularmente de lo que acontece en el mundo. Para bien o para mal, lo que en esa revista se publica tiende a ser creído. Su primer número se publicó hace 156 años, en 1843. Tiene oficinas editoriales en Londres y en las principales ciudades del mundo, incluyendo Ciudad de México y Sao Paulo, Brasil, en América Latina.
No es posible pensar que un empresario extranjero que lea el artículo referido se sienta inclinado a incluir a Nicaragua dentro de una lista de países en los que valga la pena explorar oportunidades de inversión. “Obras, no palabras”, es el eslogan poco original que el Presidente Alemán utiliza para contrarrestar las críticas a su Gobierno. No puede negarse que el actual Gobierno ha usado donaciones y recursos crediticios para efectuar algunas obras de infraestructura necesarias (y otras no tan necesarias como la carretera que se autoconstruyó el Presidente Alemán para darle plusvalía a sus fincas de café en El Crucero).
Lo que el mandatario y sus principales asesores parecen ignorar es que los posibles inversionistas extranjeros, antes de fijarse en las obras físicas realizadas, se fijan en el grado de institucionalidad del país, ya que su experiencia les ha enseñado que, por un corto espacio de tiempo, las obras materiales pueden construirse aún sin contar con una institucionalidad sana y firme. Para ello bastan unos cuantos préstamos blandos de las instituciones financieras internacionales, o unas generosas donaciones de los países amigos, pero saben también que un desarrollo integral sólo puede lograrse a través de un flujo amplio y sostenido de inversiones privadas, y que para que ese flujo se materialice es indispensable que el país cuente con instituciones eficaces y confiables que lo atraiga.
Pero en ese aspecto, el artículo aparecido en The Economist nos ha dejado reprobados. 
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