Opinión
El Día de los Abuelos
LUIS SANCHEZ SANCHO luis.sanchez@laprensa.com.ni
El Papa Juan Pablo II convocó a celebrar el “Día de los Abuelos” este 26 de julio, fecha en que el santoral católico festeja a Santa Ana y San Joaquín, padres de María y abuelos de Jesús.
En realidad este es el tercer año que se celebra el “Día de los Abuelos”, una iniciativa de la Iglesia norteamericana que poco a poco se está generalizando en diversos países del mundo católico, y es auspiciada por la ONG “Asociación Internacional Edad Dorada” que organiza hoy concentraciones de abuelos, hijos y nietos.
El propósito de la celebración es reconocer, honrar y exaltar el papel de los abuelos en las familias y la sociedad en los tiempos modernos, cuando la liberalización de las costumbres ha debilitado sensiblemente la autoridad de los padres y a la familia tradicional.
“Los abuelos pueden ser un signo de estabilidad en un mundo en perenne cambio”, dice Sheila García, responsable del Secretariado para la Familia, Laicos, Mujeres y Jóvenes de la Conferencia Episcopal estadounidense. “Con frecuencia (los abuelos) dan a los jóvenes tiempo y atención y les alientan a madurar nuevos talentos. En la familia, su ejemplo de firmeza puede alentar a quien es más joven a tomar decisiones justas en la vida”. Por su parte, Juan Pablo II ha expresado su convicción de que la presencia de los abuelos en la familia previene la división entre las generaciones, lo cual siempre ha sido un problema complejo y se ha agravado en la sociedad actual.
Pero no sólo por motivaciones religiosas es que se celebra el “Día de los Abuelos”, sino también por razones civiles y laicas, puesto que el abuelazgo tiene en realidad una gran significación en la vida cotidiana de las familias de todas las capas de la sociedad.
En el ámbito personal, el significado del abuelazgo lo explica de manera emotiva una afamada escritora española contemporánea, Josefina Aldecoa, autora de la novela “Confesiones de una abuela”: “El nacimiento de un nieto es una especie de sustitución entrañable, un renacer; un nieto es una permanencia, es la única inmortalidad en la que creo”.
Por otro lado, en el aspecto propiamente social, algunas características fundamentales de nuestra época, como la incorporación masiva de las mujeres al trabajo y la actividad pública y el aumento de la longevidad humana, determinan que cada vez más niños y adolescentes pasen una buena parte del día y de sus vidas, en compañía y bajo la atención de los abuelos.
En Estados Unidos, según el censo norteamericano de población “casi un seis por ciento de los niños estadounidenses, es decir, 3.9 millones, vivían en 1997 en un hogar encabezado por uno de sus abuelos”. Esto en un país donde, como se sabe, el abuelazgo es mucho menos fuerte que en los países iberoamericanos. En Nicaragua desconocemos el dato específico, pero el porcentaje debe ser mucho mayor, tanto por razones culturales como porque la población en edad de 40 a 70 años era ya en 1995 de 610,758 personas, según cifras del INEC.
En realidad, el gran incremento del período de vida y de existencia útil de las personas ha determinado que nunca antes como ahora los niños y jóvenes pueden aprovechar la compañía, orientación y apoyo de los abuelos. Y, además, con la particularidad de que ahora los abuelos en general son personas todavía jóvenes, llenas de vida y con gran capacidad de seguir siendo útiles a la familia y la sociedad, a diferencia de épocas pasadas, cuando los abuelos eran ancianos prácticamente inútiles que más bien constituían una molesta carga para las familias.
Por otro lado, los abuelos tienen en la familia la ventaja de que como han vivido en el pasado, viven en el presente y por lo general pueden vivir todavía varios o muchos años más, pueden formar a los nietos en la sabiduría de la experiencia, con la capacidad de interpretar mejor los acontecimientos actuales y la posibilidad de tener claras perspectivas del futuro inmediato.
En verdad, los abuelos merecen un homenaje, un brindis, un reconocimiento, aunque sea una vez al año. 
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