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VIERNES 28 DE JULIO DEL 2000 / EDICION No. 22083 / ACTUALIZADA 11:00 pm
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Natalicio de un mártir que pasó inadvertido

.Fue el Dr. Lacayo Farfán un nicaragüense excepcional. Unió a sus virtudes ciudadanas, los méritos reconocidos a su profesión humanitaria. Militó en política y fue un firme opositor a la dictadura somociana

Mario Alfaro Alvarado

Fue el pasado 15 de julio un día de electrizantes tensiones políticas, cuando varios partidos fueron excluidos del juego electoral y solamente permitieron la participación del Partido Conservador.

También fue una fecha que pasó inadvertida, opacada por el interés político: el Día del Ginecólogo. Los galenos especializados en traer más seres humanos a este mundo superpoblado y trizado por conflictos de toda índole, escogieron el 15 de julio para honrar la memoria del Dr. Enrique Lacayo Farfán, nacido en esta fecha.

Fue el Dr. Lacayo Farfán un nicaragüense excepcional, de los que ya quedan pocos. Unió a sus virtudes ciudadanas, los méritos reconocidos a su profesión humanitaria. Militó en política y fue un firme opositor a la dictadura somociana. Una vez se le mencionó como candidato a la Presidencia de la República y ese fue su gran “delito”, se ganó el odio vesánico de la dictadura familiar que lo persiguió más allá de la sepultura.

Cuenta Pedro Joaquín Chamorro en su libro “Estirpe Sangrienta”, que cuando a él lo sacaban del fatídico cuarto de costura en la casa presidencial, después de una sesión de interrogatorios y torturas, se cruzó con el Dr. Lacayo, llevaba el vestido sucio de dormir varios días en el suelo, las noches de tormento lo habían demacrado, caminaba con dificultad y con la mente perdida como un sonámbulo, lo llevaban a rendir “testimonio” a confesar lo que sus verdugos le exigían en largas jornadas de torturas, que declarara. Cerca estaba José Somoza, el hermano bastardo de Luis y Anastasio, que al verlo dijo con hiriente sarcasmo: “ahí va el futuro Presidente de Nicaragua”. Una frase en que vació todo el odio de la dictadura hacia aquel hombre inofensivo y que sonó como una sentencia de muerte.

Los Somoza vivieron convencidos que sólo ellos tenían derecho a gobernar para explotar a Nicaragua, sólo ellos podían ser presidentes de la República; quien pretendiera el cargo era un sacrílego que les quería arrebatar un derecho que habían recibido como una gracia divina. Creían que habían nacido con ese derecho absoluto, ponerlo en duda era un crimen que el culpable debía pagar muy caro. Odiaban a quien tuviera la osadía de desafiarlos en las urnas electorales y en la primera ocasión le harían pagar su atrevimiento.

Vejaciones, insultos, torturas psicológicas, golpes y patadas fue el tratamiento que le dieron al prisionero durante varios días. Él se mantuvo firme: no estaba dispuesto a mentir para que llevaran a la cárcel, y posiblemente a las cámaras de torturas, a un inocente. Pronto el verdugo le dio a entender que haría con él lo que los filisteos le hicieron a Sansón, pero en lugar de una daga al rojo vivo, empezó a usar una lámpara de 100 voltios que le puso cerca de la cara y cuando sudaba mucho le arrojaba agua. La intención era quemarle los ojos gradualmente hasta dejarlo ciego sin ninguna lesión externa.

Comprendí —me dijo cuando me narraba su experiencia— que si no confesaba lo que ellos querían, perdería la vista y quedaría condenado a una perpetua oscuridad. Entonces tuve que confesar para detener aquel suplicio y salvar mis ojos. El Dr. Lacayo narraba su martirio con voz reposada, ausente de ira y de rencor. Conocía bien a su verdugo, un oficial académico del equipo represivo de la dictadura, en ningún momento lo apostrofó ni le endilgó imprecaciones que negaran su ánimo sereno. Me impresionó profundamente su relato, porque una vez liberado tuvo que someterse a un intenso tratamiento médico para sanar los demás daños que le habían causado en el cuerpo y en el espíritu. Aún de noche usaba unos lentes oscuros porque la luz le hería las retinas. Las huellas de la barbarie somocista se evidenciaban en su aspecto físico que contrastaban con su ánimo optimista.

A consecuencia de las torturas, murió en el hospital de Nueva Orleans, rodeado de familiares y amigos. El último Somoza no permitió que sus restos volvieran a la tierra que lo vio nacer. Aún después de muerto continuó exiliado por varios años, hasta que la libertad volvió a Nicaragua.

La Presidenta Chamorro recibió sus restos en el aeropuerto internacional y le tributó un merecido homenaje a quien fue uno de los dirigentes políticos más dignos y calificados que enfrentaron a la oprobiosa dictadura somociana. Sus restos descansan en paz en el seno de la patria y su memoria es inspiración y estímulo para los que luchan por mantener la libertad y la democracia en Nicaragua.

El autor es periodista.  
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